El columnista Manuel Herminio Iglesias firma desde Seixo-Albo una reflexión publicada en La Región el 11 de marzo de 2026 en la que denuncia el papel de aquellos que respaldan la actual escalada bélica. Iglesias sitúa el origen del conflicto en las decisiones de líderes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu, y advierte de las consecuencias de convertir intereses económicos y geoestratégicos en justificación para la guerra. El autor reclama además un repaso a la memoria histórica para entender por qué ciertos apoyos son, en su opinión, más interés que patria. El artículo combina crítica política, recuerdo histórico y un llamamiento a respetar el derecho internacional.
En su columna, Iglesias no oculta su condena al régimen teocrático iraní, al que califica de dictatorial y responsable de graves vulneraciones de derechos humanos, especialmente en la represión de las mujeres. Sin embargo, subraya la incoherencia de quienes sólo señalan a determinados regímenes mientras otros, con intereses estratégicos o económicos, quedan fuera del ataque público. Ese doble rasero, escribe, alimenta una política exterior selectiva en la que la moral sirve a veces como cobertura de decisiones interesadas.
Para ilustrar la hipocresía de los patriotas que hoy justifican la intervención, Iglesias remite a la historia reciente de España y a los acuerdos militares con Estados Unidos firmados durante la dictadura de Franco. Según recuerda, aquel pacto permitió la instalación de bases norteamericanas a cambio de ayudas que paliaron la miseria de la posguerra: leche en polvo, algún suministro alimentario, material militar y vehículos. Aquella cesión de soberanía, argumenta, se vendió como un mal necesario para garantizar estabilidad interna, pero consolidó una relación asimétrica que hoy sigue marcando decisiones.
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Conoce más →El columnista advierte de que vivimos un tiempo en el que las grandes potencias, amparadas en su propia interpretación de la ley o en argumentos de seguridad, vulneran las normas internacionales cuando les conviene. Esa instrumentalización del derecho internacional, que según Iglesias se utiliza para defender intereses económicos y estratégicos, abre un periodo de incertidumbre y riesgo para la convivencia entre estados. La ausencia de una respuesta coherente y multilateral, insiste, favorece la lógica del más fuerte.
En su texto también se fija en la presencia de líderes religiosos al lado de actores políticos beligerantes, una estampa que, para él, revela la tentación de legitimación moral bajo la que se esconden decisiones militares. Iglesias critica que la retórica bíblica y las plegarias se utilicen para vestir conflictos que obedecen a criterios geoestratégicos y comerciales. Esa alianza, sostiene, provoca un divorcio entre lo que predican muchas confesiones y lo que en la práctica acaban avalando.
El autor dedica atención a quienes en el Estado se proclaman patriotas y defienden alineamientos automáticos con potencias extranjeras. Ese discurso de adhesión incondicional, añade, convierte a la ciudadanía en súbditos de políticas ajenas a la soberanía y a la legalidad internacional. Llama la atención sobre el riesgo de que una sociedad democrática interiorice postulados que han servido históricamente para justificar intervenciones y sometimientos.
Iglesias plantea que la única vía para evitar una escalada aún mayor es el respeto estricto a las normas que, tras la Segunda Guerra Mundial, marcaron el nuevo orden internacional. Recuperar esos principios implica, según el columnista, no sólo denunciar las violaciones de los derechos humanos allá donde ocurran, sino también desenmascarar a los falsos profetas que, bajo la bandera del patriotismo, promueven intereses de clase o de Estado ajenos al bien común. La exigencia democrática, concluye, pasa por coherencia y por una política exterior sometida a la ley.
El texto termina con una llamada a la prudencia y a la vigilancia ciudadana: el tiempo dirá si quienes hoy apoyan la agresión tenían razón, pero el diagnóstico del autor es claro: caminar hacia una confrontación de mayor envergadura nos conduciría a un fracaso colectivo. Iglesias insiste en que no basta con invocar la tradición o el sentimiento nacional para eludir normas internacionales; sólo la defensa firme del derecho y la memoria histórica pueden frenar la deriva belicista que amenaza a la humanidad.
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