Miguel Fernández-Palacios Gordon, en una carta publicada el 10 de marzo de 2026 en La Región, critica la reiteración de advertencias sobre que Irán estará a punto de obtener la bomba atómica y denuncia que esas predicciones se usan como justificación de intervenciones preventivas. El autor repasa décadas de estimaciones fallidas y relaciona esa narrativa con decisiones políticas que terminaron en conflictos. El mensaje central es que, pese a las repetidas equivocaciones, la maquinaria de la alarma global sigue funcionando y sus consecuencias recaen, sobre todo, en las poblaciones afectadas.
El texto recuerda una sucesión de predicciones que nunca se materializaron: en 1984, un informe del Senado de Estados Unidos situó el horizonte en siete años; en 1992 el entonces primer ministro israelí Benjamin Netanyahu redujo las expectativas a tres; y en 1995 la CIA proyectó el riesgo hacia el año 2000. Más tarde, en 2012, Netanyahu presentó ante la ONU una representación gráfica destinada a ejemplificar la amenazante inminencia, con la fecha de 2013 apuntada como término. Ninguna de esas fechas trajo consigo la amenaza anunciada, pero la insistencia en el peligro continuó alimentando políticas y discursos belicosos.
Fernández-Palacios Gordon rememora el caso de 2003, cuando el denominado «Trío de las Azores» respaldó la intervención en Irak con el argumento de que existían armas de destrucción masiva. Aquella convicción, sostenida por agencias y gobiernos, resultó ser errónea y dejó tras de sí una estela de desconfianza hacia las fuentes de inteligencia y de sufrimiento en la región. El autor utiliza este precedente para subrayar la futilidad de aceptar pronósticos definitivos como pretexto para acciones militares.
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Conoce más →La carta, en tono crítico, advierte sobre la dinámica política que alimenta estas advertencias: un ciclo en que estimaciones inciertas se transforman en justificación para medidas preventivas que, según el firmante, responden más a intereses geoestratégicos que a pruebas concluyentes. Ese mecanismo, escribe, tiene continuidad porque el público y los medios siguen otorgando credibilidad a las alarmas sin exigir comprobación rigurosa. Así, la percepción de amenaza funciona como moneda política para quienes buscan consenso ante decisiones conflictivas.
El autor no se limita a señalar errores históricos; también apunta a las víctimas colaterales de esas estrategias. Cuando los dirigentes apelan a la lógica de la guerra preventiva sobre la base de riesgos no demostrados, los costes humanitarios y materiales recaen sobre poblaciones enteras y sobre la propia credibilidad internacional. En su visión, la legitimación de intervenciones en nombre de lo inevitable termina por socavar la normativa internacional y las opciones diplomáticas.
El texto plantea además una reflexión sobre el papel de la inteligencia y de la diplomacia: los fallos recurrentes deberían impulsar una revisión metodológica y una mayor cautela en la comunicación pública de evaluaciones sensibles. Según la carta, la persistencia de alarmismos fomenta la polarización y reduce el espacio para soluciones negociadas, mientras que la repetición de pronósticos fallidos erosiona la confianza en las instituciones encargadas de evaluar riesgos.
En su cierre, Fernández-Palacios Gordon apela a una lectura crítica por parte de la ciudadanía y de los medios ante pronósticos de catástrofe inminente que se repiten a lo largo de décadas. Reivindica el escrutinio riguroso y la exigencia de pruebas antes de aceptar que una amenaza geopolítica justifica la intervención militar. El mensaje, más que una revelación de hechos nuevos, es un recordatorio sobre las consecuencias de normalizar la sospecha y la acción preventiva.
La carta llega en un momento de renovada tensión regional y de debates sobre cómo abordar proliferaciones potenciales sin caer en la tentación de soluciones militares automáticas. Para su autor, la historia reciente ofrece suficientes lecciones que aconsejan prudencia: la repetición de un aviso no convierte una hipótesis en realidad, pero sí puede convertir a la población en víctima de decisiones tomadas sobre certezas que no existen.
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