Manuel Méixome, apicultor del proyecto Aluariça, recorre estos días una Galicia que empieza a despertar a la avispa asiática. Con centros de producción repartidos desde la Serra do Candán hasta los Ancares y la Ribeira Sacra, su diagnóstico es tajante: la velutina ya está activa en buena parte del territorio y los efectos sobre las colmenas dependerán en buena medida de la climatología de abril y mayo.
Ataques primaverales y primeras señales en el terreno
La combinación del fin de los temporales y la subida de temperaturas ha reactivado la actividad de las reinas tras la invernada. En zonas costeras se detectaron los primeros movimientos hace semanas y, según Méixome, ya se han registrado ataques en altitudes que hasta hace poco parecían una barrera natural: Piornedo, a 1.300 metros de altura, ha visto volar a las primeras velutinas. Esa presencia desde el litoral a las cumbres del interior confirma a los apicultores que la temporada ha arrancado.
Para los profesionales del sector la pauta es conocida: las reinas necesitan azúcar y energía para iniciar la construcción de nidos primarios en lugares cálidos y resguardados. En Galicia hay abundancia de antiguas cuadras y galpones que cumplen ese papel de refugio. Cuando emergen las primeras obreras, comienzan a levantarse los grandes panales que luego atraen a la colonia y facilitan una reproducción masiva.
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Conoce más →«Tendremos velutina y tendremos mucha»,
dice Méixome con la mezcla de resignación y experiencia que da la observación de campo. No es una predicción catastrofista, sino la constatación de un problema que, por su extensión y persistencia, ha normalizado la presencia de la especie ante amplios sectores de la sociedad rural.
Climatología, ciclos y la batalla por el control
En 2024 se apreció una reducción relativa de la velutina y se llegó a hablar de ciclos trienales de la especie: años de explosión seguidos de otros de bajón. No obstante, Méixome y otros apicultores subrayan que la variable climática suele imponer su ley. Un invierno con muchos temporales pero sin heladas, explican, no llega a controlar significativamente a la población: las reinas sobreviven y, con los primeros días cálidos, recuperan actividad.
La Consellería do Medio Rural y la Presidencia de la Xunta aún ultiman el inicio de las campañas oficiales de trampeo y retirada de nidos, que suelen desplegarse de forma más intensa a partir de finales de marzo. Mientras tanto, los apicultores han comenzado por su cuenta a instalar trampas para los nidos primarios y eliminar obreras incipientes, una fase clave para frenar la expansión antes de que los nidos adquieran tamaño y capacidad de reproducción.
En el terreno se siente cierta desafección. «No hay mucho interés», admite Méixome, y la frase no alude tanto a la falta de recursos como a la fatiga social: tras años conviviendo con la plaga, muchas personas han asumido su presencia como algo inevitable. Ese acostumbramiento explicaría, en parte, la lentitud de algunas actuaciones y la menor alarma pública en comparación con los primeros años de la invasión.
«Combatir la velutina es caro»: impacto económico y sanitario
El coste de la lucha no es solo económico para las administraciones; también pesa sobre los apicultores. El trampeo intensivo, el encargo de equipos para retirar nidos y las pérdidas de producción por ataques a las colmenas suponen un gasto recurrente que en muchos casos deben asumir cooperativas y productores pequeños. Méixome insiste en la doble vertiente del problema: por un lado, la merma en la cosecha de miel cuando la presencia de velutina coincide con el periodo de máxima producción; por otro, la debilidad que sufren las colmenas que llegan peor preparadas al invierno.
Además del impacto en la producción, la dimensión sanitaria añade una arista sensible. El año pasado se contabilizaron fallecimientos por picaduras en la comunidad —tres personas en dos semanas— y la velutina se ha convertido en una de las principales causas de reacciones alérgicas por veneno animal atendidas por el Sergas. La combinación de riesgo sanitario y pérdida económica amplifica la sensación de urgencia entre quienes dependen del oficio.
La primavera, con su calendario imprevisible, puede modular los daños. Una primavera muy lluviosa como la de 2025 retrasó la explosión de la especie, empujando los picos hacia octubre y provocando efectos paradójicos: por un lado, un respiro para algunas cosechas de miel ya envasadas; por otro, un daño tardío que dejó las colmenas más vulnerables para el invierno siguiente.
En ese sentido, la variabilidad climática obliga a un enfoque flexible: hay que combinar el trampeo temprano con el despliegue rápido de equipos de extracción y, cuando sea posible, apoyos económicos para los apicultores que sufran pérdidas significativas. Las administraciones insisten en que los dispositivos están en fase de preparación, pero los plazos y la coordinación con agentes locales siguen siendo motivo de debate.
La velutina lleva en Galicia más de una década y ha transformado prácticas, calendarios y expectativas en los colmenares. A falta de medidas drásticas que permitan un control sostenido, la estrategia pasa por minimizar daños: vigilancia temprana, formación para detectar nidos primarios en infraestructuras rurales, y campañas de sensibilización sobre riesgos sanitarios para evitar relajaciones peligrosas entre la población.
El verano y, sobre todo, el comportamiento de las temperaturas y las precipitaciones en abril y mayo marcarán si 2026 se añade a la lista de años de alta intensidad o si, por el contrario, la fauna invasora da un respiro a los apicultores. Mientras tanto, el trabajo en los colmenares continúa a pleno rendimiento: un rebaño de colmenas en la Serra do Candán, las herramientas listas en una alvariza de O Candán y la mirada atenta de quienes, como Manuel Méixome, siguen contabilizando ataques y tratando de adelantarse a la próxima ola.
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