En los comedores escolares de Galicia se está viviendo una transformación silenciosa. Platos que antes generaban muecas entre los más pequeños, como el brécol hervido, ahora se abren paso en las bandejas con inesperado éxito. Pero, ¿cómo ha logrado una verdura tan denostada hacerse un hueco en el menú favorito de los niños? La respuesta, lejos de ser sencilla, combina innovación culinaria, pedagogía y una apuesta institucional por la alimentación saludable.
Cada mediodía, miles de escolares gallegos se sientan en largas mesas de formica, cuchara en mano, dispuestos a afrontar el menú diario. Hasta hace poco, la escena era previsible: verduras relegadas a un rincón del plato, niños negociando con las monitoras, el clásico trueque de brécol por una croqueta. Pero esa imagen está cambiando. Ahora, el brécol se sirve salteado, en cremas, incluso en originales hamburguesas vegetales. Y, sorprendentemente, desaparece del plato a buen ritmo.
La presión de la salud pública y el giro en las cocinas
Difícil encontrar un municipio gallego donde la preocupación por la obesidad infantil no haya llegado a los despachos. Los últimos informes del Sergas advierten de un incremento de sobrepeso entre los menores, con cifras que superan el 30% en algunos concellos del sur de Pontevedra. La cifra habla por sí sola. Ante este panorama, las autoridades educativas y sanitarias han querido reaccionar. Así lo confirma un alto cargo municipal: “El comedor escolar es uno de los pocos lugares donde podemos garantizar un menú equilibrado a todos los niños, independientemente de su entorno familiar”.
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Ver en Hotels.com → PublicidadEse cambio de mentalidad ha calado también en las empresas que gestionan los menús escolares. Basta con mirar las cocinas centrales en polígonos como el de Sabón o el de O Ceao: chefs contratados para diseñar recetas atractivas, proveedores locales de verduras frescas, talleres de cocina para el personal de comedor. Se acabó el brécol cocido sin más. Ahora se esconde en salsas, se reboza ligeramente, se mezcla con arroz y queso gallego. La diferencia se nota en el paladar y en la actitud de los niños.
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Quien piense que la clave está solo en la cocina, se equivoca. La revolución del brécol se apoya también en las aulas y en los pasillos. En el colegio de Vilalba, por ejemplo, las profesoras de infantil organizan juegos y cuentos donde el protagonista es un “superbrécol” que da energía para jugar al fútbol o aprender matemáticas. “Si lo ven como algo divertido, lo piden en el plato”, señala una responsable educativa.
En la comarca de O Salnés, el huerto escolar se ha convertido en una herramienta esencial. Los propios niños siembran, riegan y recolectan los ramilletes verdes, que luego ven transformados en platos de comedor. Un círculo virtuoso que, según fuentes municipales, ha multiplicado el consumo de verduras en apenas dos cursos. No es menor el dato: varios centros han pasado de apenas un 10% de platos terminados a más del 70% en recetas donde el brécol es protagonista.
El papel de las familias y la resistencia inicial
Pocas veces se consigue un cambio de hábitos si no hay implicación familiar. Ahí está la clave. Al principio, las asociaciones de madres y padres mostraron escepticismo. Algunos temían que los niños rechazaran el menú y pasaran hambre. Sin embargo, tras varias reuniones y degustaciones, la mayoría ha acabado apoyando el proyecto. El intercambio de recetas en los grupos de WhatsApp es ya habitual: “¿Cómo hacéis el brécol para que lo coman sin protestar?”, preguntan algunas madres con resignada esperanza.
La resistencia inicial de los escolares, por su parte, ha ido desinflándose a base de paciencia, juegos y una pizca de psicología. Un monitor de comedor resume la estrategia: “No se obliga, pero se invita a probar. Y cuando lo ven comer a los compañeros, acaban animándose”. La presión del grupo, una vez…
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