La alarma pirenaica que también nos incumbe
Un reciente estudio científico sobre los Pirineos ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: las montañas españolas se calientan más rápido que el conjunto del territorio, y las consecuencias se extienden mucho más allá de sus cumbres. Lo cierto es que, aunque Galicia carece de cimas de tres mil metros, el diagnóstico pirenaico funciona como una especie de ensayo general de lo que ya está ocurriendo en nuestra terra.
Las conclusiones del trabajo apuntan a un aumento de las temperaturas medias por encima de lo registrado en el conjunto del país, junto con una disminución de las precipitaciones en forma de nieve y una mayor irregularidad en las lluvias. Ahora bien, ese patrón no es exclusivo de las montañas: la fachada atlántica gallega comparte buena parte de esa tendencia, con matices propios que conviene examinar.
Menos lluvia en la tierra de la lluvia
Galicia siempre ha gozado de fama de húmeda, y con razón: algunos puntos de las Rías Baixas superan los 1.800 litros por metro cuadrado al año, cifras difícilmente igualables en la península. De hecho, la retranca popular de que aquí «llueve siempre» tiene base estadística. Pero los registros de las últimas décadas muestran algo distinto: la primavera y el verano se están volviendo más secos, y los episodios de lluvia, cuando llegan, tienden a concentrarse en pocas jornadas de intensidad extrema.
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Conoce más →Ese cambio de patrón es justo el que los científicos detectaron antes en los Pirineos. Menos precipitación acumulada, repartida de forma más violenta, significa menos agua almacenada en los acuíferos y embalses, y más escorrentía con riesgo de inundación. Para una comunidad que depende del agua tanto para la agricultura como para la hidroeléctrica, la alteración no es menor.
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Hosting WordPress →Olas de calor y un mar que responde
El segundo gran fenómeno es el térmico. Galicia, refugio tradicional frente al calor del interior, ha visto cómo en los últimos años las olas de calor se multiplican y se alargan, con episodios de más de 40 grados en la Meseta gallega que hace veinte años parecían ciencia ficción. Ourense, no lo olvidemos, ha batido récords por encima de los 42 grados.
El litoral, además, tiene su propio termómetro silencioso: el océano. Las olas de calor marinas se han repetido frente a nuestras costas, con temperaturas del agua que superaron lo habitual en varios grados durante los últimos veranos. Las consecuencias son visibles: afecciones a los percebes, cambios en las migraciones de especies pesqueras y episodios de mareas rojas más frecuentes, un dolor de cabeza para el sector marisquero.
«Estamos viendo en el Cantábrico sur señales que hace una década esperábamos a mitad de siglo; el litoral gallego no es una excepción», advierte un investigador de oceanografía costera consultado sobre el asunto.
Incendios y campo: la cuenta atrás agrícola
Tal vez el efecto más sensible para la sociedad gallega sea el de los incendios forestales. El estudio pirenaico subraya cómo la reducción de la humedad estival y las sequías recurrentes crean un combustible perfecto en los montes. En Galicia, donde más del 60 % del territorio es superficie forestal, la combinación de eucalipto y pino de crecimiento rápido, abandono rural y veranos más calientes es una mezcla explosiva que ya conocimos en octubre de 2017.
La agricultura, por su parte, afronta adaptaciones forzadas. El viñedo del Ribeiro o de la Ribeira Sacra se plantea ya cuestiones impensables hace unos años: altitudes favorables que cambian, vendimias cada vez más tempranas, variedades que sufren el estrés hídrico. Los expertos señalan que algunas zonas de montaña podrían incluso ganar aptitud vitivinícola, mientras las tradicionales deben replantearse su futuro.
Un futuro que exige decisiones hoy
Los escenarios climáticos proyectan para Galicia, hacia finales de siglo, aumentos térmicos de entre 2 y 4 grados según la evolución de las emisiones globales, junto a veranos notablemente más áridos. No es una sentencia inapelable, sino un margen para actuar: gestión forestal seria, diversificación de especies, planificación hidrológica y apoyo a una agricultura que se adapte sin perder identidad.
Morriña climática aún no nos falta, pero el aviso está servido. Lo que ocurrió primero en las montañas catalanas y aragonesas acabará, si no corregimos el rumbo, teniendo versión atlántica. Y en una comunidad que vive del mar, del monte y del campo, poco margen queda para mirar hacia otro lado.
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