Por tercer domingo de marzo, el corazón del barrio de San Lázaro volvió a latir con ese crujir de pólvora y cartón que los ourensanos reconocen al instante. Sobre las 13:00 horas, frente a la Subdelegación del Gobierno, unas figuras artesanales hechas de alambre y cartón —las tradicionales Madamitas— ardieron y giraron, esparciendo chispas y el sonido seco que, según la costumbre, ahuyenta los malos espíritus y anuncia la cercanía de la Semana Santa. La jornada se vivió acompañada por un sol templado que animó a pasear por los puestos y comprar las infaltables rosquillas de San Lázaro.
El ritual en San Lázaro
La escena, conocida por generaciones, reunió a numerosos vecinos y visitantes en los alrededores del Parque de San Lázaro. Poco después de la una del mediodía, las madamitas fueron encendidas y, entre giros y detonaciones, dejaron un rastro de ascuas y carcajadas. No hay dos versiones iguales: algunas se elevan, otras bailan inclinadas, pero siempre conservan ese estruendo repetido que para muchos es sinónimo de limpieza de malos augurios.
Las piezas, confeccionadas con materiales sencillos —alambre, cartón y pólvora en su interior—, no son únicamente un artificio pirotécnico; son emblema de una identidad local que se celebra en la calle. Quien llega a San Lázaro durante la quema encuentra un mercado improvisado de productos tradicionales: además de artesanía, este año los puestos ofrecían, como manda la costumbre, las rosquillas que se consumen templadas y con azúcar. Son las pequeñas señales que sostienen la fiesta: la mezcla del ruido con los olores del azúcar y el humo.
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Conoce más →La afluencia, favorecida por el buen tiempo, devolvió la imagen de plazas llenas y conversaciones en voz alta, algo que no se había vivido con la misma intensidad en años recientes. Hubo familias con niños, grupos de amigos que recordaban viejas ediciones y visitantes que se acercaron atraídos por la novedad. La celebración, a pesar de su componente pirotécnico, mantiene una atmósfera esencialmente popular y festiva: no es la primera vez que se ve a generaciones enteras compartir la experiencia.
Una tradición con raíces medievales
Las madamitas no son un invento reciente. Hay quien remonta el origen de la costumbre al siglo XII, cuando los ritos de fuego cumplían funciones rituales en la transición de estaciones. En Galicia, la utilización del fuego como elemento purificador tiene paralelos en otras celebraciones: desde las fachadas de entroido hasta las cacharelas que todavía arden en aldeas. Pero en Ourense, la figura de las madamitas ha desarrollado un lenguaje propio, con su iconografía y su calendario.
Cabe recordar que esta tradición ha sobrevivido cambios sociales y urbanísticos. San Lázaro, con su parque y su entorno administrativo —la Subdelegación y calles que conducen al Casco Vello—, ha sido escenario de transformaciones en las últimas décadas, pero la quema de las madamitas ha funcionado como un hilo que conecta el pasado con el presente. Para historiadores locales, estas prácticas muestran la persistencia de la religiosidad popular y de ritos de paso vinculados al ciclo agrario, aunque hoy adopten formas más urbanas y festivas.
También existen debates sobre su conservación: algunos colectivos piden poner en valor la artesanía que hay detrás de cada figura y documentar los procesos de fabricación, porque, como suele ocurrir con las tradiciones orales, el conocimiento corre el riesgo de perderse si no se transmite a las nuevas generaciones. En Ourense hay talleres y aficionados que todavía enseñan el oficio en voz baja, en talleres familiares o en asociaciones culturales, y su labor es clave para que las madamitas sigan encendiéndose cada primavera.
Repercusiones y próximos pasos
Más allá del atractivo folclórico, la fiesta tiene efectos palpables en la economía local. Las ventas en los puestos y la presencia de público generan movimiento en una zona que, a final de invierno, agradece el impulso. Los comerciantes de pastelería dicen que la mañana de las madamitas actúa como pistoletazo de salida para el consumo previo a la Semana Santa, cuando la ciudad recibe a más visitantes. Si bien hoy no se manejó una cifra oficial de asistentes, la jornada fue claramente una bocanada de actividad para el barrio.
Quedan cuestiones abiertas. La convivencia de pirotecnia y público exige protocolos y supervisión; cada año emerge el debate sobre cómo preservar la autenticidad sin renunciar a medidas de seguridad. A falta de confirmación oficial sobre cambios normativos, la solución pasa por coordinación entre organizadores, ayuntamiento y servicios de emergencias para que la quema se desarrolle con normalidad.
De cara al futuro inmediato, la mirada ya está puesta en la Semana Santa ourensana, que este año tendrá en la quema de madamitas uno de sus preámbulos más visibles. Además, asociaciones culturales trabajan para consolidar la festividad como reclamo turístico responsable: no se trata solo de mostrar el espectáculo, sino de explicar su origen, su técnica y su significado. Es una tarea que implica combinar la emoción del fuego con la labor didáctica para que quienes asistan comprendan lo que ven.
La jornada de San Lázaro volvió a confirmar que, en Ourense, las tradiciones siguen teniendo la fuerza de convocar. El sol acompañó, las madamitas cumplieron su papel y las rosquillas se comieron calientes. Queda, como siempre, la pregunta sobre cómo proteger ese patrimonio inmaterial sin convertirlo en postal: la respuesta dependerá de la voluntad colectiva, de las decisiones municipales y, sobre todo, de que sigan habiendo manos dispuestas a armar figuras con alambre y cartón para encenderlas, una y otra vez, cada inicio de primavera.
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