La recuperación del empleo en Galicia deja fuera a buena parte de la población mayor
28 de marzo de 2026Carmen Dorado4 horas atrás18 lecturas
Un avance numérico con carencias sociales: el foco debe moverse de la cifra al colectivo
La mejora reciente de los datos laborales en Galicia ofrece una lectura optimista en términos agregados, pero oculta un problema persistente: una proporción elevada de las personas sin trabajo tiene 55 años o más. Ese desequilibrio plantea preguntas sobre la sostenibilidad y la justicia de la recuperación: ¿a quién beneficia realmente la creación de empleo?
En lo concreto, las afiliaciones a la Seguridad Social de la comunidad se mantienen por encima del millón; a mediados de marzo se registraron alrededor de 1.095.116 cotizantes activos, con un ligero avance respecto al cierre del mes anterior. Sin embargo, el descenso del desempleo en el tramo de mayor edad ha sido mucho más modesto que en el conjunto de la población: la caída en el número de parados mayores de 55 años es del orden del 11% respecto a niveles prepandemia, frente a una reducción global cercana al 30% en el mismo periodo.
¿Puede considerarse recuperación si un tercio de quienes buscan trabajo son mayores y afrontan más barreras para encontrarlo?
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El fenómeno no es patrimonio exclusivo de Galicia: en varios países europeos la expansión del empleo tras la pandemia ha mostrado un sesgo generacional. En la comunidad autónoma confluyen factores que explican por qué la reactivación no llega por igual a todos los grupos etarios. Por un lado, la composición sectorial del crecimiento favorece actividades con fuerte componente tecnológico o estacional, que suelen demandar perfiles jóvenes o con habilidades digitales actualizadas. Por otro, las ofertas temporales vinculadas al turismo de Semana Santa y a campañas puntuales de hostelería o comercio tienden a priorizar contrataciones de corta duración, lo que reduce las oportunidades para la colocación estable de personas mayores.
Además, existen barreras menos visibles pero igual de relevantes: prejuicios sobre la capacidad de adaptación, dificultades para el reciclaje profesional y un mayor coste relativo de contratación en términos de costes asociados o expectativas de permanencia. Todo ello crea lo que algunos expertos denominan «edadismo» en el mercado laboral, una combinación de discriminación explícita e inercia estructural.
Impactos sociales y económicos
Que aproximadamente uno de cada tres demandantes de empleo tenga más de 55 años tiene consecuencias que van más allá del drama individual. Las trayectorias de empleo fragmentadas incrementan el riesgo de pobreza en la tercera edad, encarecen la presión sobre las prestaciones y alimentan la dependencia de las redes familiares. A nivel macroeconómico, desaprovechar la experiencia y la estabilidad que aportan trabajadores senior implica pérdidas de productividad y mayores costes de reemplazo para las empresas.
Asimismo, la concentración del desempleo en cohortes maduras agrava la fractura territorial: las zonas rurales, donde el envejecimiento de la población es más acentuado, sufren esa doble penalización cuando las oportunidades ligadas al crecimiento regional se concentran en las ciudades o en sectores que no absorben mano de obra local.
Qué medidas podrían corregir la desigualdad
La receta no es única, pero sí requiere intervención deliberada. Las políticas activas de empleo deben combinar incentivos a la contratación dirigida a mayores, formación específica para actualización de competencias digitales y coordinación con el tejido productivo para fomentar contratos de duración media que permitan la transición desde empleos precarios. Igualmente, el refuerzo de programas de intermediación laboral que articulen la demanda de empresas con los perfiles senior puede reducir los tiempos de búsqueda.
Al mismo tiempo, la supervisión y sanción de prácticas discriminatorias, así como campañas públicas para visibilizarlo, son necesarias.