En la librería Galgo Azul de A Coruña, un grupo de personas se reunió el jueves para bordar pañuelos con los nombres de desaparecidos durante la dictadura argentina, en un acto convocado por la Asociación Galego Arxentina pola Memoria Democrática (Agama) y en sintonía con la iniciativa de las Madres de Plaza de Mayo. La jornada sirvió para conmemorar el medio siglo transcurrido desde el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y para mantener vivo el recuerdo de quienes fueron detenidos y desaparecidos. La actividad combinó la reivindicación de la memoria con el intercambio de testimonios de familiares y vecinos. El objetivo declarado fue no olvidar y visibilizar a las víctimas de aquel régimen militar.
La propuesta retomó la tradición de bordar pañuelos que surgió de la protesta de las Madres de Plaza de Mayo en 1977 y que desde entonces se ha usado como símbolo de búsqueda y denuncia. Agama organizó el encuentro para facilitar que tanto parientes directos como ciudadanos interesados participaran en la confección colectiva de los pañuelos, cada uno con nombres y mensajes. La librería se llenó de agujas, hilos y conversaciones; el acto, más allá de lo artístico, se planteó como un ejercicio de memoria y de construcción comunitaria. La iniciativa persigue mantener viva la atención sobre delitos de lesa humanidad aún no esclarecidos.
El 2026 marca cincuenta años del golpe que inició la represión más dura en Argentina y que, según los registros de organizaciones de memoria, dejó a decenas de miles de víctimas entre detenidos, torturados y desaparecidos. Entre estas víctimas hay un grupo significativo de personas de origen gallego; fuentes locales recuerdan que 47 personas de raíces gallegas fueron detenidas y desaparecidas durante aquella etapa. Para asociaciones como Agama, actos como el de Galgo Azul son una forma de conectar la memoria local con una historia de alcance internacional y de mantener viva la demanda de verdad y justicia.
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Conoce más →Leonardo Casado, uno de los organizadores, explicó que la actividad pretende tanto fijar los nombres en los pañuelos como propiciar el relato entre quienes han sufrido la pérdida y quienes quieren conocer esa historia. Casado destacó que a la convocatoria acudieron personas con familiares desaparecidos pero también vecinos de A Coruña sin vínculo directo que quisieron sumarse por solidaridad. Según dijo, el Bordado colectivo facilita el diálogo y el reconocimiento público de las víctimas en un formato que combina simbolismo y testimonio. Para los organizadores, tejer los nombres equivale a hacer visible lo que la dictadura trató de borrar.
Entre las familias presentes estaba Estela Fernández Álvarez, cuya vida quedó marcada por la desaparición de su hermano, José Nicasio, el 9 de noviembre de 1976. Tenía 27 años y estudiaba en Buenos Aires cuando dejó de saberse de él; desde entonces su familia no volvió a tener noticias, y cada avance en las exhumaciones de fosas comunes reabre la esperanza de hallar alguna pista. Fernández Álvarez recordó el origen familiar en la zona de A Fonsagrada y la emigración de sus padres, y dijo que su presencia en la jornada respondía a la necesidad de compartir memoria más que a la confección en sí del pañuelo. Su testimonio puso rostro local a una pérdida que fue masiva y dispersa en el tiempo y el espacio.
Otro caso recordado en la tarde coruñesa fue el de Isidoro Ferreiro Barbeito, primo de una de las asistentes, cuyo destino sí tuvo desenlace conocido: sus restos fueron localizados en 2018 en una fosa común en la provincia de Tucumán, donde había desaparecido. La aparición de restos en investigaciones abiertas décadas después ha sido una constante en la búsqueda de verdad para muchas familias, y esas recuperaciones, aunque dolorosas, ofrecen algún grado de certidumbre a quienes vivieron la incertidumbre prolongada. En la librería, esos episodios sirvieron para subrayar la persistencia del reclamo por verdad y reparación.
La actividad combinó la intimidad de la costura con la visibilidad pública: los pañuelos, normalmente asociados a las Madres de Plaza de Mayo, se convirtieron en un soporte colectivo de nombres y emociones. Entre puntada y puntada se compartieron recuerdos, se ofrecieron apoyos y se recordó la importancia de mantener viva la memoria histórica para las nuevas generaciones. Asistentes explicaron que, más allá del acto simbólico, estas citas contribuyen a mantener redes de apoyo entre familiares y a sensibilizar a la sociedad sobre los efectos duraderos de la represión.
Organizaciones como Agama y otros colectivos de memoria insisten en que actos simultáneos y continuos son necesarios para no permitir el olvido institucional ni social, y para que las causas que aún no se han esclarecido sigan abiertas. A medida que pasan las décadas, la conmemoración adquiere también la urgencia de transmitir esos relatos a quienes no vivieron los hechos, y de asegurar que el esfuerzo por la verdad y la justicia no se diluya. En A Coruña, la costura colectiva fue, una vez más, un gesto para que la historia no se borre del tejido cotidiano.
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