lunes, 31 de agosto de 2026 | Galicia, España
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Editorial: las orcas muerden los timones, pero la pregunta es nuestra

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Hay imágenes que resumen una época mejor que cualquier informe. Esta semana, Galicia ha visto varias: veleros con el timón destrozado tras nuevos ataques de orcas en la ría de Vigo y en las Rías Baixas, patrullas de la Guardia Civil logrando socorrer a una furgoneta atrapada junto a la playa de Caolín, y un velero llegando a puerto sin gobierno. Dos ataques en cuestión de días, con la orca como protagonista involuntaria del verano marítimo gallego. Mientras media Europa discute sobre estos cetáceos como si fueran una amenaza, nosotros, que vivimos del mar y con el mar, deberíamos hacernos una pregunta más incómoda: ¿qué nos está diciendo realmente el océano?

Empecemos por lo evidente. Las orcas no atacan barcos por instinto depredador. La ciencia lo viene señalando con claridad desde que esta conducta apareció frente a las costas ibéricas: se trata, muy probablemente, de una moda cultural transmitida entre ejemplares de una población reducida y amenazada, un juego que salió de madre. Llamarles «asesinas» o «terroristas del mar» es periodismo de pánico, y Galicia, tierra que ha llorado a sus marinos, sabe mejor que nadie lo que cuesta demonizar al mar en lugar de entenderlo. La orca ibérica está en peligro de extinción; son poco más de tres decenas de ejemplares las que se mueven por nuestras aguas. El problema no es que sobren orcas, es que nos sobra siempre la misma certeza: la de que el mar es nuestro y los demás son estorbos.

Dicho esto, la cosa cambia cuando bajamos del debate especulativo al velero con la obra viva abierta y dos personas a bordo. La seguridad de quienes faenan, navegan o pasean por nuestras rías no es negociable. El protocolo de aviso a Salvamento Marítimo funciona, y las recomendaciones —evitar la zona, cejar en marcha, no llamar la atención del animal— son obligadas. Pero un país con una flota como la gallega no puede gestionar este fenómeno a base de avisos entre navegantes y vídeos virales. Hace falta un dispositivo serio y estable: cartografía dinámica del riesgo, apoyo logístico a las embarcaciones de recreo, seguimiento científico financiado como lo que es, una política pública, y campañas que expliquen sin sensacionalismo qué hacer y qué no hacer. Si cada ataque de orca se convierte en un fracaso de coordinación entre administraciones, la próxima víctima no será un timón de fibra de carbono: será la convivencia misma.

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Y ahí está la lección de fondo. Galicia lleva décadas convirtiendo el mar en riqueza —pesca, marisqueo, acuicultura, turismo— sin hacer la equivalente inversión en conocimiento y cuidado. Los ataques de orcas son una anecdota en términos estadísticos, pero un aviso en términos ecológicos: el ecosistema se mueve, las especies cambian de pautas, el cambio climático reordena el Atlántico, y nosotros seguimos improvisando. Lo mismo podríamos decir de la basura que llega a nuestras playas, de la presión sobre los caladeros o de la ordenación del litoral.

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Este verano las orcas han mordido los timones de unos pocos barcos. Ojalá solo sean los timones. Porque si la respuesta colectiva vuelve a ser el sobresalto, la broma de turno y el olvido, la mordida siguiente se la llevará algo más difícil de reparar: la posibilidad de que Galicia sea, de verdad, referente mundial en convivencia inteligente con el mar. Tenemos el conocimiento, tenemos la flota, tenemos la cultura marítima más rica de Europa. Nos falta, como siempre, la decisión de tratar el océano no como un recurso que se explota ni como una amenaza que se teme, sino como un vecino con el que conviene aprender a vivir. La orca, al fin y al cabo, solo está devolviéndonos la pregunta: ¿sabemos navegar juntos?

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Periodista de Galicia Universal.

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