El viernes amaneció en Galicia con esa clase de noticias que no admiten titulares estridentes. En Baleira, un concello de los que el mapa señala pero el ruido ignora, apareció muerto el número dos de la Guardia Civil en la provincia. Las circunstancias concretas, todavía rodeadas de la prudencia que corresponde a una investigación en curso, importan menos que un hecho incómodo: una institución entera ha perdido a uno de sus mandos, y una comarca ha perdido a un vecino que vestía el uniforme de todos.
Conviene decirlo con claridad: hay muertes que no deben convertirse en relato. Sin causas confirmadas, cualquier especulación sería una grosería con una familia de por medio. Pero justo por eso, esta tragedia abre una conversación que llevamos años posponiendo, y que esta vez no podemos aparcar como tantas otras veces.
La soledad de los cuarteles pequeños
La Guardia Civil que sirve en el interior de Galicia trabaja en un territorio que exige todo y agradece poco. Cuarteles a decenas de kilómetros del siguiente, guardias que cubren concejos enteros en solitario, mandos que conocen el nombre de cada vecino y cargan también con sus dramas: la soledad de una anciana, la riña de siempre en la aldea, el accidente de carretera al que se llega el primero. En la España vaciada, el guardia civil suele ser además el único representante del Estado que se ve a diario. Esa proximidad es un valor enorme, pero también un peso que nadie mide.
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Conoce más →Se habla mucho de medios: efectivos, vehículos, retribuciones. Todo ello importa. Pero casi nunca se habla del coste emocional de servir donde el servicio no descansa nunca, donde el mando no se apaga al terminar el turno y donde pedir ayuda todavía mira a otro lado. Las fuerzas de seguridad han mejorado en protocolos de apoyo psicológico, sí, pero la distancia entre el protocolo sobre el papel y la cultura real de un cuartel sigue siendo un trecho. Que un número dos de la provincia sirviera en un concello como Baleira dice mucho de cómo se reparte el trabajo y el mérito en el cuerpo; que muriera allí, activo, obliga a preguntarse si acompañamos lo suficiente a quienes mandan y sirven en la periferia.
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El mismo día, dos personas perdían la vida en la A-6 en otro accidente que volvió a desplegar a sanitarios, bomberos y agentes por una autovía demasiado frecuente en tragedias. Entre quienes atendieron unos sucesos y otros hay mucho cruce de uniformes: la misma red invisible que Galicia da por garantizada hasta que falla. Dedicar una reflexión a esa red no es oportunismo editorial; es justicia mínima.
Lo que toca ahora
Al cuerpo, transparencia y apoyo a la familia, sin filtros corporativos. A la Administración, revisar de verdad las condiciones del servicio en el medio rural, empezando por los recursos de acompañamiento psicológico y por la carga de los mandos territoriales. Y a la sociedad, algo más sencillo y más difícil: no dar por descontado a quien custodia la casa cuando la casa está vacía de todo menos de responsabilidades.
Baleira debería quedarse en la memoria como algo más que una fecha en el parte. Como el aviso de que cuidar a quienes nos cuidan no es sentimentalismo: es política, es presupuesto y es dignidad.
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