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150 años del teléfono: cómo llegó a Galicia el invento atribuido a Graham Bell

150 años después de la llamada que ha quedado como icono del progreso, sigue viva la discusión sobre quién merece realmente la paternidad del teléfono y cuándo esa maravilla técnica se instaló en Galicia. El episodio inaugural, ocurrido el 10 de marzo de 1876, marcó el inicio de una revolución en las comunicaciones. Su trayecto hasta las ciudades gallegas fue más lento y, además, salpicado de mitos: del supuesto primer timbrazo en la céntrica calle del Príncipe en Vigo a las pruebas y centrales que comenzaron a hacerse habituales en A Coruña y Vigo a finales de la década de 1880.

Disputas de autoría: más allá de Bell

Cuando se evoca la figura de Alexander Graham Bell muchos nombres quedan a la sombra. La historia oficial reconoce la patente de Bell de 1876 para la transmisión electromagnética del sonido vocal, un hito que permitió el despliegue comercial posterior y la creación, casi una década después, de grandes empresas de telecomunicaciones como la que daría lugar a AT&T. Sin embargo, no es una narrativa exenta de controversia: investigadores y documentos recuperados en los últimos años recuerdan la figura de Antonio Meucci, emigrante italiano en Nueva York, que en 1871 registró una solicitud provisional vinculada a un aparato de comunicación doméstica. La diferencia técnica, y lo que decantó la balanza en los juzgados, fue la presentación de la patente sobre la transmisión electromagnética por parte de Bell.

En la misma coyuntura emergió Elisha Gray, inventor prolífico que presentó en el mismo año dispositivos parecidos y reivindicó la prioridad. Las disputas legales y públicas de la época alimentaron una aurora de inventores que, a la postre, fijaron las bases de una tecnología que transformaría industrias, puertos y la vida cotidiana.

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La escena del experimento que suele contarse como emblemático tuvo lugar en Boston y reunió a Bell y a su ayudante, Thomas Watson. Fue entonces cuando se produjo la frase que ha entrado en los manuales de historia de la tecnología:

«Señor Watson, venga aquí; quiero verlo».

Aquella frase, pronunciada por Bell al otro lado de una habitación, simboliza el paso de la comunicación a distancia de lo telegráfico a lo hablado; a partir de ahí, la expansión fue imparable aunque desigual según regiones y economías.

Las primeras llamadas en Galicia: mito, empresas y papeles

En Galicia la implantación no fue inmediata. Circulan relatos que sitúan una primera llamada en Vigo en 1882, atribuida al industrial lucense Antonio López de Neira. La anécdota tiene todo el aroma de las historias locales: un empresario potente —propietario de una fábrica de chocolate y de la papelera La Cristina en Lavadores, entonces municipio independiente— interesado en las innovaciones que podían beneficiar a sus negocios y a la ciudad puerto.

No obstante, la documentación conservada y los cronistas posteriores matizan y, en ocasiones, contradicen esa versión temprana. Ceferino de Blas, último cronista oficial de la ciudad, llegó a sostener en 2022 que el teléfono no se generalizó en Vigo hasta 1889, cuando la prensa local anunciaba que «es muy posible que mañana comience a funcionar el teléfono con algunos abonados». Ese anuncio coincide con la instalación de centrales urbanas y con la aparición de operadoras y centralitas en edificios como los de la calle Colón, cuya fotografía ha quedado en archivos como el de Pacheco.

Otra pieza relevante es la experiencia directa del propio López de Neira: fuentes consultadas señalan que, pese a que el industrial pudo instalar una línea privada en 1887 que comunicaba instalaciones de su explotación, no debe confundirse eso con redes urbanas abiertas al público. En realidad, muchas de las primeras instalaciones en Galicia respondieron a lógicas empresariales —comunicaciones entre factorías, muelles y oficinas comerciales— antes que a un servicio para abonados domésticos.

Un puerto, la industria y la consolidación de la red

Las ciudades portuarias gallegas, con Vigo y A Coruña al frente, fueron terreno propicio para el telégrafo primero y para el teléfono después. Los astilleros, las consignatarias y el comercio marítimo tenían necesidad de una comunicación más rápida que la que ofrecía el ferrocarril o la correspondencia postal. Por eso no sorprende que las primeras centralitas urbanas se instalaran donde había mayor densidad de tráfico mercantil y una élite empresarial dispuesta a invertir en la nueva tecnología.

La incorporación del servicio telefónico a la vida urbana transformó no solo negocios sino la administración pública y la atención a emergencias. Las operadoras —mujeres que manejaban los cordones de las centralitas manuales— se convirtieron en una pieza clave del paisaje urbano; sus fotografías en el archivo local hablan de una modernización que, a su vez, exigía recursos, formación y regulación municipal y estatal.

Hoy, en pleno siglo XXI, la llamada de voz ha perdido parte de su centralidad frente a mensajes instantáneos y redes sociales; para muchos resulta incluso invasiva. Eso no resta valor al hecho de que el teléfono sentó las bases de la inmediatez comunicativa que ahora damos por hecha. Conservamos centralitas, cajas y edificios que recuerdan aquel tránsito técnico y social: son patrimonio industrial y memoria urbana.

Mirando al futuro, la conmemoración de estos 150 años sirve para recuperar debates pendientes: reconocimiento de los inventores olvidados, preservación del patrimonio telemático y la reflexión sobre cómo las tecnologías cambian las relaciones humanas. Galicia, con su tradición portuaria y su tejido industrial, protagonizó una adaptación temprana que merece ser contada sin mitos pero con atención a las historias locales que, a menudo, explican mejor la realidad que una simple fecha en un calendario.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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