Esther Ferreiro, natural de Santa Comba (A Coruña), trabaja desde su taller en la rúa Nova convirtiendo varillas de vidrio en pequeñas piezas que guardan la luz. Fundida a soplete y engarzada en plata, su producción —reconocida con el sello de Artesanía de Galicia— viaja desde ferias locales hasta escaparates y colecciones en el extranjero. El 28 de marzo estrenará en el Castillo de Vimianzo su nueva muestra, «Unha flor, unha xoia», donde mostrará en directo parte de su oficio.
De la llama al objeto: el oficio y su técnica
No es la primera vez que la técnica de soplado en pequeño formato atrae al público: la hipnosis que provoca el fuego sobre el vidrio se puede comprobar en el Castillo de Vimianzo, donde Esther Ferreiro trabaja en vivo todos los fines de semana y durante Semana Santa y el verano. Su práctica, adquirida y perfeccionada a lo largo de más de veinticinco años, no es folclore; exige disciplina y medición. Primero funde las varillas de vidrio de Murano en la llama del soplete, después modela cuentas y motivos sobre un mandril de acero; a continuación introduce las piezas en un horno a cerca de 520 grados para aliviar tensiones internas y, por último, realiza un enfriamiento controlado que puede prolongarse horas.
La aparente sencillez de un colgante o un pendiente oculta, además, la mezcla de oficios: hay quemas, temple, montaje en plata de ley y, a menudo, engastes y soldaduras. Su formación pasó por la Escola de Artes e Oficios Mestre Mateo de Santiago, por la extinta Escola Galega do Vidro y por la histórica Real Fábrica de Cristales de La Granja, en Segovia. Esos centros —ya sea la escuela hoy cerrada o la tradición centenaria de La Granja— marcaron el bagaje técnico que luego ella adaptó al lenguaje de la joyería contemporánea.
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Conoce más →Raíces y materiales del territorio
Más allá del vidrio de importación, Ferreiro ha ido incorporando materiales que hablan del entorno. Utiliza partículas de mica moscovita procedente de antiguas explotaciones mineras de Vimianzo, cuyos reflejos dan una pátina reconocible a sus piezas; también funde láminas de oro y plata dentro del vidrio para lograr vetas o toques que cambian con la luz. La mención de esos minerales remite a una historia local de canteras y pequeñas minas que, aunque hoy residual, sigue presente en paisaje y memoria.
“Su inspiración llega casi siempre de la naturaleza: hojas, animales, flores o símbolos populares como la concha del peregrino o la figa protectora”, dice la propia artesana al describir motivos recurrentes. En su catálogo conviven motivos populares —los pines de pequeñas mariquitas o los célebres huevos fritos— con piezas más sobrias pensadas para coleccionistas. Una anécdota reciente y divulgada es la que sitúa alguno de sus pines de huevos fritos en la famosa Casa Lucio de Madrid; un ejemplo de cómo un objeto pequeño puede tejer vías inesperadas entre Galicia y otros puntos del mapa.
Visibilidad, mercado y próximos pasos
La trayectoria de Esther ha ido consolidando una clientela plural: tiendas y galerías gallegas y del resto de España, coleccionistas privados y turistas que, al visitar la comarca, buscan un recuerdo distinto del habitual. La proximidad del Castillo de Vimianzo, enclave turístico de la Costa da Morte, funciona como un escaparate permanente; allí, a falta de confirmación oficial de cifras de visitas este año, suele verse cómo niños y adultos se detienen ante el soplo de la artesana y preguntan por los materiales y las técnicas.
En el mercado contemporáneo de la artesanía, donde la demanda de piezas únicas convive con la producción seriada, Ferreiro ha encontrado un equilibrio: parte de su creación se realiza en el taller de Santa Comba, pero la muestra y la demostración en vivo le permiten explicar el proceso y justificar el valor de cada pieza. Según fuentes cercanas a la organización del castillo, la exposición titulada «Unha flor, unha xoia» arrancará el 28 de marzo y combinará piezas nuevas con demostraciones diarias durante la temporada. El proyecto, además, suma presencia online; su trabajo puede verse en Instagram bajo el usuario @platayvidrio y en la web arteenplatayvidrio.com.
La venta a coleccionistas fuera de Galicia confirma otra realidad: la artesanía gallega ya no se consume solo en circuitos locales. Ferreiro exporta una narrativa: su vidrio habla de Murano y de La Granja, pero también del paisaje gallego y de sus materiales. Ese diálogo entre lo global y lo local es, hoy, una de las bazas de la artesanía para sobrevivir y crecer.
Queda, no obstante, la pregunta sobre cómo sostener esos oficios en el tiempo. Formación especializada, acceso a materiales y espacios para exhibir son condiciones que han cambiado en las últimas décadas; la desaparición de escuelas como la Escola Galega do Vidro dejó un hueco que la iniciativa individual solo no puede cubrir. Cabe recordar que la visibilidad que ofrecen eventos como la muestra de Vimianzo ayuda, pero no sustituye políticas públicas que fomenten la transmisión del conocimiento y la formación de relevo.
Al final, el trabajo de una artesana como Esther Ferreiro funciona a varias escalas: es un objeto que se compra y se lleva, una demostración pública que enseña una técnica y una pequeña empresa que convive con el turismo estacional. Su apuesta por materiales autóctonos, por la técnica clásica y por formatos contemporáneos la sitúan en un punto intermedio entre la tradición y la innovación.
La próxima exposición en el Castillo de Vimianzo será una oportunidad para ver, oler y escuchar el oficio: para observar cómo la llama transforma una varilla en una piedra que guarda luz. Para quienes quieran comprobarlo de primera mano, además de la sala, la artesana seguirá ofreciendo su taller en la rúa Nova de Santa Comba y mostrando piezas que, como ella misma reconoce, llevan siempre una pequeña porción del mar y del monte gallegos.
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