Un incendio declarado en las obras de rehabilitación del antiguo edificio de Altadis en Sevilla —una fábrica de tabacos protegida que se convertirá en hotel— ha reavivado un debate que en Galicia conocemos bien: qué pasa cuando el fuego se ceba con nuestro patrimonio industrial mientras se transforma en viviendas, hoteles o centros culturales. Las llamas, que no causaron víctimas pero sí daños considerables, surgieron precisamente en el punto más delicado de cualquier obra de este tipo, donde el andamio, los materiales inflamables y una estructura centenaria conviven a diario.
Lo cierto es que no es un caso aislado. Durante los últimos años, media Europa ha visto cómo edificios emblemáticos en rehabilitación ardían por causas ligadas a los propios trabajos: cortes con radiales, falsos techos de protecciones, acumulación de soleras y un acceso complicado para los bomberos. La catedral de Notre Dame en 2019 fue el aviso más sonoro, pero la lista incluye palacios, fábricas y teatros por todo el continente. Ahora bien, la lección no parece haber calado del todo en las prácticas constructivas.
Galicia, tierra de fábricas que esperan una segunda vida
De hecho, la comunidad gallega es un territorio especialmente expuesto a este riesgo. La antigua Tabacalera de A Coruña, los almacenes y naves industriales del puerto de Vigo, las instalaciones de la antigua E.N. Bazán en Ferrol o la централь azucarera de Compostela, hoy Centro Compartido de Servizos, forman parte de una larga lista de patrimonio industrial que está en proceso, o a las puertas de entrar en él, de rehabilitación. Cabe recordar que Galicia fue una de las regiones con mayor densidad de industria del país durante el siglo XX, y buena parte de esa herencia arquitectónica, protegida, sigue en pie esperando usos nuevos.
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Conoce más →«Cuando una nave industrial de 1900 se reforma sin plan de seguridad estricto, no estamos arriesgando solo un edificio, sino la memoria de una ciudad», explica un arquitecto técnico especializado en patrimonio con experiencia en obras coruñesas.
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La combinación es siempre la misma: estructuras de madera, cubiertas metálicas ligeras, embocaduras originales que se quieren conservar y, encima, un montón de materiales de obra apilados. A ello se suman agentes complicados, como el roble o el pino de Galicia en las carpinterías históricas, que arden con facilidad. Un fuego en estos inmuebles, además, suele propagarse más deprisa que en un edificio moderno, precisamente porque las medidas de compartimentación de hoy no existían cuando se levantaron.
¿Qué se puede exigir a las obras?
La normativa española, con el Código Técnico de la Edificación y la normativa de seguridad y salud en el trabajo, marca obligaciones claras: planes de seguridad y salud, coordinadores de seguridad, control de cargas de fuego y medios de extinción provisionales. Ahora bien, en la práctica, la fiscalización a pie de obra no siempre es la que debería, y las inspecciones son menos frecuentes de lo que muchos expertos reclaman. En ciudades gallegas con presupuestos ajustados, los técnicos municipales reconocen en privado que el seguimiento diario de las obras es casi imposible.
El caso de Sevilla debería servir para hacerse preguntas incómodas antes de que toque preguntarlas aquí. ¿Tienen todas las rehabilitaciones de patrimonio industrial en A Coruña, Vigo o Ferrol planes de emergencia coordinados con los parques de bomberos? ¿Se limita realmente la carga de combustible durante las fases de obra? ¿Hay detectación temprana provisional instalada mientras duran los trabajos? Cada proyecto responde de manera distinta, y ahí está parte del problema.
Hay, con todo, motivos para el optimismo prudente. Los bomberos gallegos han trabajado en los últimos años en planes específicos para edificios históricos, con simulacros en inmuebles emblemáticos y cartografía de riesgos municipal. Una parte del tejido empresarial de la construcción también ha profesionalizado sus protocolos, consciente de que un siniestro de este tipo tiene un coste no solo material, sino de reputación y de memoria colectiva.
Al final, la terra gallega lleva décadas demostrando que sabe convertir sus fábricas en espacios de futuro. La retranca popular, que tanta confianza despierta en otros ámbitos, aquí sobra: en prevención de incendios, la confianza debe ir siempre acompañada de control, inversión y vigilancia. Porque el fuego, como sabemos demasiado bien en esta comunidad, no distingue entre un monte y un edificio con cien años de historia.
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