En las últimas semanas, tres acontecimientos con alcance histórico y social —el centenario del vuelo transoceánico del avión Plus Ultra, el inicio en Fisterra de una marcha por la paz impulsada por el teólogo Rikko Voorberg y el comienzo de la Cuaresma— han recibido una atención muy limitada en el espacio público. El vuelo que partió de España y alcanzó Buenos Aires el 10 de febrero de 1926 encarna una efeméride de la aviación; la caminata por la paz arrancó el 1 de febrero con la intención de confluir en Estambul en diciembre y alcanzar Jerusalén en junio de 2027; la Cuaresma, que comenzó el 18 de febrero y concluye el 2 de abril, es un periodo de fuerte arraigo litúrgico en Galicia. Que estos tres asuntos hayan quedado en un segundo plano revela, según observadores y periodistas, cómo se configuran las agendas informativas y qué historias tienden a invisibilizarse.
El centenario del cruce del Atlántico sur por parte de la tripulación del Plus Ultra es, en términos históricos, una fecha llamativa: el 10 de febrero de 1926 el aparato llegó a Buenos Aires tras una travesía que supuso una proeza técnica y generó orgullo entre los emigrantes españoles y gallegos. La hazaña estuvo encabezada por el comandante Ramón Franco, acompañado por Ruiz de Alda, Durán y Rada, y marcó un hito en la historia de la aviación española. Más allá de la celebración técnica, la efeméride suscita reflexiones sobre la memoria colectiva y sobre cómo se recuerdan —o se omiten— episodios del pasado que conectan España con América.
El contexto político y personal alrededor de aquella figura añade matices: Ramón Franco es integrante de una generación cuyas trayectorias personales y familiares se entrelazan con episodios complejos de la historia española del siglo XX. Esa ambivalencia podría explicar parte del silencio mediático o, en todo caso, la cautela a la hora de abordar la efeméride en profundidad, pero no disminuye el interés histórico que despierta la gesta aeronáutica.
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Conoce más →La iniciativa internacional de paz que partió de Fisterra el 1 de febrero busca abrir un espacio alternativo a la polarización informativa. Impulsada por Rikko Voorberg y con la participación de colectivos como Combatants for Peace y Women Wage Peace, la llamada “Peace Walk” toma como referencia recorridos simbólicos —el Camino de Santiago o la Marcha de la Sal de Gandhi— para promover encuentros entre ciudadanos y denuncias no violentas. La ruta prevé puntos de incorporación en varias ciudades europeas y la convergencia en Estambul en diciembre de 2026, para seguir posteriormente hasta Jerusalén en junio de 2027.
Activistas y organizadores defienden que acciones de este tipo crean narrativas positivas y modos de participación civil que raramente ocupan espacio en los grandes titulares, sobre todo cuando los ecos mediáticos se concentran en episodios de conflicto o confrontación. Su objetivo no es solo visibilizar el sufrimiento, sino ofrecer testimonios de colaboración y reconciliación entre personas de distintas procedencias.
El tercer asunto que ha pasado sin demasiada atención es la Cuaresma, periodo religioso que comenzó el 18 de febrero y se extiende hasta el 2 de abril, con la Semana Santa como punto culminante en Galicia. Aunque personalmente distante de prácticas confesionales, muchos observadores señalan que los medios dedican espacio desproporcionado a determinadas celebraciones religiosas internacionales, mientras que tradiciones con arraigo local generan escaso debate público sobre su dimensión cultural y social.
Este conjunto de silencios periodísticos conecta con una realidad estructural: la conformación de agendas en manos de conglomerados mediáticos y la circulación repetitiva de determinados temas frente a otros menos rentables en términos de audiencia. Esa dinámica no solo decide sobre titulares, sino sobre qué hechos entran en la memoria colectiva y cuáles quedan como notas al margen.
La confluencia de una efeméride histórica, una iniciativa ciudadana transnacional y un calendario religioso que marca la vida de comunidades enteras pone en evidencia la necesidad de pluralidad informativa. Dar más espacio a historias que ofrecen memoria, propuestas de convivencia y reflexión cultural no es solo una opción periodística; es un servicio público que ayuda a comprender mejor la diversidad de acontecimientos que configuran la vida social. Los tres asuntos mencionados merecen, al menos, una atención pública proporcionada a su alcance y significado.
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