El mercado municipal de Quiroga Ballesteros, uno de los recintos comerciales con más solera de la ciudad de Lugo, vivía este martes una despedida que pocos clientes habían visto llegar. Cerraba sus puertas el puesto de productos autóctonos conocido por todos como la tienda de Lola, un negocio que llevaba medio siglo funcionando y que ostentaba la condición de local decano de las instalaciones. Detrás del cierre, una jubilación: la de la mujer que regentaba el negocio desde hacía años, a la que los clientes de toda la vida siguen llamando por el nombre de su madre, la fundadora, sin que ella se moleste jamás en corregirles.
Mujer e hijo de la misma casa
Quien deja el puesto es Ascensión Fernández, de 67 años, que tomó el relevo de su madre cuando esta se retiró. Su familia la arropó este martes en el último día de actividad, un gesto que dice mucho de lo que este negocio ha significado no solo para la ciudadanía que compraba en él, sino para quienes lo mantuvieron vivo durante cinco décadas. No es cualquier adiós. Es el cierre de la transacción comercial más antigua de un mercado que ha visto pasar generaciones enteras de compradores lucenses.
Sus sentimientos, como ella misma reconoce, están divididos. Por un lado, la pena de abandonar un lugar que ha ocupado la mayor parte de su vida. Por otro, las ganas de disponer por fin de más tiempo libre, algo que el trabajo diario en un puesto de mercado apenas permite. Pero si hay algo que le pesa de verdad, dice, es dejar un negocio que su madre levantó de la nada y que supo construir una clientela tan fiel que descendientes de los primeros compradores seguían acudiendo al puesto décadas después.
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Ver en Hotels.com → PublicidadLa historia empezó mucho antes, en Santa Eulalia de Bóveda
Conviene recordar que la raíz de esta historia va más allá del propio mercado. Dolores, la fundadora, está a punto de cumplir los 92 años. Y su vínculo con las instalaciones municipales venía de muy atrás: de niña acudía ya al mercado junto a su madre para vender los productos de la casa, que traía desde su parroquia natal de Santa Eulalia de Bóveda, a unos quince kilómetros de la capital lucense.
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Hosting WordPress →Aquel ir y venir de una niña con mercancía de la aldea terminaría fraguando, con los años, en un puesto propio dentro del recinto. Medio siglo después, el negocio continuaba ofreciendo productos autóctonos, esos que durante décadas atrajeron a compradores que acabaron convirtiéndose en habituales y que transmitieron a sus hijos e hijos de sus hijos la costumbre de pasar por el puesto. La cifra habla por sí sola: dos generaciones de una misma familia al frente, y varias generaciones de clientes al otro lado del mostrador.
El valor de los negocios que aguantan
Pocas veces un cierre comercial condensa tanto tiempo compartido. La tienda de Lola no era solo un punto de venta de productos de la tierra dentro del mercado de Quiroga Ballesteros; era un pedazo de memoria cotidiana de Lugo, de esos que no aparecen en las estadísticas de comercio pero que estructuran la vida de una plaza de abastos. Quien ha frecuentado mercados municipales sabe que estos lugares se sostienen tanto por el género como por los vínculos que se tejen entre puestos y compradores, y que cada cierre veterano debilita una parte de ese tejido.
El adiós de este martes deja también una pregunta en el aire sobre el futuro del recinto: qué espacio ocupará ahora el local y qué tipo de comercio tomará el testigo de medio siglo de productos autóctonos. Lo cierto es que las plazas de abastos cambian, y no siempre en la misma dirección que sus clientes más antiguos desearían. Por eso, más allá de la despedida, el ejemplo de esta familia merece atención: una niña de Santa Eulalia de Bóveda que vendía junto a su madre construyó un negocio que duró cincuenta años. ¿Cuántos comercios de hoy pueden aspirar, con los vientos que corren, a semejante trayectoria? Ahí está, quizá, la verdadera lección de este adiós.
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