El sociólogo Francisco Haz, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Santiago de Compostela, alertó el 12 de marzo de 2026 en Santiago de Compostela sobre una creciente «epidemia de soledad» que afecta a todos los grupos de edad. Haz atribuye este fenómeno a un aumento del individualismo y a la fragmentación de los lazos comunitarios, pese a que hoy disponemos de más herramientas para comunicarnos que nunca. Según el investigador, la pérdida de redes de apoyo tradicionales y la transformación de las relaciones íntimas y vecinales explican por qué muchas personas se sienten aisladas. La advertencia llega en un contexto en el que cambios demográficos y tecnológicos moldean de forma rápida la vida cotidiana.
A juicio de Haz, la soledad ya no es un problema exclusivo de las personas mayores: jóvenes y familias jóvenes también la experimentan. En los barrios, dice el sociólogo, los saludos fugaces han sustituido a la conversación y la vecindad ha perdido la costumbre de acudir en apoyo mutuo, como ocurría antaño con gestos tan sencillos como compartir alimentos recién hechos. Esa erosión del tejido social se traduce en una ausencia de redes informales que ayudaban a conciliar la vida familiar y laboral. El resultado es una mayor carga sobre hogares que deben resolver solos tareas de cuidado y organización.
Haz vincula ese cambio a transformaciones estructurales: las familias son más pequeñas, las trayectorias vitales más diversas y la movilidad geográfica ha alterado los entornos de referencia. Todo ello favorece la independencia individual, pero al mismo tiempo reduce la profundidad y la estabilidad de los vínculos sociales. «Ahora hay más contextos y menos relaciones profundas», señala el sociólogo al explicar que la densidad relacional se ha debilitado. Esa menor continuidad relacional, advierte, hace más frágiles las redes de apoyo en momentos de necesidad.
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Conoce más →Sobre el papel de las nuevas tecnologías, Haz subraya una ambivalencia: la comunicación digital ha ampliado la capacidad de mantener contacto con personas lejanas, lo que para muchos supone un apoyo emocional esencial. No obstante, la hiperconectividad puede dar la falsa sensación de relaciones sólidas cuando, en realidad, predominan los intercambios superficiales. Para el investigador, las herramientas digitales reflejan y amplifican las tendencias sociales pero no sustituyen la profundidad de las interacciones cara a cara. En este sentido, la tecnología es útil para mantener lazos, pero insuficiente para reconstruir tejido comunitario por sí sola.
Además, el auge del comercio electrónico y el trabajo a distancia ha reducido oportunidades de interacción cotidiana en el entorno local. Haz apunta que una generación habituada a comprar y relacionarse por internet corre el riesgo de perder habilidades de sociabilidad y los espacios informales donde se tejen las redes. Entre los jóvenes, un uso excesivo de redes sociales y herramientas impulsadas por la inteligencia artificial puede retraerlos de procesos de socialización cara a cara en etapas clave para el desarrollo de competencias sociales. Por ello considera esencial fomentar prácticas que fortalezcan la capacidad de crear y mantener redes personales y comunitarias.
El impacto de esta soledad epidémica se extiende a la conciliación y al bienestar emocional. Padres y madres que acaban de tener un hijo, por ejemplo, suelen encontrar cada vez menos apoyos cercanos y deben gestionar por sí mismos la crianza mientras compatibilizan responsabilidades laborales. Esa falta de redes informales puede agravar el estrés y complicar la organización doméstica, lo que a su vez afecta la salud mental. Haz reclama atención tanto desde la política pública como desde la acción comunitaria para revertir esa dinámica.
Para frenar la pérdida de vínculos, el sociólogo propone combinar medidas: impulsar políticas que promuevan el comercio y los servicios de proximidad, facilitar espacios públicos de encuentro y fomentar en la educación el desarrollo de habilidades sociales. También aboga por programas dirigidos a rehabilitar la vecindad activa y a recuperar formas sencillas de apoyo mutuo. En su diagnóstico hay una llamada a la responsabilidad colectiva: no basta con lamentar el aislamiento, es preciso crear condiciones que permitan reencontrar la cooperación cotidiana.
Haz concluye que la era digital ofrece ventajas reales, especialmente para quienes viven lejos de sus familias, pero no exime de la tarea de reconstruir comunidades más sólidas. Su advertencia es clara: sin políticas y sin prácticas sociales que favorezcan el encuentro y la solidaridad, la «epidemia de soledad» puede profundizarse y afectar de forma sostenida al bienestar de la sociedad. El reto, según el sociólogo, pasa por equilibrar los beneficios de la conectividad con la urgente recuperación de la trama social presencial que nos sostenga en las dificultades.
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