Ourense es la ciudad más caliente de Galicia en verano y la más fría en inversión. Mientras los termas hierven a 82 grados y el turismo termal crece año tras año, el casco histórico se cae a pedazos, el transporte urbano ha desaparecido y los incendios forestales rodean la ciudad. La capital ourensana, que debería vivir el mejor momento de su historia, agoniza entre la indiferencia institucional y el abandono planificado.
El caso del transporte urbano es sintomático. El TCGal —la concesionaria del autobús urbano— ha dejado a la ciudad sin servicio durante semanas. Miles de residentes, especialmente los barrios periféricos y las personas mayores, se han quedado sin su único medio de transporte público. La respuesta institucional ha sido silencio. Un silencio que dice todo lo que hay que decir sobre la prioridad real que tiene Ourense en la agenda de la Xunta y de la Diputación.
Si el transporte es la emergencia diaria, el casco histórico es la tragedia a cámara lenta. El centro de Ourense tiene uno de los conjuntos monumentales más ricos de Galicia: catedral románica, plaza Mayor, claustros, puentes romanos, callejones medievales. Pero caminar por sus calles es recorrer un museo en ruinas. Edificios con tapias, comercios cerrados, fachadas con humedades que nadie repara. La señalización turística —cuando existe— es decepcionante: carteles oxidados, mapas ilegibles, rutas mal marcadas. Un visitante que llega a Ourense con la intención de descubrir la ciudad recibe el mensaje de que no es bienvenido.
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Ver en Hotels.com → PublicidadAquí vale la pena mirar a Oporto. La ciudad portuguesa, a dos horas en tren de Ourense, ha convertido su casco histórico —también degradado hace dos décadas— en un motor económico que genera miles de empleos y millones de euros. ¿Cómo lo hizo? Con inversión pública sostenida, con planes de rehabilitación que combinan público y privado, con una señalización impecable y, sobre todo, con voluntad política. Oporto no esperó a que el mercado arreglara el centro histórico. Lo intervino, lo reguló y lo promocionó. Ourense hace exactamente lo contrario: mira hacia otro lado mientras el centro se despuebla.
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Ver servidores VPS →Los incendios junto a las vías son la metáfora perfecta. Doce fuegos simultáneos junto a la infraestructura ferroviaria han puesto en riesgo el servicio. No es casualidad: es consecuencia de un monte abandonado, sin gestión forestal ni prevención. Cuando el monte arde junto a las vías, lo que arde es la falta de planificación.
El argumento recurrente es que Ourense es pobre y la despoblación lo explica todo. Falso. Ourense no es pobre: está empobrecida por decisión. Tiene recursos termales que en cualquier país centroeuropeo serían una industria millonaria, un patrimonio monumental envidiable, viñedos premiados y una universidad. Lo que no tiene es un proyecto político que ponga esos recursos en valor. La despoblación no es excusa para el abandono; es su consecuencia. Si no hay transporte, si el centro se cae y el tren se para, ¿quién quiere vivir en Ourense?
Ourense no necesita caridad. Necesita que la traten como lo que es: la capital de una provincia entera, con la dignidad y los recursos que ese título implica. Mientras el abandono siga siendo la política oficial, el termalismo será la única cosa caliente en una ciudad que se enfría día a día.
Si Oporto lo hizo, Ourense también puede. Lo que falta no es modelo. Lo que falta es voluntad.
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