Dos vehículos en menos de dos semanas. Esa es la estadística que acumula la playa de Chancelas, en Poio, después de que este jueves un nuevo automóvil terminara hundido en la arena del arenal, en un episodio que se repite con una regularidad inquietante para quienes gestionan el municipio.
Una rampa estrecha que engaña
Según las explicaciones facilitadas por el Concello, todo apunta a que el conductor tomó la rampa de acceso creyendo que conducía hacia alguno de los alojamientos turísticos ubicados en la zona. Una vez sobre la arena, la maniobra de retorno resultó imposible, y el conductor no tuvo más remedio que esperar sobre el arenal la resolución del trámite con el seguro. La grúa no acudió hasta media tarde, más de doce horas después del percance.
No es un caso aislado. Hace apenas diez días, el mismo arenal amaneció con un turismo en idéntica situación, que también necesitó de una grúa para abandonar la playa. Lo llamativo, señalan desde el consistorio, es que episodios de este tipo no se habían registrado en veranos anteriores, lo que sugiere que algún sistema de navegación o indicador de ruta podría estar induciendo a error a los conductores.
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Conoce más →¿Sirve de algo la señalización existente?
El vial cuenta, según el ayuntamiento, con una señal de calle sin salida. Aun así, la señal no ha bastado para frenar la sucesión de despistes de los últimos días, lo que plantea la pregunta de si la señalización actual es suficiente o si conviene reforzarla con medidas adicionales.
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Hosting WordPress →En el entorno se maneja además un consejo práctico: quien llegue al fondo de esa rampa, que es bastante estrecha, haría bien en salir dando marcha atrás en lugar de intentar girar sobre la arena, donde las ruedas pierden tracción con facilidad y el vehículo acaba clavado.
El interés público de un problema recurrente
Más allá de la anécdota, el caso de Chancelas ilustra un problema cada vez más común en el litoral gallego: conductores que confían ciegamente en sus dispositivos de navegación hasta acabar en terrenos donde un turismo no tiene nada que hacer. El coste lo pagan, en forma de horas de espera y facturas de grúa, los propios afectados, pero también los servicios municipales, llamados una y otra vez a resolver la situación.
Si la tendencia de este verano continúa, probablemente no tardarán en producirse nuevos episodios similares. Que dos coches queden atrapados en apenas diez días en el mismo punto debería bastar para que, más allá de las señales existentes, se valore alguna medida adicional que evite el próximo despiste antes de que ocurra.
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