En el CPI Terras de Maside, en el rural de Ourense, una niña de 3º de Primaria ha dejado de aislarse y ha recuperado la sonrisa en el recreo. Se llama Coraima, tiene una sordera de nacimiento y, gracias a adaptaciones físicas del centro y a la apuesta por la lengua de signos entre el alumnado, ha pasado de comunicarse solo con gestos caseros a mantener conversaciones con sus compañeros.
Coraima y el trabajo dentro del aula
La historia no es únicamente emotiva; nace de decisiones concretas tomadas durante los últimos cursos. Tras una etapa complicada en Infantil, Coraima fue intervenida para recibir implantes cocleares, lo que facilitó su asistencia regular a clase. El colegio solicitó entonces apoyo especializado a la Consellería de Educación y respondió la incorporación de una profesional que atiende de manera prioritaria a la alumna: Natalia.
Natalia se planteó desde el primer momento una máxima: que la intervención se haga dentro del grupo de referencia en la medida de lo posible. La rehabilitación y el aprendizaje de una lengua nueva —la signada— requieren tiempo, pero el equipo docente ha adaptado métodos y materiales. En lugar de ejercicios puramente auditivos o de lectura silábica, la enseñanza de lenguas se apoya en la asociación palabra-imagen y en soportes visuales permanentes. Fotografías que ilustran palabras, pictogramas junto a los nombres de los pupitres y un abecedario dactilológico en la puerta son ya parte del paisaje cotidiano del centro.
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Conoce más →Además del aula, el colegio terminó recientemente un proyecto de accesibilidad visual. La cartelería de pasillos y dependencias incorpora pictogramas y, en ocasiones, el acompañamiento visual de una persona signando al lado del nombre del aula. Según fuentes cercanas al centro, esta doble vía —imagen más signo— ha sido decisiva para que Coraima identifique rápidamente cada espacio y gane seguridad para moverse sola por el colegio.
La lengua de signos como herramienta de convivencia
No se ha limitado a adaptar el entorno físico. El CPI contactó con la Federación de Asocacións de Persoas Xordas de Galicia para que una especialista acuda semanalmente y ofrezca sesiones de lengua de signos. Desde el curso pasado, cada lunes hay dos sesiones: una individual para trabajar las necesidades específicas de Coraima y otra dirigida a el resto de la clase. El objetivo es ambicioso y simple a la vez: que la comunicación no dependa de un mediador.
Los resultados son visibles. Niños y niñas de ocho o nueve años saludan a diario con el gesto que aprendieron, deletrean con soltura el alfabeto dactilológico y han incorporado un vocabulario básico para hablar con su compañera sorda. La transformación social dentro del aula es palpable: lo que empezó como una clase de aprendizaje se interpreta por los pequeños como un juego divertido y por el profesorado como una herramienta de convivencia.
«Al principio fue un poco difícil, pero luego ya fue fácil. La maestra habla pero es sorda, y cuando está con nosotros habla en lengua de signos para que adivinemos lo que es», relata Lucía, alumna de la clase, con la naturalidad de quien solo ve una práctica habitual en su día a día.
La pedagogía empleada combina rutina y repetición con actividades lúdicas: saludos visuales al entrar, signos personales para los nombres, y ejercicios donde la imagen y la palabra se enlazan. Esta estrategia ha permitido que algunos niños que en un principio mostraban reticencias ahora busquen activamente a Coraima en los recreos para mostrarle algo o contarle una anécdota.
Repercusiones locales y próximos pasos
El proyecto del CPI Terras de Maside no es un caso aislado en Galicia, pero sí un ejemplo práctico de cómo la inclusión puede implantarse en centros de tamaño medio en el interior de la provincia. Cabe recordar que la normativa autonómica obliga a la atención a la diversidad, pero su cumplimiento efectivo depende de recursos, de la iniciativa del claustro y del apoyo de las familias. En Maside confluyeron los tres factores: financiación para adaptaciones, la dedicación de Natalia y el compromiso del alumnado.
Entre las medidas que el centro pretende implementar a corto plazo figura recibir formación específica sobre patios inclusivos. No se trata solo de añadir columpios adaptados, sino de trabajar dinámincas y señalización que faciliten la interacción segura entre alumnos con diversidad funcional y el resto. También se estudia ampliar las acciones de sensibilización al conjunto de centros de la comarca para que el modelo se replique en otros centros escolares de la provincia.
Desde el punto de vista pedagógico, los retos siguen en pie. La rehabilitación con implante coclear necesita seguimiento continuo, así como la formación del profesorado en lengua de signos. A falta de confirmación oficial sobre nuevas derivaciones de recursos, las familias y el equipo del CPI esperan que la experiencia sirva de argumento para potenciar plazas de profesionales especializados en las zonas rurales de Ourense, donde la dispersión poblacional complica la atención a la diversidad.
Más allá de la gestión y las partidas presupuestarias, lo que queda es una transformación cultural. Niños que aprenden a saludar con las manos, maestras que signan en mitad de una explicación y pasillos con pictogramas representan una España —y una Galicia— donde la inclusión deja de ser un eslogan para convertirse en una práctica cotidiana. No es la primera vez que un centro da pasos de este tipo, pero la fotografía de una niña que antes se retraía y ahora atraviesa el patio en busca de compañía resume bien el valor de la apuesta.
El relato del CPI Terras de Maside también invita a reflexionar sobre la escolarización en entornos rurales. Cuando la comunidad educativa se moviliza y se coordina con entidades especializadas, la barrera entre la exclusión y la participación se reduce notablemente. En Ourense, donde las distancias y la dispersión pueden acentuar la sensación de aislamiento, ejemplos como este demuestran que con voluntad política y profesional se pueden derribar obstáculos que parecían insalvables.
Mientras tanto, Coraima sigue ensayando pasos de baile y sonriendo cuando alguien le cuenta una historia en el recreo. El reto ahora es asegurar que esa sonrisa no dependa de personas concretas sino de estructuras y políticas estables que permitan que otras niñas y niños en Galicia disfruten del mismo derecho: aprender y relacionarse sin barreras.
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