Este otoño apunta a ser el más cálido desde que existen registros sistemáticos de temperatura en España, hace más de 150 años. Las previsiones de la AEMET apuntan a un trimestre con anomalías térmicas por encima de lo habitual en toda la península, y Galicia, lejos de quedar al margen, se sitúa entre las comunidades donde el fenómeno se hará más notorio. Lo cierto es que aquí el otoño nunca fue una estación discreta: es la que define la vendimia, la que azota la costa y la que decide cómo arranca el invierno en la terra.
Una vendimia con reloj desajustado
En las Rías Baixas y el Ribeiro, la cosecha de este año llegó con varias semanas de adelanto respecto a los calendarios de hace dos décadas. Las altas temperaturas de agosto y septiembre aceleraron la maduración del albariño y del treixadura, y las bodegas tuvieron que mover ficha rápido para no perder frescura y acidez en la uva. De hecho, varios enólogos de Cambados y Ribadumia llevan años avisando de que la fecha media de vendimia se ha adelantado casi tres semanas desde los años noventa, un cambio que no es anecdótico sino estructural.
«El albariño está madurando antes cada año y eso nos obliga a replantearnos hasta la forma de trabajar en la viña», explica un técnico enólogo de una bodega de Salvaterra de Miño.
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Ahora bien, el otoño cálido no es necesariamente mala noticia para el sector. Si las lluvias llegan en su momento, sin excesos, la uva ya recolectada puede descansar y los viticultores respiran. El problema surge cuando el agua se descontrola: un exceso de humedad en septiembre pasó factura en algunas parcelas del Ribeiro con episodios de botrytis, la temida podredumbre gris. La añada de este año se antoja buena en cantidad pero exigente en la bodega, con vinos que pedirán más trabajo de selección.
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Del viñedo al litoral hay un salto, pero el mismo otoño que inquieta al viticultor preocupa al pescador y al vecino de Muxía o Fisterra. Las previsões apuntan a borrascas atlánticas más activas de lo normal para las próximas semanas, con episodios de mar de fondo que podrían superar lo habitual en las Rías Altas y la Costa da Morte. Cabe recordar que esta franja costera ya acumula varios inviernos con temporales de gran intensidad, y cada uno deja su huella en paseos marítimos, puertos y playas que pierden arena.
Los ayuntamientos costeros empiezan a mirar el calendario con resignación calculada. Malpica, Camariñas o Cedeira conocen de sobra el guion: marejada, olas de más de seis metros, daños en infraestructuras y el debate anual sobre la protección del litoral. Lo que cambia es la frecuencia. Los episodios extremos se repiten más a menudo, y la subida del nivel medio del mar hace que cada temporal llegue con la costa un poco más expuesta que la anterior.
MeteoGalicia y AEMET: dos miradas sobre el mismo cielo
Aquí surge una de las diferencias más interesantes de este otoño. Mientras la AEMET maneja escalas estatales y modelos globales, MeteoGalicia dispone de una red propia de estaciones repartidas por los cuatro provincias, lo que permite afinar mucho más en fenómenos tan locales como la entallada niebla de las Rías Baixas o las lluvias orográficas de las sierras orientales. Sus modelos coinciden en lo esencial —un otoño cálido y húmedo— pero matizan que el reparto del agua será muy desigual, con tramos costeros que podrían superar un 20 % la precipitación normal y zonas del interior de Ourense más cerca de los valores medios.
Para el ciudadano de a pie, la traducción es sencilla: paraguas a mano, pero también una sensación térmica de otoño suave que se alargará probablemente hasta bien entrado noviembre. Para el campo, la cosa es más compleja. Los castaños de O Carballo y de la Mariña podrían verse beneficiados por la humedad, aunque el calor retrasa la caída de la hoja y favoriza plagas como la avispilla asiática, que ya campa a sus anchas en varios ayuntamientos.
Hay, además, un asunto de fondo que nadie debería perder de vista: un otoño con estas características ya no puede llamarse excepcional. Es la nueva normalidad de un clima que cambia, y Galicia, tierra de borrascas y vendimias, está aprendiendo a adaptarse más rápido de lo que muchos imaginaban. El morriña climática, si se nos permite la licencia, ya no es nostalgia de lo que fue, sino preocupación por lo que viene.
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