Galicia ante el otoño: dos Galicias que ya no se entienden
A finales de septiembre, cuando las primeras nieblas se asientan sobre las rías y el verano turístico se da por cerrado, Galicia se enfrenta a la que quizá sea su contradicción más honda: la de un país que atrae visitantes y residentes potenciales mientras expulsa, silenciosamente, a sus propios hijos de los municipios del interior. Esta semana quiero detenerme en dos tensiones de fondo que se cruzan: la escisión demográfica entre la Galicia costera y la del interior, y la encrucijada medioambiental y energética en la que el territorio se ha convertido en objeto de deseo de fuerzas que no siempre preguntan primero a quienes lo habitan.
El problema no es que Galicia se vacíe: es que se vacíe de forma desigual
Hablar de despoblación en Galicia es casi un tópico, pero el tópico esconde una imagen más compleja de lo que suele admitirse. No se trata de un país que pierde gente por igual, sino de dos dinámicas superpuestas. La Galicia atlántica, el eje que va de A Coruña a Vigo pasando por Santiago, funciona con una vitalidad relativa que la sitúa lejos del pesimismo que proyectan las zonas rurales. La otra Galicia, la de las comarcas del interior, la de las zonas de montaña del este, vive un envejecimiento tan acelerado que en muchos lugares ya no se trata de frenar la despoblación sino de acompañar dignamente a quienes quedan.
Esta distinción importa, y mucho, porque las políticas públicas suelen diseñarse para el problema medio (retención de población) cuando el problema real tiene dos naturalezas distintas. En las comarcas más vaciadas, ni la mejor política de empleo devolverá la vida a aldeas donde quedan vecinas y vecinos muy mayores y donde el servicio escolar, el sanitario o el transporte son ya recuerdos o promesas incumplidas. Allí, la pregunta honesta no es cómo repoblar, sino cómo garantizar que nadie quede aislado: transporte a demanda, telemedicina seria, conectividad real. En las zonas intermedias, en cambio, sí hay margen para una estrategia de retención, pero pasa por algo que Galicia sigue sin resolver: ofrecer futuro sin exigir mudanza.
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Conoce más →El retorno de emigrantes y de sus descendientes, del que tanto se habla, es una oportunidad real pero frecuentemente mal abordada. El retorno no es un acto romántico: es una decisión económica y vital. Quien vuelve necesita trabajo cualificado, vivienda accesible y servicios, y encuentra en muchas villas del interior un mercado inmobiliario paradoja: casas vacías y degradadas en cantidad mientras la vivienda disponible en condiciones se vuelve escasa y cartera en las ciudades. Recuperar el patrimonio habitacional abandonado debería ser una política de Estado autonómica, y no lo es con la intensidad necesaria.
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Ver servidores VPS →Incendios, monte y la pregunta que nadie quiere hacerse
El otoño llega este año, como casi todos los últimos, tras una temporada de incendios que vuelve a dejar la misma fotografía: montes ardiendo, zonas rurales ya castigadas por el abandono sufriendo el golpe final, y un debate público que se repite con guion calcado. Se discute de medios de extinción, de responsabilidad penal, de intencionalidad. Todo ello importa. Pero la conversación elude la pregunta estructural: qué hacer con un monte que ya nadie trabaja.
El paisaje gallego es, en realidad, una construcción humana. Durante siglos, el monte se gestaba con toquiñas, con pastoreo, con leña para el hogar y con una relación de uso que mantenía el territorio limpio y productivo. Ese modelo se desmontó: el éxodo vació las aldeas, la economía doméstica dejó de necesitar la leña, y los repoblaciones de especies de crecimiento rápido, pensadas para una industria maderera, llenaron el paisaje de masa forestal continua y muy inflamable. El resultado es un territorio cebado para el fuego, donde cada verano el riesgo crece y la gestión activa es cada vez más difícil porque quienes podrían gestionar envejecen o se van.
Mi opinión es que Galicia necesita resignificar su monte, no solo vigilarlo. La ganadería extensiva, el aprovechamiento energético local de la biomasa, la silvicultura selectiva con especies autóctonas y el retorno de actividad económica vinculada al territorio son la única vía que ataca la causa y no el síntoma. Pero exige un cambio cultural: dejar de ver el monte como abandono o como only fuente de madera y empezar a verlo como infraestructura de país. Y exige, sobre todo, que las decisiones se tomen con las comunidades de montes, no sobre ellas, porque allí donde las comunidades tienen capacidad real de gestión, el monte está mejor cuidado.
Energías renovables: la transición también se hace en gallego
La tercera tensión se conecta con las dos anteriores. La carrera por las energías renovables ha puesto a Galicia en el radar de grandes proyectos: parques eólicos, instalaciones fotovoltaicas sobre suelo rural, infraestructuras de almacenamiento y transporte de energía. La urgencia climática es real y nadie sensato debería oponerse a la descarbonización. Pero la forma en que se está desplegando esta transición levanta recelos legítimos en el mundo rural, y conviene tomarse esos recelos en serio en lugar de descalificarlos como oposición al progreso.
El problema no son las renovables: es el modelo. Cuando los grandes proyectos se diseñan en despachos lejanos y se presentan en el territorio como hechos consumados, la respuesta es previsible y razonable: sospecha, conflicto judicial, parálisis. Cuando el territorio se convierte en mero soporte de infraestructura cuya energía, además, no siempre consume, la transición ecológica pierde legitimidad social. Y sin legitimidad social, no hay transición que aguante.
Galicia tiene aquí una oportunidad que puede despilfarrar. Un modelo de reparto de beneficios en el que los concellos acogen tiles de proyectos eólicos o solares reciban participación real; un impulso a las comunidades energéticas locales; una apuesta por que el valor industrial de la transición (fabricación, mantenimiento, ingeniería) se quede en el país; y una planificación del territorio que diga dónde sí y dónde no con criterios paisajísticos y sociales. Esa agenda existe en el debate público, pero avanza despacio, mientras los proyectos avanzan deprisa. Ese desfase es, a mi juicio, el principal riesgo de la próxima década.
Un otoño para decidir el relato
Las tres tensiones se tocan: el monte vacío arde; el monte que arde expulsa; la energía que llega quiere el suelo que queda. Y en el centro de todo, una pregunta de fondo: ¿será Galicia protagonista de su propia transformación o escenario de transformaciones decididas fuera? La respuesta no dependerá solo de la Xunta ni de los gobiernos locales, sino de la capacidad de la sociedad gallega para construir una visión compartida de su territorio. Porque la alternativa a un proyecto colectivo no es el statu quo: es que otros lo hagan por nosotros. El otoño, esa estación tan gallega de la nostalgia, debería ser también esta vez una estación de decisiones.
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