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Vigo abre su calendario simbólico con la Borriquita

Una ciudad que se mira en sus ritos

No todas las ciudades viven la Semana Santa del mismo modo, ni todas necesitan la misma escenografía para reconocer que ha cambiado el pulso de la calle. En Vigo, donde el calendario festivo suele asociarse a otros hitos más ruidosos y multitudinarios, el Domingo de Ramos conserva una función menos estridente, pero igualmente reveladora: marca el paso de la vida ordinaria a unos días de pausa, reunión y tradición compartida. Ahí radica el verdadero interés público de la procesión de la Borriquita, celebrada este domingo como primer gran acto de la Semana Santa viguesa de 2026.

Más allá de la dimensión religiosa, la cita tiene un valor cívico. Sirve para medir el estado de ánimo de la ciudad, para comprobar hasta qué punto los vecinos siguen respondiendo a las convocatorias de raíz popular y para observar cómo conviven en el espacio público generaciones, sensibilidades y formas distintas de entender una misma tradición. En una urbe dinámica, marcada por el comercio, la movilidad y el ritmo laboral, que una procesión siga reuniendo a familias enteras no es un dato menor.

La Borriquita no es solo una imagen en recorrido. Es, sobre todo, la escena con la que muchas personas identifican el comienzo real de estas fechas. Cuando sale a la calle, Vigo asume que ya está en otro tiempo del año. Esa percepción colectiva explica por qué el acto conserva capacidad de convocatoria incluso en un contexto social muy distinto al de hace décadas, con costumbres más fragmentadas y una relación menos homogénea con la tradición religiosa.

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Participación, calle y memoria compartida

La presencia de público en esta jornada vuelve a demostrar que las celebraciones con arraigo local resisten mejor de lo que a veces se piensa. La Semana Santa viguesa no compite en volumen patrimonial con otras grandes referencias del noroeste peninsular, pero sí mantiene un vínculo emocional con parte de la ciudadanía. Y ese vínculo se nota precisamente en actos como este, donde la asistencia no depende solo del programa oficial, sino de una costumbre transmitida en el ámbito familiar.

En torno a la procesión se mezclan creyentes practicantes, vecinos que acuden por costumbre, personas que buscan un plan tranquilo de domingo y curiosos que observan el desarrollo del cortejo como quien vuelve a una imagen conocida de la infancia. Esa mezcla, tan urbana como profundamente local, convierte la cita en algo más amplio que una convocatoria litúrgica. La ciudad, al reunirse, también se reconoce.

La apertura de la Semana Santa en Vigo vuelve a evidenciar que las tradiciones no sobreviven solo en los templos: necesitan calle, tiempo compartido y una comunidad dispuesta a mirarse en ellas.

Además, estos actos tienen un efecto que a menudo se pasa por alto: ordenan simbólicamente el calendario. Tras semanas de actividad acelerada, la procesión introduce otro ritmo, más pausado, y recuerda que la vida urbana también necesita referencias comunes. En tiempos de consumo rápido y agenda dispersa, la persistencia de estos rituales plantea una pregunta pertinente: ¿qué espacios siguen siendo capaces de reunir a la ciudad sin convertirlo todo en espectáculo?

El tiempo acompaña, pero no lo explica todo

El ambiente favorable de la mañana ayudó, sin duda, a que la participación resultara cómoda y visible. El buen tiempo siempre mejora la experiencia del público, facilita la presencia de menores y anima a permanecer más rato en el recorrido. Sin embargo, reducir lo ocurrido únicamente a una meteorología amable sería simplificar demasiado. Si la Borriquita mantiene tirón en Vigo es porque existe una base social que la sostiene año tras año.

La climatología puede empujar, pero no crea por sí sola una tradición. Lo que se vio este Domingo de Ramos responde también a una costumbre asentada, a un calendario interior que muchas familias mantienen.

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Miguel Ángel Vázquez

Redactor especializado en economía y empresas. Cubre la actualidad económica de Galicia y España para Galicia Universal.

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