Un grupo de 46 personas —voluntarios convocados por Abanca y Afundación, junto a vecinos y miembros de la comunidad de montes— plantó este sábado 700 ejemplares autóctonos en dos parcelas de Larouco: Trasmunde y Camiño da Enciñeira. La actuación se ubica en la llamada «zona cero» del gran incendio que comenzó el 13 de agosto de 2025 y que quemó cerca de 32.000 hectáreas, dejando un paisaje que aún conserva cicatrices visibles.
La reforestación sobre la ceniza
La jornada de reforestación mezcló esfuerzo físico y simbolismo. Entre palas y azadas, se plantaron castaños, encinas y alcornoques, junto a endrinos, madroños, perales y manzanos silvestres. Voces experimentadas de las comunidades de montes marcaron los surcos, y la alcaldesa de Larouco, Patricia Lamela, trabajó mano a mano con los voluntarios. El objetivo declarado es doble: recuperar “parte de la ingente masa forestal perdida” y recrear hábitats para especies como el corzo, el jabalí y las rapaces.
Los árboles escogidos no son casuales. Se apostó por especies autóctonas que, a medio plazo, favorezcan la conectividad ecológica y la resistencia del monte frente a plagas y sequías. No obstante, técnicos locales advierten que la plantación es sólo un primer paso: la supervivencia de esos ejemplares dependerá de cuidados continuados, del control del matorral y, sobre todo, de evitar que vuelvan a quedar aislados en un paisaje dominado por masas de pino quemadas y terrenos en desuso.
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Conoce más →Voluntarios que participaron en la jornada recordaron la dureza del verano pasado. «Se veía cómo el fuego cruzaba lomas y pegaba a las aldeas», contó uno de los miembros de la comunidad de montes. En lugares como Trasmunde las huellas son aún patentes: troncos carbonizados, tocones a medio limpiar y bancales que antes acogían viñedos que ahora luchan por renacer.
Aprendizajes y controversias sobre el manejo del monte
La reflexión que recogió la jornada fue directa y dura: «o monte arde porque non está traballado; as terras labradas non arden», dijo la regidora en gallego. Esa frase ha resonado en Valdeorras desde agosto y sintetiza una discusión que viene de lejos en Galicia: la relación entre abandono de usos tradicionales —pastos, barbechos, roturaciones parciales— y la intensidad de los incendios.
En Larouco, la mayor parte de lo quemado fue, según la alcaldesa, fincas privadas donde se abandonó la explotación agraria. Ese dato obliga a una reflexión sobre modelos de propiedad y gestión. Las comunidades de montes gestionan parcelas comunales con mayor continuidad, pero no en todos los casos existen recursos para mantener sendas y cortafuegos ni para financiar tratamientos, podas o clareos.
Las voces técnicas recuerdan que la prevención exige una combinación de medidas: manejo del combustible —cortas y desbroces—, pastoreo controlado, restauración de mosaicos agrarios y concienciación entre propietarios. En Valdeorras, donde el paisaje vitivinícola es un patrimonio económico y cultural, el fuego no sólo arrasó monte; golpeó explotaciones agrícolas y cambió dinámicas productivas que costarán años recomponer.
Qué queda por hacer
La plantación en Larouco es la séptima acción del plan de recuperación impulsado por Abanca y Afundación, tras reforestaciones en Quiroga y otras intervenciones en Manzaneda, O Invernadoiro, Vilamartín de Valdeorras y Las Médulas entre octubre y noviembre. A corto plazo, la prioridad es proteger suelos y acuíferos, evitar la erosión y mantener humedad para los retoños. A medio y largo plazo, hará falta diseñar un calendario de cuidados: riegos iniciales, protección frente al ungulado y, cuando proceda, repoblaciones complementarias.
En el plano institucional, la experiencia de agosto impulsa propuestas ya conocidas en Galicia: incentivos para el manejo de fincas privadas, programas que faciliten la agrupación de propietarios, y la dotación de recursos para las comunidades de montes. También se invoca la necesidad de articulación entre administraciones —ayuntamientos, Xunta y mancomunidades— para financiar actuaciones que, por su naturaleza, cruzan múltiples parcelas y responsables.
No conviene pecar de optimismo fácil: plantar 700 árboles en un fin de semana es significativo desde el punto de vista simbólico y útil desde el práctico, pero las cifras muestran la magnitud del reto. Las casi 32.000 hectáreas quemadas implican rehabilitaciones en profundidad si se pretende recuperar funciones ecológicas y productivas. Además, la amenaza del cambio climático, con veranos más secos y temperaturas extremas, refuerza la idea de que el manejo activo del monte debe intensificarse.
Los próximos pasos ya están marcados: seguimiento de las plantaciones, continuidad de programas de voluntariado y, sobre todo, políticas que integren la prevención en la actividad agrícola y forestal. En Valdeorras, donde la viña es economía y paisaje, esa articulación resulta imprescindible para que la herida abierta el verano pasado no se convierta en una cicatriz permanente.
Queda, por último, la dimensión humana. Las reforestaciones reúnen a gente que perdió mucho el año pasado: propietarios que vieron cómo las llamas devoraban tierras y vecinos que tuvieron que abandonar casas durante días. Trabajar la tierra de nuevo, plantar un árbol y regarlo juntos es una forma de declarar que el lugar no se rinde. Pero la regeneración será larga y exigirá, además de solidaridad, planificación y recursos sostenidos.
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