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Conducir un coche viejo ya no es una anécdota en Galicia

En muchas casas gallegas, cambiar de vehículo ha dejado de ser una decisión de consumo para convertirse en un problema de supervivencia económica. El coche sigue siendo, en buena parte del territorio, una herramienta básica para ir a trabajar, llevar a los hijos al colegio, acudir a una consulta médica o, simplemente, hacer la compra. Por eso, cuando el parque móvil envejece más que en otras comunidades, la lectura no debería quedarse en una curiosidad estadística: habla de renta, de desigualdad territorial y de falta de alternativas reales.

Galicia vuelve a situarse entre los territorios donde más tiempo permanecen en circulación los automóviles. No se trata solo de que los conductores aguanten más años con el mismo vehículo. Lo relevante es lo que ese fenómeno revela: una parte creciente de la población retrasa la sustitución del coche porque adquirir otro, incluso de segunda mano, resulta cada vez más difícil.

Un parque móvil envejecido no describe solo cómo se mueve una comunidad; también retrata cuánto le cuesta renovarse.

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Un síntoma de bolsillo, no una rareza local

La imagen del vehículo antiguo, todavía funcional, se ha normalizado en carreteras urbanas, comarcales y rurales. A menudo, se presenta casi como una virtud: coches “duros”, bien mantenidos, capaces de seguir sumando kilómetros. Y, desde luego, hay miles de conductores que cuidan con esmero automóviles veteranos. Pero convertir ese dato en motivo de orgullo sería una lectura complaciente.

La permanencia prolongada de los coches responde, en gran medida, a un encarecimiento general del acceso al automóvil. Los modelos nuevos son más caros, el crédito se ha endurecido para muchas familias y el mercado de ocasión también ha sufrido un aumento de precios en los últimos años. El resultado es conocido: se aplaza la compra, se pospone la decisión y se exprime el vehículo actual hasta donde sea posible.

En Galicia, además, esa tendencia encuentra un terreno especialmente propicio. La dispersión de población, el peso del medio rural y la limitada cobertura del transporte público en numerosas zonas convierten el coche privado en una necesidad cotidiana. En una gran ciudad aún cabe reorganizar la vida sin automóvil; en muchas comarcas gallegas, hacerlo es sencillamente inviable.

Seguridad, emisiones y mantenimiento: el coste oculto

Un parque envejecido tiene consecuencias que van más allá de la antigüedad en sí misma. La primera es la seguridad. No todos los coches viejos son inseguros, pero es evidente que los avances en asistencia a la conducción, protección de ocupantes y reducción del riesgo no son los mismos en un modelo reciente que en uno de hace más de una década. Frenado automático, mejores sistemas de estabilidad o estructuras más eficaces ante un impacto no están igual de presentes en los vehículos más veteranos.

A eso se añade el desgaste natural. Reparaciones más frecuentes, piezas difíciles de encontrar y averías que terminan encadenándose elevan el coste de mantener un coche antiguo. Lo que al principio parece una decisión de ahorro puede convertirse, con el tiempo, en una sucesión de gastos pequeños, pero constantes. Y cuando la economía doméstica va justa, cada visita al taller pesa más.

La segunda derivada es ambiental. Mientras el debate público gira a menudo en torno al coche eléctrico o a las restricciones de acceso en determinadas áreas urbanas, una parte importante de la población sigue circulando con vehículos muy alejados de los estándares más actuales de eficiencia y emisiones. Esa brecha entre el discurso institucional y la realidad diaria no deja de crecer.

Conviene decirlo con claridad: no se puede pedir una transición rápida a quien apenas puede sostener la movilidad del presente. Exigir renovación sin facilitarla equivale a trasladar toda la carga al ciudadano.

Una comunidad donde el coche sigue

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Miguel Ángel Vázquez

Redactor especializado en economía y empresas. Cubre la actualidad económica de Galicia y España para Galicia Universal.

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