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Frei Benito Jerónimo Feijoo: el religioso gallego que apostó por la razón

Benito Jerónimo Feijoo, conocido entre sus contemporáneos como “padre Feijoo” o “padre Mestre”, fue una figura singular en la Galicia del siglo XVIII. Nacido en 1676 y fallecido en 1764, dedicó buena parte de su vida a escribir ensayos que cuestionaban creencias populares y divulgaban conocimientos científicos básicos, en una España que apenas empezaba a mirar hacia la modernidad. Su obra, repartida en colecciones como el Teatro crítico universal y las Cartas eruditas y curiosas, sigue presente en la memoria cultural de la comunidad gallega.

Una vida monástica al servicio del pensamiento

Perteneciente a la orden benedictina, Feijoo combinó la rutina monástica con la curiosidad intelectual. No fue un agitador revolucionario; su tono era el de un profesor que dialoga y, cuando toca, corrige. A diferencia de otros ilustrados europeos que rompían con la institución eclesiástica, él se mantuvo dentro de ella y utilizó esa posición para introducir ideas nuevas sin romper con su condición religiosa. Esa doble pertenencia —al claustro y al salón de lectura— le permitió interpelar tanto a la comunidad culta como al lector común.

Sus escritos, publicados a lo largo de varias décadas en la primera mitad del siglo XVIII, buscaban desmontar supercherías y promover una mirada crítica frente a la tradición. Feijoo apelaba a la observación y al sentido común, y recurrió con frecuencia a ejemplos prácticos para explicar fenómenos naturales o desmontar fraudes. Por eso su lenguaje alcanzó una audiencia más amplia que la de muchos tratadistas contemporáneos: hablaba de relojes, cometas, medicinas y costumbres, temas que interesaban en las aldeas y en las ciudades por igual.

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La envergadura de su proyecto intelectual se aprecia, además, en la cantidad de materiales reunidos: sus colecciones se organizaron en múltiples tomos que circularon por bibliotecas privadas y casas religiosas de Galicia y del resto de España. Ese eco local contribuyó a su perdurabilidad, porque en pueblos como los de Ourense, Lugo o A Coruña sus textos circularon en edición impresa y en lectura pública mucho antes de que se hablara de “difusión científica” como profesión.

Feijoo y la Ilustración española: entre la crítica y la cautela

La figura de Feijoo se suele situar en la antesala de la Ilustración española. No es exagerado: abrió espacios para la discusión racional en un momento en que la cultura oficial tendía a la confesionalidad y al mantenimiento de costumbres heredadas. Sin embargo, su método no fue el de la confrontación frontal. Prefirió el ensayo, la ironía medida y el ejemplo práctico. Evitó el desafío directo a la autoridad eclesiástica que hubiera podido costarle la persecución, sin renunciar a cuestionar lo que consideraba absurdo.

Su obra, leída hoy, revela ambivalencias que la historia intelectual debe asumir. Por un lado, Feijoo combatió la astrología vulgar, rechazó remedios milagrosos y denunció fraudes médicos. Por otro, no rompió con la fe ni con las estructuras sociales de su tiempo; mantuvo una visión en la que la religión y la razón podían coexistir. Esa mezcla, que podría verse como prudencia, le dio capacidad de influir en sectores amplios de la sociedad española y gallega, que vieron en él un puente entre tradición y renovación.

En Galicia su legado fue recogido por generaciones posteriores: los conservadores hallaron en su defensa del orden una pauta de moderación, mientras que los reformistas extraían de sus textos un impulso crítico para cambios en educación y economía. La historia de la cultura gallega no entendería algunos debates del siglo XIX y XX sin ese antecedente ilustrado, que, pese a su origen eclesiástico, sirvió para alimentar la discusión pública.

Repercusión actual y lecciones para hoy

Hoy, cuando proliferan bulos y soluciones rápidas en internet, la figura del padre Feijoo vuelve a interesar. Sus ensayos defendían herramientas que hoy llamaríamos alfabetización científica y pensamiento crítico: verificar, razonar y desconfiar de lo que no se puede probar. No se trata sólo de nostalgia por un autor canónico; hay una lección práctica en su forma de argumentar: atraer al lector con ejemplos cercanos y desmontar el error con paciencia, no con dogmatismo.

En Galicia, su presencia se aprecia en nombres de calles, en ediciones de sus obras y en estudios académicos que insisten en su papel como precursor de la modernización cultural. Instituciones educativas y bibliotecas conservan ejemplares antiguos de sus tomos; universidades y centros de investigación organizan ponencias y seminarios que recuperan su legado para analizar problemas actuales: desde la polarización informativa hasta la resistencia al cambio en sectores rurales.

Quienes trabajan hoy en políticas públicas de cultura y educación podrían tomar nota de la estrategia de Feijoo: no imponer, sino explicar. La modernidad que él promovía no se limitaba a adoptar nuevas técnicas; implicaba formar a las personas para que entendieran por qué ciertas prácticas son más eficaces que otras. Esa pedagogía, aplicada en el siglo XVIII, sigue siendo útil cuando hay que introducir reformas sanitarias, ambientales o tecnológicas en comunidades con fuertes raíces tradicionales.

Sin olvidar que su figura también interpela a los historiadores: ¿cómo medir la influencia de un escritor moderado frente a los que plantean rupturas radicales? La respuesta no es unívoca. En Galicia, hoy más que nunca, interesa repensar a Feijoo no como un capítulo cerrado, sino como un ejemplo de cómo la crítica y la prudencia pueden operar juntas para impulsar cambios sostenibles.

La historia de la región incorpora así a un hombre que, vestido con hábito benedictino, se puso a escribir sobre cometas y tertulias, sobre remedios y supersticiones. Su voz, nacida en 1676 y conservada hasta su muerte en 1764, sigue siendo un faro pequeño pero claro: ilumina caminos para los que quieren combinar respeto por la tradición y fe en la razón. Y para una Galicia que continúa debatiendo su identidad y su porvenir, ese equilibrio sigue siendo una lección pertinente.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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