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“Todo lo contrario a la medicina»

“Todo lo contrario a la medicina"

En una columna publicada el 11 de marzo de 2026 en La Región, el periodista Xabier R. Blanco relata el encuentro fortuito entre dos compañeros de colegio que no se veían desde hace cuarenta años, en el que uno de ellos confiesa trabajar en la gestión de residencias de ancianos en una gran empresa. La anécdota, ocurrida en un restaurante gallego y contada como crónica de sobremesa, sirve para poner de relieve la percepción social sobre el sector de la dependencia en plena tensión del sistema sanitario. El texto enlaza ese intercambio con hechos recientes: una protesta de quirófanos en Vigo y la huelga del sindicato O’Mega en atención primaria, lo que amplifica la discusión sobre la atención a mayores y la sanidad pública. El motivo del encuentro y la reacción de los comensales abren la reflexión sobre el estigma profesional y las dificultades del cuidado geriátrico en la comunidad.

Según la narración, la conversación parte de una pregunta aparentemente inocente: si el hombre siguió la vocación de su familia y se dedicó a la medicina. La respuesta —“todo lo contrario a la medicina”, en tono evasivo— despierta curiosidad y cierta incomodidad entre quienes comparten la mesa, hasta que admite dedicarse a la gestión de residencias en una compañía de gran tamaño. El retorno al pasado y la sorpresa de reencontrarse tras décadas confieren al episodio un matiz de intimidad y olvido: los emisarios del reencuentro se abrazan, se despiden sin intercambiar teléfonos y dejan que el azar decida si cruzarán sus vidas de nuevo.

La anécdota permite al autor y a otros comensales sacar a colación el prestigio y la reputación de ese trabajo. Uno de los presentes compara la mala imagen de la gestión de residencias con la que cargan quienes se dedican al alquiler turístico; otro admite que, cuando le preguntan por su profesión, prefiere responder que trabaja en remoto como comercial para una fábrica extranjera. Esa reacción evidencia, según la columna, que algunos oficios relacionados con el cuidado de personas mayores arrastran un descrédito que no siempre se corresponde con la realidad del empleo ni con la dedicación del personal.

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El relato introduce, además, noticias concretas del ámbito sanitario que contextualizan la conversación: en Vigo, 22 de los 26 cirujanos del hospital optaron por renunciar a las peonadas voluntarias de la tarde como medida para reducir las listas de espera, mientras el sindicato O’Mega mantiene la huelga en la atención primaria de salud y añade presión a la Consellería de Sanidade. Esos movimientos laborales, refiere la columna, muestran problemas estructurales en la gestión pública y en la atención a pacientes que, a menudo, acaban en residencias o servicios de dependencia cuando la atención en hospitales y centros de salud flaquea.

En medio de estos episodios, la crónica recoge la llamada de otro colega que regresa de visitar a su madre en una residencia gestionada por la Xunta en Santiago. Su evaluación es mixta: detecta fallos puntuales en la atención y en las instalaciones, pero destaca el cariño del personal y, en su caso, deja una valoración positiva en Google. Ese gesto consolida la idea del autor de que la realidad del día a día en centros de mayores no se reduce a titulares sobre negligencias o gestión empresarial, sino que incluye experiencias humanas complejas y, a veces, satisfactorias.

Los ejemplos que compone la columna apuntan a una discusión más amplia sobre el modelo de atención a personas mayores en Galicia: la coexistencia de centros públicos y privados, la externalización de servicios, la presión presupuestaria y la precariedad laboral en el sector sanitario. Ese debate cobra especial relevancia en una comunidad envejecida, donde las decisiones sobre plazas concertadas, inspección y remuneración del personal determinan la calidad de la atención y la percepción social de la profesión.

El autor sugiere que parte del problema es cultural: los oficios relacionados con el cuidado —a menudo feminizados y poco valorados— siguen siendo objeto de estigma que repercute en la contratación y en la dignidad de quienes trabajan en ellos. Además, la coincidencia de protestas en hospitales y centros de primaria provoca una sensación de crisis sistémica que acaba afectando también a las residencias, al encarecer o limitar la atención que reciben los mayores cuando salen del circuito hospitalario.

La crónica cierra con una imagen cotidiana y algo melancólica: la despedida entre viejos amigos sin promesas de reencuentro y la observación de que la vida decide si volverán a verse. Esa escena sirve como metáfora de la relación social con las personas mayores y los profesionales que los cuidan, y recuerda que detrás de cada estadística hay historias personales que merecen atención y políticas públicas coherentes. En un momento de tensiones sindicales y reconfiguración de servicios, la reflexión plantea la necesidad de dignificar el trabajo de cuidado y de implicar a la sociedad en una conversación seria sobre cómo queremos atender a quienes envejecen.

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Miguel Ángel Vázquez

Redactor especializado en economía y empresas. Cubre la actualidad económica de Galicia y España para Galicia Universal.