Circular estos días por el tramo lucense de la autovía A-6 en sentido Madrid se ha convertido en un auténtico suplicio para los conductores. Las obras de rehabilitación del firme han obligado a cortar el tráfico, desviando toda la circulación hacia la vieja carretera Nacional, lo que está generando retenciones dramáticas en pleno corazón de Galicia. Hablamos de emplear hasta sesenta minutos en completar apenas cincuenta kilómetros, según adelantó La Voz de Galicia. El precio a pagar por unas infraestructuras que claman por mantenimiento desde hace décadas.
Cuando la autovía desaparece: el desvío forzoso hasta la frontera
Pocas veces una obra de asfaltado genera tanto caos. El problema arranca en O Corgo, un concello situado a escasos kilómetros de la ciudad de Lugo. Es ahí donde se termina de golpe la comodidad de la autovía para los que viajan hacia la Meseta. A partir de ese punto, los vehículos son expulsados hacia la Nacional, una vía convencional que no está preparada para absorber el volumen de tráfico pesado y ligero que habitualmente circula por la gran arteria peninsular. Y esa odisea no termina hasta salir de Galicia.
Conviene recordar la magnitud de la trampa. No hablamos de un corte puntual o de un desvío temporal de unos pocos kilómetros en pleno verano, temporada alta de desplazamientos. La interrupción directa se prolonga a lo largo de cincuenta kilómetros. Difícil encontrar una analogía mejor que la de una película de ciencia ficción para describir la sensación de verse atrapado en una carretera comarcal cuando se suponía que se circulaba por una vía de alta capacidad. Demasiado tiempo perdido junto a las cunetas.
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Ver en Hotels.com → PublicidadBecerreá en el ojo del huracán: el tráfico pesado asedia el casco urbano
Quien conozca la geografía de la comarca de Os Ancares sabe que la N-6 serpentea entre valles y núcleos de población que han visto crecer el tráfico a su alrededor durante años. Pero la situación actual roza lo insostenible. En este escenario de saturación total, el caso de Becerreá es especialmente sangrante. Los camiones articulados y las flotas de transporte de mercancías pasan a duras penas por el centro del pueblo. El tráfico rodado, acorralado por las obras de la autovía, se ve obligado a cruzar literalmente las estrechas calles del casco urbano.
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Ver planes de hosting →A nadie se le escapa el riesgo que esto conlleva. Las carreteras nacionales que atraviesan poblaciones fueron diseñadas en una época con vehículos mucho más ligeros y escasos. Hoy, los gigantes de la carretera lidian contra el trazado urbano a paso de tortuga. Las dimensiones de los vehículos de gran tonelaje chocan con la realidad física de unas vías municipales pensadas para el acceso de los vecinos. El atasco se vuelve estructural y el riesgo de accidentes se multiplica exponencialmente.
No es menor el dato del calendario. Lo cierto es que la paciencia de los conductores va a tener que ser de hierro, ya que los plazos de ejecución marcan que los trabajos seguirán activos durante los próximos meses. Aunque el ritmo de las máquinas es incansable, hay zonas donde el castigo al conductor se prolongará inexcusablemente hasta bien entrado el mes de septiembre. El verano se consume entre conos de tráfico y carriles estrechos.
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