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El potaje de vigilia regresa a las mesas de Pontevedra con la Cuaresma: sencillo, económico y con siglos de historia

El potaje de vigilia regresa a las mesas de Pontevedra con la Cuaresma: sencillo, económico y con siglos de historia

En Pontevedra, con el inicio de la Cuaresma cada año, muchas cocinas domésticas vuelven a apostar por el potaje de vigilia, un guiso de cuchara que reúne garbanzos, bacalao desalado, espinacas y huevo duro. La tradición, que arranca en el Miércoles de Ceniza y llega hasta la Semana Santa, mantiene su fuerza por motivos religiosos, económicos y de costumbre familiar. Durante estas semanas, fechas en las que históricamente se practicó la abstinencia de carne los viernes, el potaje aparece como una alternativa nutritiva y asequible para afrontar los días fríos. En barrios y parroquias de la ciudad se repite la escena: ollas humeantes y recetas heredadas que vuelven a marcar el menú de la casa.

El potaje de vigilia es, en esencia, un guiso de legumbre enriquecido con bacalao y verduras que se deja cocer despacio hasta obtener un caldo denso y aromático. Los garbanzos son la base calórica y la estructura del plato, mientras que el bacalao en salazón, tras un proceso de desalado, aporta sabor y proteína. Las espinacas frescas y los huevos cocidos completan un conjunto equilibrado y reconfortante, y una rebanada de pan rallado incorporada al final suele espesar aún más la preparación. El resultado es una comida que alimenta y abriga, ideal para los días de marzo en la ría.

La historia de este potaje remite a tiempos medievales, cuando las normas eclesiásticas sobre el ayuno marcaron la dieta cotidiana. Ante la prohibición de la carne en determinadas jornadas, las familias europeas, y en Galicia en particular, combinaron legumbres de buena conservación con pescado salado que podía almacenarse y transportarse durante largos periodos. Ese pragmatismo culinario derivó en recetas que sobrevivieron a los siglos por su equilibrio entre saciedad, coste y facilidad de elaboración, y el potaje se convirtió en un clásico que cada región adaptó según productos locales y costumbres.

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En Pontevedra, la receta ha llegado a nuestros días tanto por el recuerdo doméstico como por la oferta de restauración que recupera platos tradicionales en temporada. Vecinos consultados coinciden en que, más allá de la observancia religiosa, el potaje sigue presente por ser «un plato de casa» que remite a las abuelas y a la cocina de invierno. Los restaurantes que incluyen menús de Cuaresma lo hacen para atender una demanda que busca autenticidad y economía, mientras que en hogares con niños o personas mayores la opción se valora por su aporte nutritivo y su coste moderado.

En la práctica, quienes preparan el potaje recomiendan remojar los garbanzos la noche anterior para acortar tiempos de cocción y eliminar durezas. El bacalao, previamente desalado y desmigado, se introduce casi al final para que conserve textura y sabor; las espinacas se integran en los últimos minutos para mantener su color y aporte vitamínico. Un sofrito sencillo de cebolla y ajo con pimentón dulce sirve de base aromática, y la adición de pan rallado o una picada tradicional aporta cuerpo al caldo. Dos huevos duros troceados en el plato redondean la porción y multiplican su poder saciante.

Más allá de la receta estricta, el potaje funciona como signo de identidad culinaria en una región donde el bacalao y las legumbres han protagonizado la despensa durante generaciones. Junto a otros platos de Cuaresma comunes en Galicia, como el bacalao con coliflor o las empanadas de pescado, este guiso forma parte de un repertorio que conecta memoria, economía doméstica y estacionalidad. Las variaciones locales introducen toques de ajada, distintos tipos de hoja verde o incluso mariscos en algunas versiones costeras, pero el núcleo del plato se conserva.

La vigencia del potaje también encuentra razones prácticas en la coyuntura económica: ingredientes de bajo coste y larga conservación como los garbanzos y el bacalao en salazón permiten confeccionar menús asequibles sin renunciar a la proteína y la energía necesarias. En momentos en los que los hogares vigilan el presupuesto, recetas tradicionales como esta recuperan protagonismo por su sencillez y por la posibilidad de raciones abundantes con una inversión moderada. En ese sentido, la Cuaresma se convierte cada año en un recordatorio de recetas que supieron combinar frugalidad y sabor.

Servido humeante, acompañado de pan del día anterior y a veces aliñado con un chorro de aceite o una pizca de pimentón, el potaje de vigilia sigue siendo el plato que muchas familias de Pontevedra eligen para los viernes de marzo. Más que una obligación religiosa, para muchos es una costumbre cálida que encaja con el clima y con la memoria familiar: un puente entre la cocina de antaño y las mesas actuales que, por ahora, no parece dispuesto a desaparecer. La Cuaresma vuelve a ponerlo en primer plano y, con ello, a recordar cómo la simple mezcla de garbanzos y bacalao puede condensar siglos de historia y cotidianeidad.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.