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La presión antes del examen

La presión antes del examen

Los días previos a la selectividad no son solo una prueba de conocimientos. Son también un examen de resistencia mental, de control emocional, de capacidad para mantener la calma cuando todo alrededor parece acelerarse. En aulas, bibliotecas y cuartos de estudio repartidos entre Santiago, Vigo o Ferrol, cientos de jóvenes atraviesan una especie de limbo: entre el sueño y la vigilia, entre la concentración y el pánico. “Estamos en histeria colectiva”, se escucha decir en más de un grupo de WhatsApp de estudiantes. No es una frase aislada. Es un eco.

Un reloj que no perdona

Las bibliotecas públicas de las cinco provincias gallegas registran ya colas desde antes de las ocho de la mañana. En Ourense, el edificio de la antigua cárcel convertido en centro de lectura no da abasto. En Lugo, las mesas del fondo, junto a las ventanas, son disputadas como si fueran butacas de final de Copa. Los horarios se desdibujan. Comer a las tres de la tarde. Dormir tres horas. Despertar con el corazón acelerado. Algunos repasan fórmulas en voz baja mientras caminan por el paseo fluvial de Sar. Otros suben al Castro de San Pedro solo para desconectar cinco minutos y volver con más carga aún.

Las familias también entran en modo supervivencia. Cenas ligeras, silencios respetados, preguntas que no se hacen: “¿Estás seguro de que estás listo?”. Madres que dejan bocadillos en la puerta del cuarto “por si acaso”. Padres que compran batidos de proteínas como si fueran pócimas mágicas. En una farmacia de Monforte, una empleada comenta que las ventas de melatonina y complejos de vitaminas B han subido un 40 % en lo que va de mes. “No son solo estudiantes”, dice, “pero sí, muchos vienen diciendo que es para ‘el estrés de los exámenes’”.

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El peso de una prueba que decide demasiado

Conviene recordar que la selectividad, a estas alturas, no es solo un filtro académico. Es un mecanismo que define trayectorias, que abre o cierra puertas, que muchas veces se vive como una sentencia. A nadie se le escapa que no todos parten de igual. Quien ha podido permitirse clases particulares, quien ha tenido un entorno estable, quien no ha tenido que trabajar por las tardes para ayudar en casa, parte con ventaja. No es menor el dato: en zonas rurales de Lugo y Ourense, el acceso a conexión estable para repasar materiales online sigue siendo un problema estructural.

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Lo cierto es que el sistema ha evolucionado. Ya no se aprueba o se suspende como en los años 80. Hoy hay segundas oportunidades, convocatorias de septiembre, vías alternativas. Pero la percepción sigue siendo la misma: este examen lo cambia todo. Basta con mirar los foros de estudiantes, los hilos de redes sociales, las conversaciones en los pasillos. La ansiedad no está solo en unos pocos. Está extendida, como un virus silencioso.

Un orientador del instituto de A Estrada lo dice sin rodeos: “Les repetimos una y otra vez que esto no define su valor. Que hay muchas formas de llegar. Pero cuando llevas dos años viendo a tus amigos preparándose como si fuera una guerra, es difícil no sentir que estás en una carrera donde solo hay un premio”.

Entre el apoyo y la presión

Los centros educativos han activado protocolos. En varios institutos de Pontevedra, los tutores dedican las últimas clases a técnicas de respiración y manejo del estrés. En A Coruña, un psicólogo educativo visita aulas para hablar de salud mental sin tabúes. Pero a veces, el discurso institucional choca con el mensaje implícito que llega desde otros lados: desde los rankings de notas que circulan en grupos familiares, desde las comparaciones con “el hijo del vecino que entró en Medicina con un 13,5”.

Hay familias que presionan sin darse cuenta. Con frases como “solo tienes que dar lo mejor de ti” o “esto es lo que has estudiado todo el año”. Bienintencionadas, sí. Pero cargadas de peso. Y hay alumnos que asumen esa carga como una deuda. “No quiero defraudar”, repiten. “No puedo fallarles”. Demasiado tiempo. La cifra habla por sí sola: en los últimos cinco años, los servicios de salud mental orientados a adolescentes han duplicado sus consultas en primavera.

En una cafetería de Vigo, junto a la estación de autobuses, una chica de 18 años repasa un temario de historia con las manos temblorosas. Lleva tres cafés encima. Su amiga, sentada al lado, intenta distraerla con una broma, pero la risa no llega. “Mañana empieza todo”, murmura. No parece una oportunidad. Suena más bien a condena.

¿Qué viene después del último examen?

Después del último papel entregado, después del suspiro final, queda el vacío. Algunos celebran. Otros se hunden. Muchos no saben cómo sentirse. La presión se disipa, pero deja secuelas. Insomnio. Ira. Desconexión. Y en algunos casos, una depresión que tarda semanas en nombrarse.

Lo que necesitan estos jóvenes no es más exigencia. Tampoco más frases hechas. Necesitan sistemas que no los pongan a prueba al límite. Necesitan que se les diga, de forma clara y continua, que su valor no depende de una nota. Que hay caminos distintos, y que ninguno es indigno.

Difícil imaginar un cambio radical de la noche a la mañana. Pero sí es posible repensar el entorno que rodea a estos exámenes. Porque si cada año repetimos el mismo guion, con el mismo nivel de estrés, con las mismas colas en las bibliotecas y los mismos mensajes de “todo o nada”, entonces no estamos preparando estudiantes. Estamos entrenando supervivientes. ¿Es eso lo que queremos para la próxima generación?

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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