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Tras quince años de vaivenes, Galicia recupera el máximo de cuidadores familiares dados de alta en la Seguridad Social: 8.000

Galicia llegó en febrero de 2026 al mismo techo de cuidadores no profesionales registrados en la Seguridad Social que tenía en 2011: alrededor de 8.000 personas. Es el punto culminante de una recuperación lenta que arrancó tras la restitución de la financiación de las cotizaciones al convenio especial en 2019, siete años después de su supresión en 2012 por el Ejecutivo de Mariano Rajoy, una decisión que entonces desplomó las altas y dejó a miles sin derechos reconocidos.

Recuperación lenta pero constante

La vuelta a los niveles de 2011 no ha sido lineal ni rápida. Después de la retirada de la subvención a las cuotas en 2012 muchas cuidadoras optaron por darse de baja —por obligación o por imposibilidad económica— y el número de personas que cotizaban como cuidadores familiares se desplomó. En 2019, con la reposición de la financiación por parte del Gobierno central, arrancó una remontada que, gota a gota, ha ido recuperando derechos. Según los datos oficiales, el ascenso ha sido mantenido hasta alcanzar el máximo que ya se registró hace quince años.

Más allá del número absoluto, la recuperación evidencia un fenómeno social: el sostenimiento de un modelo de cuidados que recae mayoritariamente en mujeres. El peso femenino en este colectivo es abrumador; las cuidadoras representan el 78% del total, y muchas compaginan jornadas de trabajo con responsabilidades de atención en el hogar. De hecho, la mitad de quienes prestan cuidados tiene entre 50 y 66 años y un 42% atiende a alguno de sus progenitores, una cifra que supera la media estatal en casi seis puntos.

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La cotización a través del convenio especial permite generar derechos a coste cero para la Administración regional y, sobre todo, otorga protección —aunque limitada— a personas que de otro modo quedan fuera del sistema contributivo. No obstante, la cobertura sigue siendo parcial: solo una de cada cinco cuidadoras no profesionales figura en ese convenio, por incompatibilidades normativas o por la propia estructura de las prestaciones.

Una prestación de carácter «excepcional» y una carga que ha quedado normalizada

La Ley de la Dependencia reserva la prestación económica por cuidados en el entorno familiar como una opción «excepcional», contemplada para los casos en los que no exista un servicio público o privado adecuado. Sin embargo, en Galicia esta vía representa ya una cuarta parte de las prestaciones reconocidas: cerca de 37.000 ayudas al mes de febrero, según los registros.

El contraste resulta llamativo. Una prestación pensada como último recurso se ha convertido en una pieza estructural del sistema de cuidados en la comunidad. En el medio rural, donde la red de servicios es más escasa y la movilidad más limitada, la dependencia familiar se impone por necesidad. En ciudades como Vigo o A Coruña la situación no es muy distinta: la falta de plazas en centros de día y residencias, además de las listas de espera, alimenta la continuidad de los cuidados en el hogar.

El diseño normativo añade restricciones: quienes trabajan a tiempo completo, quienes están en desempleo o perciben ciertas prestaciones no pueden suscribirse al convenio especial, y el alta obligatoria cesa al cumplir los 65 años, afectando a al menos el 18% del colectivo. Es decir, existen barreras que impiden que la mayoría de quienes cuidan puedan acceder a la cotización y, por tanto, a la protección social que conlleva.

La vida sacrificada de quienes cuidan y los retos pendientes

Atender a una persona dependiente es una tarea intensa y prolongada. Un estudio encargado por la Xunta a la Universidade de Santiago puso cifras inquietantes: una media de 16 horas diarias durante 13 años de dedicación y una salud mental deteriorada. Una de cada seis cuidadoras padece depresión y más del triple está en riesgo; casi una de cada cinco llegó a plantearse quitarse la vida. Es un retrato de agotamiento físico y emocional que pasa muchas veces desapercibido en el debate público.

La recuperación del número de cotizantes no resuelve por sí sola estas patologías ni corrige la desigualdad de género que subyace al fenómeno. El reconocimiento laboral y contributivo es un paso imprescindible, pero hay que acompañarlo con servicios que alivien la carga: más centros de día, ampliación de las plazas residenciales, planes de respiro y, sobre todo, políticas que faciliten la conciliación para quienes quieren seguir trabajando sin abandonar a la persona dependiente.

En Galicia, la demografía juega en contra. El envejecimiento poblacional y la dispersión rural configuran una demanda de cuidados que crecerá en las próximas décadas. Las cifras alcanzadas ahora —aunque simbólicas en su recuperación— son todavía pequeñas frente al volumen real de personas que dependen de la atención informal y que no generan derechos contributivos.

Si la Administración autonómica y el Estado aspiran a traducir el reconocimiento en protección, deberán acometer tres cambios básicos: simplificar el acceso al convenio especial, revisar las exclusiones que impiden la inscripción y reforzar los recursos públicos que permitan una transición hacia modelos menos dependientes del cuidado familiar.

La recuperación de 8.000 altas es una buena noticia. No obstante, no puede convertirse en excusa para dar por cerrada una brecha que sigue dejando fuera a la mayoría de las cuidadoras. Galicia necesita políticas integradas que conjuguen derechos, servicios y salud pública: sin ellas, la etiqueta de “excepcional” que acompaña a esta prestación se mantendrá como una contradicción dolorosa para miles de hogares.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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