Cuando el rojo de Pamplona se tiñe también de azul y blanco
El verano en Galicia huele a salitre y a hierba recién cortada, pero en julio, para cientos de nuestros paisanos, el aroma que marca el calendario es otro: el sudor, el polvo de la calle Estafeta y ese escalofrío que solo da correr delante de los cuernos del astado. Los Sanfermines 2026 ya están en el punto de mira, y con ellos, la oleada de gallegos que cada año cruzan la Península para vivir, de cerca o desde la barrera, la fiesta más ruidosa de Europa. Según datos de la Federación Española de Peñas Sanferminas, más de 1.200 corredores gallegos participaron en los encierros de 2025, un número que no deja de crecer y que refleja cómo el amor por esta tradición se ha enquistado en nuestra tierra como la morriña en el pecho de un marinero.
De las aldeas de Ourense a la curva de Mercaderes: la diáspora sanferminera
La afición gallega por los encierros no es cosa de ayer ni de dos o tres locos sueltos. Tiene raíces profundas, hiladas con el esfuerzo de generaciones que veían en Pamplona una válvula de escape para la dureza de la vida rural. Lo cierto es que, en los años 70, ya existían peñas informales en ciudades como Vigo o Santiago, donde los emigrantes retornados traían consigo la semilla de la fiesta navarra. Hoy, sin embargo, el fenómeno ha trascendido lo folclórico para convertirse en un movimiento organizado con estatutos, viajes en autobús y hasta camisetas con el escudo de su peña local.
De hecho, el caso más llamativo es el de la Peña Sanferminera de Ourense, una de las más veteranas y que este año celebra su 30 aniversario. «Empezamos con 15 locos que íbamos en coche propio», recuerda Antonio López, uno de sus fundadores. «Ahora llevamos 200 socios, y cada julio reservamos tres autobuses con capacidad para 80 personas. El año pasado, el 60 % de los viajeros eran menores de 35 años». Lo que comenzó como una excusa para beber vino en la plaza del Castillo se ha transformado en un rito de paso para muchos jóvenes gallegos, que ven en los encierros una forma de romper con lo establecido sin perder el vínculo con su tierra.
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Si los números sirven para algo, hay que decir que la aportación gallega a la economía sanferminera es tan real como el polvo que se levanta en la Cuesta de Santo Domingo. Un estudio de la Universidad de Navarra estimó que los visitantes gallegos generan alrededor de 2,5 millones de euros anuales en Pamplona, desde el gasto en alojamiento hasta la compra de banderines y camisetas con el escudo del Santiago o el Deportivo. No es baladí: estamos hablando de un colectivo que, en muchos casos, repite año tras año, creando una fidelidad que ni los mejores clientes de Zara podrían igualar.
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Buscar dominio →Ahora bien, el impacto no se limita a la ciudad navarra. En Galicia, el negocio también fluye. Los bares de las ciudades más grandes —Vigo, A Coruña, Lugo— montan pantallas gigantes y ofrecen menús temáticos («menú del encierro», con pulpo y vino de Ribeiro, por ejemplo). Incluso las aerolíneas han notado el tirón: Ryanair incrementó un 15 % los vuelos desde Santiago y Vigo a Pamplona en julio de 2024, y todo apunta a que 2025 romperá ese récord. «Para nosotros, julio es como la Navidad en Pamplona», bromea un taxista de la plaza del Castillo, donde no es raro escuchar a un grupo de coruñeses cantar *Alalá* mientras esperan al autobús de vuelta.
El debate eterno: ¿locura o tradición con raíces
Por supuesto, no todos ven con buenos ojos esta invasión estival de gallegos en tierras navarras. Algunos pamploneses, hartos del bullicio y los desmanes, murmuran que los de fuera «vienen a hacer el indio». Otros, más pragmáticos, reconocen que sin este turismo estacional, muchos negocios de la ciudad cerrarían en agosto. Lo que no se puede negar es que, para los gallegos, los Sanfermines son algo más que una borrachera de una semana. Es una forma de mantener viva la memoria de una tierra que, en muchos casos, dejaron atrás.
«Los encierros son mi manera de sentirme gallego en julio. Cuando corro por la calle Estafeta, no pienso en el peligro, sino en el abuelo que emigró a Venezuela y que nunca pudo volver. Pamplona es, en esos minutos, mi Galicia más auténtica» — Xosé Manuel R., peñista de Pontevedra.
Y es que, al final, la magia de los Sanfermines en Galicia no está en el número de corredores ni en el dinero que se mueve, sino en ese algo intangible que nos une a todos, desde el marinero que regresa de Cuba hasta la estudiante de administración que ahorra todo el año para vivir la experiencia. Como diría un viejo marinero de Burela: «Aquí lo nuestro no se acaba nunca, ni siquiera cuando suena el cohete».
Mientras, en las redes sociales, los grupos de WhatsApp de las peñas gallegas ya bullen con planes para 2026. Algunos hablan de alquilar una casa en Pamplona para repetir la experiencia en familia. Otros, más atrevidos, ya barajan la idea de alquilar un local para organizar una «pre-fiesta» con pulpo y queimada. Lo único seguro es que, cuando llegue julio, el rojo de Pamplona tendrá un nuevo matiz: el azul y blanco de nuestra bandera, ondeando entre el polvo y el griterío.
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