El choque bélico en el Golfo Pérsico amenaza con dejar una huella duradera en los precios de la energía y, con ello, en la actividad económica global, según advierte en una entrevista la analista de mercados de AFI. La advertencia, realizada el 10 de marzo de 2026, sitúa a Europa y a los grandes importadores asiáticos como los más expuestos, mientras que Estados Unidos aparece como relativamente mejor preparado para soportar un episodio prolongado. El riesgo principal es que la subida del crudo y del gas deje de ser un pico pasajero para convertirse en una prima permanente que desancle las expectativas de inflación y force a los bancos centrales a mantener tipos más altos.
En conversación con La Región Internacional, María Romero vincula el posible efecto estructural a varios canales económicos: el encarecimiento de los combustibles, el aumento de los costes del transporte y la subida de insumos como los fertilizantes. Estos factores, explica, actúan sobre la inflación y sobre la confianza de consumidores y empresas, reduciendo así el ritmo de la demanda y poniendo presión sobre el crecimiento del PIB. Romero advierte de que, si el conflicto se prolonga, el impacto puede dejar de ser un simple choque de oferta y convertirse en una dinámica que modifique previsiones macroeconómicas.
La cadena de transmisión es clara: la energía más cara encarece la producción industrial y el traslado de mercancías, presiona la factura doméstica de los hogares y eleva los costes de sectores clave de la agricultura. Ese encarecimiento no solo se traduce en un incremento temporal de la inflación general, sino que puede filtrarse a la inflación subyacente si los agentes empiezan a anticipar más incrementos de precios. Para los bancos centrales, una pérdida de control de las expectativas complica la hoja de ruta de la política monetaria y reduce el margen para aliviar los tipos en el futuro.
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Conoce más →Europa y países asiáticos como Japón y Corea del Sur son, en opinión de la analista, los grandes perdedores potenciales por su alta dependencia de crudo y gas procedente del Golfo. La menor capacidad de sustitución de suministros y las limitaciones logísticas hacen a estas economías más vulnerables a shocks prolongados. En el caso de España y de otras economías europeas, la combinación de precios mayoristas elevados y una inflación persistente supone un reto adicional para hogares y empresas todavía con memoria de los episodios previos de inflación energética.
Estados Unidos, por su parte, parte de una posición de mayor resiliencia gracias a su producción interna de hidrocarburos y a una estructura de mercado más diversificada, pero no es inmune. Romero subraya tres canales por los que el país norteamericano puede verse afectado: el impacto en la inflación y, por tanto, en el poder adquisitivo de las familias; el empeoramiento de la confianza y del gasto; y la mayor volatilidad en los mercados financieros, agravada por un dólar fuerte. Si los precios del petróleo se mantienen elevados durante semanas, la narrativa de una desinflación rápida se complica y se reduce el espacio de maniobra para recortes de tipos por parte de la Reserva Federal.
La duración de la presión sobre los precios es, según la analista, un factor decisivo. Con el estrecho de Ormuz cerrado operativamente y ataques contra infraestructura crítica, los mercados tienden a incorporar una prima de riesgo que puede perdurar semanas. Aunque el petróleo ha registrado ya descensos puntuales tras los picos iniciales, la vuelta a niveles anteriores al conflicto resulta improbable sin señales claras de desescalada o sin una sustitución efectiva de suministros. Esa incertidumbre es la que alimenta la posibilidad de que la prima energética se ancle.
Las respuestas de política pública pueden mitigar el golpe, pero no lo elimanan por completo. La coordinación entre gobiernos, la liberación de reservas estratégicas y medidas puntuales para contener la volatilidad ayudan a amortiguar episodios cortos, pero resultan insuficientes si el conflicto se cronifica. Romero advierte de que la magnitud del ajuste dependerá de la rapidez con la que los países consumidores puedan encontrar alternativas y de la capacidad de los productores para aumentar la oferta sin desestabilizar los mercados.
En definitiva, el panorama dibujado por los analistas apunta a un periodo de mayor riesgo para la recuperación global, en el que la inflación, los tipos de interés y la confianza serán las variables a seguir de cerca. Para las autoridades monetarias y fiscales la clave será calibrar las medidas entre contener la inflación y no ahogar el crecimiento. En un mundo interconectado, la resolución o la escalada del conflicto en el Golfo marcará en las próximas semanas la senda de la economía internacional.
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