El diésel se dispara: una tormenta perfecta para Galicia
Quien haya repostado en las últimas semanas seguramente se llevó un pequeño susto, o incluso un buen disgusto. El precio del diésel ha vuelto a subir con fuerza en toda España, arrastrado por la tensión internacional, la escasez de refino y los vaivenes de los mercados energéticos. Ahora bien, lo que para algunos se traduce en unos euros más al llenar el depósito, para Galicia supone un golpe directo a su economía, marcada por la dispersión territorial y la dependencia del transporte por carretera.
De hecho, según los datos del Ministerio para la Transición Ecológica, el litro de diésel supera ya los 1,60 euros en la mayoría de estaciones gallegas, una cifra que no veíamos desde el inicio de la guerra en Ucrania. Esta subida, que afecta a todo el país, se siente con especial crudeza en Galicia, donde el 90 % de las mercancías y buena parte de los desplazamientos diarios dependen de la carretera. La morriña, a veces, también se paga en kilómetros.
Impacto sobre el transporte y las pequeñas empresas
La geografía gallega no ayuda. Con más de 30.000 núcleos de población y una red de carreteras que serpentea entre montes y rías, el transporte es el verdadero motor que mantiene viva la terra. Las empresas de logística y los autónomos del sector transportista llevan meses ajustando márgenes y buscando la manera de no trabajar a pérdidas.
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Conoce más →Según la Federación Gallega de Transportes, la subida del diésel puede suponer un incremento de costes del 12 % en rutas locales, el triple que hace apenas dos años. “Si el carburante sigue así, muchos tendrán que dejar los camiones parados. No compensa salir a la carretera”, explica un empresario del sector desde Lugo.
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Ver servidores VPS →“En Galicia cada viaje es más caro que en otras regiones, por la dispersión y el relieve. Subir el gasóleo nos golpea doblemente”, señala un representante de una cooperativa de transportistas de Ourense.
Lo cierto es que, más allá de los grandes camiones, la subida del diésel está ahogando también a pequeñas y medianas empresas de sectores como la alimentación, la madera o la construcción. El encarecimiento del transporte se traslada a la cadena de suministro y termina repercutiendo en el precio final que paga el consumidor gallego. Y aquí la retranca se convierte en resignación: “Si sube el gasóleo, todo sube. Y eso lo notamos en cada envío”, confiesa la dueña de una tienda de suministros agrícolas de O Deza.
La vida rural, entre la morriña y la factura
Para muchas familias rurales, el diésel no sólo mueve coches y tractores: mueve la vida cotidiana. En aldeas donde el autobús pasa cuando quiere y el colegio queda a varios kilómetros, el coche es una extensión más de la casa. No es de extrañar que Galicia registre uno de los mayores consumos de diésel doméstico de España.
La subida afecta especialmente a las comarcas del interior, donde llenar el depósito puede costar hasta 20 euros más al mes que a principios de año. “Para nosotros, que vivimos en el rural, cualquier subida en el combustible se nota enseguida. No hay alternativa, el coche es imprescindible”, lamenta una vecina de la montaña lucense.
A todo esto hay que sumar el encarecimiento del gasóleo de calefacción, una energía básica en muchos hogares gallegos. Según la Asociación Galega de Consumidores, el gasto medio en calefacción de gasóleo ha subido un 15 % en los dos últimos años, un peso extra para economías familiares ya ajustadas por la inflación generalizada.
¿Qué puede hacer Galicia ante este escenario?
Las organizaciones sectoriales piden medidas específicas para territorios como el gallego, donde la dependencia del diésel es estructural y no se soluciona de la noche a la mañana. Algunas propuestas pasan por bonificaciones al gasóleo profesional, incentivos al relevo de flotas o planes para mejorar el transporte público rural.
Mientras tanto, la sensación dominante es de incertidumbre y cierta impotencia, aunque la retranca gallega hace que no falte el humor hasta en los peores momentos. Lo cierto es que, mientras el precio del diésel siga por las nubes, la factura la pagamos todos: desde el camionero que cruza la A-6 hasta la familia que lleva a los niños al cole en la aldea. Y es que en Galicia, más que en ningún sitio, moverse cuesta.
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