martes, 24 de marzo de 2026 | Galicia, España
ÚLTIMA HORA El fuego de Monterrei que partió la A-52 y arrasó casi 24.000 hectáreas: “Fue como la bomba de Nagasaki”
Galego Castelán

El gran incendio de Monterrei que aisló la A-52: veinte días de llamas, heridas y vecindad movilizada

El fuego que se declaró el 12 de agosto en la parroquia de A Granxa (Oímbra) y que no se dio por extinguido hasta el 31 de agosto deja una comarca marcada: nueve municipios afectados, miles de hectáreas calcinadas y escenas de rescate, desolación y solidaridad que aún resuenan en Monterrei y la provincia de Ourense. La magnitud del siniestro—el segundo mayor de la historia reciente de Galicia—obligó al corte de la A-52, aislando temporalmente la provincia con la meseta y multiplicando la sensación de urgencia esos días.

El fuego y la respuesta sobre el terreno

Las llamas se originaron alrededor de las 14:30 horas del día 12 en un monte de pendientes pronunciadas, un terreno que favorece la velocidad de propagación. A aquella combinación ya peligrosa de sequía, altas temperaturas y rachas de viento se unió la orografía: el incendio saltó barreras naturales y adquirió tal virulencia que, en pocas horas, dejó a tres brigadistas municipales heridos y obligó a reforzar los medios desplegados.

El dispositivo movilizado llegó a ser masivo: 18 técnicos, 175 agentes, 241 brigadas, 153 motobombas, 6 palas, 8 unidades técnicas de apoyo, 18 helicópteros, 34 aviones y la Unidad Militar de Emergencias (UME). Pese a ello, durante días los equipos se encontraron ante un «David contra Goliat», como resumieron vecinos que vieron cómo las llamas abrían kilómetros y kilómetros de monte por delante.

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La trayectoria del fuego acabó extendiéndose por la comarca de Monterrei y sumando municipios hasta afectar a nueve concellos: Oímbra, Monterrei, Cualedro, Verín, Laza, Trasmiras, Castrelo do Val, Baltar y Xinzo de Limia. En ese avance el siniestro llegó a fusionarse con el inicio registrado en Gudín (Xinzo), algo que multiplicó la extensión quemada y las dificultades de contención.

Daños materiales y testimonios de quienes lo perdieron todo

El balance agrio del perímetro ya consolidado habla de 23.763 hectáreas dañadas—14.491 de monte raso y 9.273 de arbolado—, numerosas edificaciones afectadas y poblaciones de la comarca con heridas difíciles de cicatrizar. Uno de los núcleos más golpeados fue A Caridade (Monterrei), donde el 13 de agosto las llamas rodearon casas y vehículos y arrasaron viviendas familiares que quedarán solo en la memoria de quienes vivieron allí.

Historias personales ilustran la dimensión humana de la tragedia. Samuel Vieira Justo, de 42 años y único hijo, perdió la casa familiar que sus abuelos levantaron y el vehículo con el que se movía. Un primo suyo, de 57 años, también vio consumirse la vivienda en la que residía. Además, uno de los brigadistas que intervino el primer día, un joven de 18 años, sufrió quemaduras que afectan a más del 50% de su cuerpo; su caso fue el más grave entre los afectados por la intervención inicial.

“Fue como la bomba de Nagasaki: los kilómetros y kilómetros de monte que han ardido”,

recuerda Manuel Palanca, vecino de una aldea próxima a la frontera con Portugal. Palanca insiste en el papel del viento: “las llamas estaban a más de un kilómetro y en diez minutos ya estaban aquí”; añade que la aldea no se quemó de lleno porque “lo apagamos entre todos”.

La intervención ciudadana fue una constante. Aun en medio del peligro, vecinos trabajaron codo con codo con bomberos y brigadas; algunos, como Alfonso Álvarez, se convirtieron en referencias locales por su experiencia. En Bousés, donde la acción comunitaria evitó daños en viviendas, un simple cartel pegado en una madera anunciaba en gallego que una azada perdida la tenía Alfonso. Esos pequeños detalles hablan tanto de tragedia como de convivencia en una parroquia que, pese a todo, devolvió la herramienta al dueño y destacó la tenacidad de los suyos.

Rescate en Santa Baia y la cooperación transfronteriza

El episodio de mayor tensión se vivió en Santa Baia (Cualedro) el 13 de agosto, cuando tres personas quedaron atrapadas en una explotación ganadera rodeada por las llamas. Tres agentes de la Policía Nacional, uno de ellos fuera de servicio, se adentraron en la granja en condiciones extremas; tuvieron que refugiarse para recuperar aliento y, en un primer momento, marcharse. Una mujer interceptó a los policías y les advirtió: su hermana Elena y su hermano César estaban en peligro. Fue entonces cuando uno de los agentes telefoneó y escuchó a César implorar:

“Por favor, venid a sacarnos de aquí que nos estamos muriendo, la granja está ardiendo y no podemos respirar, traed una motobomba que nos morimos”.

Los policías entraron de nuevo y lograron evacuar a las tres personas en un vehículo, entre humo denso y calor extremo. Además de los cuerpos gallegos, hubo colaboración de bomberos portugueses; la cercanía de la frontera convirtió a cooperantes de ambos lados en protagonistas de rescates y cortafuegos improvisados.

Los daños en la economía local también son palpables: la pérdida de arbolado de castaños, monte para leña y fincas afecta a una comarca que vive todavía, en buena parte, de la explotación forestal y la ganadería extensiva. Los testimonios recogen la sensación de haber perdido patrimonio natural que tardará décadas en recuperarse.

Repercusiones y pasos por delante

La mayor tarea ahora es doble: restaurar lo perdido y extraer lecciones para minimizar la probabilidad de que algo así se repita. A corto plazo, la prioridad sanitaria y de reconstrucción recae en las familias que han perdido su vivienda y en los efectivos heridos. La movilización de ayudas—públicas y privadas—sigue siendo urgente, y ya se están tramitando valoraciones de daños para orientar las ayudas.

A medio plazo, la conversación pública en Galicia volverá, con más fuerza, a la prevención: limpieza de matorral, cortafuegos adecuados, gestión forestal activa y una coordinación más fluida entre administraciones y cuerpos de emergencias. Cabe recordar que la estructura demográfica de zonas como Monterrei, con población envejecida y abandono rural, complica también la prevención y la rápida reacción en fases iniciales.

Queda, por último, una radiografía sentimental de lo ocurrido. Entre la ceniza y las vallas quemadas han quedado carteles que recuerdan la solidaridad local, gente que puso su coche, su azada o su noche para apagar el fuego; y hogares que habrá que reconstruir. La memoria del verano de 2025 en Monterrei no será solo la de las hectáreas perdidas, sino la de la vecindad que, aun exhausta, se negó a dejarse consumir.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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