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Los taxistas de Ourense afrontan una doble crisis: menos clientes y carburantes que devoran beneficios

Ourense, marzo de 2026. Los taxis de la ciudad buscan la manera de cuadrar cuentas en una temporada en la que la clientela se ha desplomado y los costes fijos —sobre todo el combustible— no dan tregua. El sector local denuncia una caída de la demanda cercana al 20% respecto al año anterior y apunta a problemas en la red ferroviaria y a la escalada de precios como las causas que están encendiendo todas las alarmas.

Desorden en las paradas: el efecto bulto que rompe turnos

La estación de trenes se ha convertido en el epicentro de un problema del que pocos hablan en la ciudad hasta que se nota en el bolsillo. Según los taxistas, los retrasos y la irregularidad de las circulaciones hacen que los viajes que deberían llegar espaciados se concentren en oleadas, obligando a las flotas a permanecer horas inactivas para, después, tener que absorber picos imposibles. El resultado es simple: horas muertas sin ingresos y, al poco, una avalancha de pasajeros que no se puede atender con la plantilla disponible.

Francisco Javier Álvarez, presidente de los taxistas de la ciudad, resume la queja con una frase que resume la frustración de la profesión:

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“Estamos a lo mejor parados una hora o hora y media y después llegan a la vez, nos lían mucho”.

El efecto no es solo operativo: la mala organización repercute en la imagen del servicio. Pasajeros que esperan taxis durante esos episodios encuentran largas colas o, al contrario, ninguna unidad disponible en momentos puntuales, lo que empuja a muchos a optar por alternativas como vehículos privados o aplicaciones de movilidad cuando pueden permitírselo. La paradoja es llamativa en barrios como O Couto y zonas turísticas próximas a As Burgas, donde el flujo de personas se mezcla con necesidades puntuales y la coordinación se vuelve determinante.

Además de la estación, los conductores denuncian que el espacio público no siempre facilita el trabajo: paradas invadidas por bicicletas u otros vehículos, explanadas sin regulación clara y falta de señalización son quejas recurrentes que agravan un problema ya de por sí económico.

El ascenso del carburante y el dilema de la electrificación

Si la irregularidad del transporte ferroviario reduce la caja, el otro factor que asfixia a los taxistas es el coste del combustible. Desde comienzos de año, y a pesar de oscilaciones en el mercado, el precio que pagan por repostar sitúa la rentabilidad de muchos turnos en riesgo. La estructura de costes del taxi —vehículo, seguros, licencias, tasas municipales— deja poco margen para absorber incrementos sostenidos en el carburante.

Ante la presión de los precios, la mirada del sector se dirige hacia la electrificación. No es una idea nueva, pero sí gana peso en las conversaciones de las paradas: vehículos eléctricos que reduzcan gasto en carburante y mantenimiento, incentivos públicos para su adquisición y menor contaminación en el centro urbano. Sin embargo, el paso no es sencillo. El coste inicial de un vehículo eléctrico, la amortización de la licencia y, sobre todo, la insuficiente red de recarga rápida en la provincia son frenos serios.

Los conductores consultados por este periódico señalan la existencia de planes de ayudas estatales —los programas Moves, por ejemplo— y de subvenciones autonómicas que pueden aliviar la inversión, pero advierten de que las convocatorias suelen llegar con burocracia y plazos largos. Además, en un sector con propietarios individuales y cooperativas pequeñas, el acceso a financiación ventajosa no está garantizado.

Reclamos al Concello y a la Xunta: soluciones y demandas

Ante la urgencia, los taxistas han elevado una lista de demandas que se repiten en conversaciones con el gobierno municipal y con la Administración autonómica. Entre las más repetidas figura una mejora en la coordinación con la red ferroviaria —propuestas como paneles informativos en paradas, enlace directo entre Adif/Renfe y la central de taxis o turnos concertados para días de mayor afluencia— y la revisión de las tarifas para que reflejen mejor la realidad del mercado, especialmente en tramos nocturnos y servicios a aeropuertos y estaciones.

En el plano de las políticas públicas, el sector pide también un impulso decidido de la infraestructura de recarga en Ourense y la provincia, con puntos de carga rápida en nodos estratégicos: estación, centros hospitalarios y polígonos industriales. Sin esa red, explican, la transición a flotas eléctricas quedará limitada a la teoría, mientras que la práctica seguirá dependiendo del diésel o la gasolina.

Más allá de las ayudas puntuales, los profesionales reclaman un plan de movilidad que contemple la estacionalidad turística —Ourense recibe visitas por su termalismo y proximidad a la Ribeira Sacra— y la convivencia con otros modos de transporte. Por ejemplo, regular mejor la ocupación de paradas por bicicletas o patinetes y definir protocolos para evitar el colapso en fechas señaladas como ferias o eventos culturales.

En el plano colectivo, algunos taxistas apuestan por reforzar las cooperativas y apostar por compra conjunta de vehículos o centrales de reserva que permitan repartir mejor la demanda y reducir horas muertas. Es una idea que remite a experiencias de otras ciudades gallegas, aunque aquí choca con la fragmentación del sector y la diversificación de intereses.

La situación tiene, además, una dimensión social. Muchos conductores son trabajadores autónomos con familias que dependen del vehículo para subsistir. La caída del trabajo y la escalada de precios sacan a la luz una realidad que va más allá de la movilidad: la supervivencia de un tejido de pequeños empresarios y asalariados vinculados a la economía local.

Si no se interviene con medidas coordinadas, la consecuencia más inmediata será una mayor pérdida de servicios, sobre todo en franjas horarias menos rentables o en barrios periféricos, donde la presencia del taxi ya era débil. Para evitarlo, los taxistas de Ourense piden diálogo y solución rápida: una mezcla de inversiones públicas, adaptación tecnológica y regulación sensata capaz de equilibrar la balanza entre la demanda fluctuante y un sector que, hasta ahora, ha sido pilar de la movilidad urbana.

El paisaje urbano de Ourense —con su río, sus fuentes termales y sus estaciones— no cambiará de la noche a la mañana. Pero el calendario fiscal y la primavera reciente han puesto sobre la mesa una pregunta urgente: ¿quién paga el coste de la movilidad cuando la economía aprieta? La respuesta determinará si los taxis siguen siendo una opción viable y cercana para vecinos y visitantes, o si terminarán por reducirse hasta convertirse en un servicio residual.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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