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Tanxugueiras: «Nosotras éramos las raras; ahora las niñas que tocan la pandereta son las que molan»

El trío gallego Tanxugueiras atraviesa un momento en el que la visibilidad pública choca con la tradición que siempre defendieron. En una conversación reciente, Sabela Maneiro, Olaia Maneiro y Aida Tarrío repasaron las luces y las sombras del fenómeno que, en pocos años, ha colocado la música folk de Galicia en escaparates nacionales e internacionales. Entre anécdotas de televisión, aperturas de museo y el regreso de la pandereta a los patios de recreo, el trío analiza cómo ha cambiado su vida —y la de muchas niñas— tras pasar por programas y festivales que multiplicaron su alcance.

El fenómeno y cómo cambió sus vidas

«Tú entras en un programa de televisión como el Benidorm Fest siendo una persona y sales siendo la misma, pero tu vida cambió».

La participación en espacios mediáticos de alto impacto actuó como acelerador: pasar de tocar en salas pequeñas de la ría a llenar auditorios y aparecer en piezas conmemorativas de instituciones culturales ha sido vertiginoso. Las tres posaron recientemente con la imagen que lucirán este año en una pieza histórica de un museo local dedicado a la prensa; un gesto simbólico que certifica el salto de lo tradicional a lo institucional. Cabe recordar que hace apenas una década estos escenarios eran territorio casi exclusivo de otros géneros.

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El ascenso no ha sido lineal. Según relatan, llegaron a un punto en el que su agenda se convirtió en una rueda que no dejaba espacio para asimilar. Entre entrevistas, festivales y residencias artísticas, el grupo ha aprendido a gestionar la presión mediática sin renunciar a la esencia que les dio identidad: la canción en galego, la pandereta y las armonías vocales heredadas de la tradición. «Estamos vivas de milagro», reconocen, asumiendo el desgaste físico y emocional que conlleva tanta exposición.

La industria les ofreció puertas, pero también planteó preguntas: ¿hasta qué punto podían adaptar su sonido para llegar a más oyentes sin perder autenticidad? La respuesta ha sido una mezcla de prudencia y experimentación: conservar el núcleo tradicional y vestirlo con arreglos contemporáneos. Esa fórmula ha resultado tan poderosa que ahora no solo su música suena en festivales, sino que la pandereta —instrumento considerado durante décadas menor o anecdótico— retoma protagonismo en manos de jóvenes intérpretes.

Tradición, género y la pandereta como símbolo

La afirmación del grupo —«nosotras éramos las raras; ahora las niñas que tocan la pandereta son las que molan»— no es una simple anécdota. Habla de un desplazamiento cultural: la normalización del galego en la canción popular y la visibilización de las mujeres como portadoras de la tradición. A lo largo del último medio siglo, la música gallega ha vivido olas de reivindicación que fueron contagiosas: desde las primeras bandas folk que recuperaban repertorios hasta proyectos contemporáneos que los reinterpretan. Tanxugueiras aparece ahora como heredera y renovadora.

El impacto es visible en las aulas y en las redes sociales. Profesores de escuelas municipales de música tradicional y madres cuentan que la demanda para aprender percusión y pandereta ha crecido; niñas que antes veían esos instrumentos como algo de feria ahora los tocan con orgullo. No es la primera vez que un impulso cultural tiene efecto pedagógico, pero sí es singular que ocurra ligado a una estética feminista y a canciones en la lengua propia de la comunidad.

Detrás de esa moda aparente hay debates: ¿se celebra la tradición o se estetiza? Para las integrantes del grupo, esa discusión tiene matices. Ellas reivindican que recuperar prácticas no es cosificarlas: mantener repertorios vivos exige investigación, respeto por las fuentes y diálogo con los portadores más veteranos. En sus conciertos hay tiempo para la fiesta y para el aprendizaje; y, en su discurso público, para señalar que la cultura no es un producto neutro, sino un territorio habitado por personas con memoria.

Luces y sombras: coste del éxito y próximos pasos

La popularidad acarrea oportunidades y tensiones. Entre los aciertos figura el haber abierto espacios para la música en galego en emisoras y festivales que hasta hace poco ignoraban repertorios en lengua propia. También el haber inspirado a una nueva generación de músicas que ven en la tradición una fuente de creatividad contemporánea. Pero la otra cara es el agotamiento físico, la necesidad de defender la integridad artística frente a presiones comerciales y la exposición pública que, a menudo, convierte a las artistas en objeto de consumo más que en interlocutoras culturales.

En este escenario, Tanxugueiras trabaja en nuevas canciones y ajusta su presencia en circuitos con la intención de no perder el control sobre su discurso. Mantienen una agenda intensa, pero ponen límites: menos viajes exprés, más tiempo para ensayar y recuperar. A falta de confirmación oficial sobre proyectos discográficos concretos, aseguran que su prioridad es que cualquier novedad musical conserve la mezcla de raíz y modernidad que les define.

Más allá de su itinerario personal, su visibilidad plantea preguntas para la política cultural gallega. Si el interés por la tradición se traduce en recursos para enseñanza, festivales de proximidad y circuitos locales, el fenómeno puede consolidarse. Si se queda en una tendencia pasajera, corre el riesgo de convertirse en mera estética. Por eso, sus declaraciones públicas y los gestos institucionales que las acompañan adquieren relevancia: una imagen en un museo o la presencia en grandes certámenes pueden ser símbolos útiles si van acompañados de medidas que apoyen a las escuelas de música tradicional y a los artistas emergentes.

Al cerrar la conversación, el grupo vuelve a la idea con la que empezó: la transformación no ha borrado quiénes son, pero ha obligado a replantearse muchas cosas. La pandereta, ahora, suena en patios y conservatorios, y eso cambia el paisaje sonoro de Galicia. No es solo un triunfo estético; es una pequeña revolución cultural que, si se consolida, dejará huellas en las aulas, en los escenarios y en la forma de entender la tradición. Tanxugueiras resume ese doble filo con cierta ironía y una constatación: seguirán tocando, pero con más cuidado. La música, dicen, se vive mejor cuando no se apura el latido.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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