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El cedro de la alameda del Concello

El cedro de la alameda del Concello

En la Alameda del Concello de Ourense se alza aún un cedro del Atlas que, tras podas y amenazas de tala, se ha convertido en símbolo de la resistencia de la vegetación urbana. La especie ha soportado intervenciones para abrir la luminosidad del cercano palacio de justicia y ha sobrevivido a proyectos que buscaban transformar el subsuelo en aparcamiento; lo cuenta en un artículo publicado el 11 de marzo de 2026 el periodista Carlos Risco. Su presencia revela la tensión entre planes urbanísticos y la necesidad de mantener espacios verdes en la ciudad. Vecinos y activistas consideran este árbol un referente vivo frente a la pérdida de jardines y alamedas.

El cedro, de tronco notable y copa generosa, se sitúa en una ladera donde todavía quedan algunos ejemplares que ofrecen sombra y alivio a quienes transitan la zona. Según testimonios recogidos en el barrio, las intervenciones anteriores han tratado de aclarar el arbolado para favorecer la visibilidad del edificio judicial, una decisión que para muchos priorizó la arquitectura sobre la salud ambiental. La supervivencia del árbol en un subsuelo compactado y con limitaciones de espacio urbano representa, para los defensores del verde, una pequeña victoria frente a procesos de cemento y asfalto.

En los últimos meses, la polémica urbana se agravó tras la tala y la posterior cimentación del jardín de El Posío, un espacio que numerosos residentes consideran irrecuperable. La eliminación de ese parque ha reavivado el debate sobre la planificación municipal y la protección de zonas verdes históricas en Ourense. Organizaciones ecologistas y colectivos vecinales han denunciado que estas actuaciones empobrecen la calidad de vida y reducen la resiliencia de la ciudad ante olas de calor y episodios meteorológicos extremos.

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El cedro de la Alameda del Concello se percibe, además, como un recurso pedagógico: vecinos relatan cómo los niños se detienen a observar su tronco y su follaje, interrumpiendo por unos instantes la inmediatez de las pantallas. Para especialistas en medio urbano, los árboles maduros desempeñan funciones ecosistémicas insustituibles: regulan la temperatura, mejoran la calidad del aire, retienen agua y sostienen biodiversidad local. Perder ejemplares de este tipo supone un coste difícil de cuantificar en términos de salud pública y bienestar social.

Quienes piden medidas de protección subrayan que no se trata solo de conservar un ejemplar aislado, sino de preservar y recuperar corredores verdes que conecten distintos parques y alamedas de la ciudad. La imagen de una alameda convertida en un “arenal” sin la continuidad arbórea alarma a buena parte de la ciudadanía, que advierte sobre la fragmentación de los hábitats urbanos. Además, los técnicos recuerdan que el cultivo y la gestión adecuada de especies como el cedro del Atlas requiere atención a las podas, suelo y riego, no intervenciones que limiten su desarrollo.

Desde el ámbito institucional, fuentes municipales han asegurado que se revisan proyectos para compatibilizar movilidad y zonas verdes, aunque aún no se han anunciado medidas concretas de protección para el citado cedro. Las asociaciones vecinales insisten en solicitar inventarios de arbolado y normas más estrictas que impidan actuaciones que vulneren el patrimonio natural de la ciudad. La tensión entre desarrollo urbano y conservación aparece así como un eje clave en la agenda de Ourense para los próximos años.

El relato del cedro también conecta con una reflexión más amplia sobre la relación entre sociedad y naturaleza que plantea el artículo de opinión en La Región: la desconexión del ser humano con la tierra como origen de muchas de las crisis actuales. Recuperar el afecto por los árboles y los jardines es, en esa lectura, una forma de sanar colectivamente y de preparar la ciudad para desafíos climáticos y sociales. En este sentido, el árbol se convierte en metáfora y en recurso práctico para mejorar la habitabilidad urbana.

Mientras tanto, vecinos y observadores seguirán vigilando el futuro del cedro de la Alameda del Concello como prueba tangible de que la ciudad puede, si se protege, conservar rincones vivos entre el hormigón. Su mantenimiento exige voluntad política, participación ciudadana y sensibilidad técnica para que no sea únicamente una anécdota heroica, sino el comienzo de una estrategia real de reforestación urbana. Protejerlo es, según defensores y vecinos, invertir en la salud y en la memoria colectiva de Ourense.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.