El escritor francés Emmanuel Carrère, fotografiado en la sede de la editorial Anagrama en Barcelona. / Jordi Otix
Helène Carrère d’Encausse, historiadora especialista en la Rusia zarista y la Unión Soviética y primera mujer en ocupar el cargo de secretario perpetuo de la Academia Francesa, falleció en agosto de 2023. Pero antes del funeral de Estado y de unas exequias dignas de Luis XIV, antes incluso del último aliento y del ritual cerrarle los ojos -«escribiste que los harías y te toca hacerlo», le recuerdan sus hermanas-, Emmanuel Carrère (París, 1957) ya había empezado a escribir su muerte y, por extensión, también su vida.
El resultado es ‘Koljós’ (Anagrama), indagación familiar y personal con la que el autor de ‘Una novela rusa’ vuelve a explorar sus raíces y regresa a lo grande a esa autobiografía de la que, dijo, se llegó a hartar tras escribir ‘Yoga’, su polémico mano a mano con la depresión.
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El duelo y la introspección familiar
Había olvidado completamente que había dicho eso [sonríe], pero la muerte de los padres no deja de ser un motivo de introspección autobiográfica. Uno se encuentra en un lugar distinto respecto de sí mismo, de su propia vida y de las sucesivas generaciones.
Es un momento muy humano, muy normal, en el que uno mira hacia su propio pasado y hacia el de quienes nos han precedido.
En este sentido, ¿es ‘Koljós’ un ajuste de cuentas o, más bien, una manera de lidiar con el duelo?
Yo ya había ajustado cuentas con mi madre hace veinte años, cuando publiqué ‘Una novela rusa’. Durante los últimos diez años de su vida tuvimos una relación bastante fácil.
Con mi padre no es que tuviera una relación conflictiva; era más bien una relación algo lejana. Pero no tenía que hacer las paces con él, no me hacía falta. Eso sí: tenía el deseo de conocerlo mejor.
Obviamente, es un libro sobre el duelo, aunque a mí no me ha supuesto un gran dolor escribirla. Es un duelo con cierta dulzura.
Emmanuel Carrère, en Barcelona / Jordi Otix
La figura del padre y la autobiografía
¿Y lo ha conseguido? ¿Ha llegado a conocer mejor a su padre? En cierto modo, es el auténtico protagonista de ‘Koljós’.
Totalmente. Ha sido la sorpresa y el regalo del libro. Mi madre estaba en la luz y él, en la sombra.
Mientras vivió, me fijé menos en él, y creo que este libro lo ha llevado a la luz. No ha sido algo voluntario, no es que yo me lo hubiera propuesto, pero fue un libro del que acabó emergiendo.
Su padre Louis Édouard, con esas carpetas en las que documentaba meticulosamente la vida de su familia y la de su esposa, parece casi su antepasado directo como escritor autobiográfico.
Voy a exagerar un poco: mi madre es la heroína del libro y mi padre el coautor.
Recepción de sus obras y el legado materno
A Eduard Limónov no pareció entusiasmarle demasiado el libro que le dedicó y su exmujer detestó ‘Yoga’. ¿Qué cree que habría pensado su madre de ‘Koljós’?
Bueno, lo de Limónov no es exactamente así.
No estaba necesariamente contento con el libro, pero sí que le gustó la nueva gloria que le supuso. Cuando hablábamos, no lo decía abiertamente, pero era como si hubiésemos atracado un banco juntos.
Creo que le habría gustado, porque es un retrato atravesado por la admiración y el amor. No he tenido en absoluto ningún sentimiento de culpa.
En ‘Una novela rusa’ ya explicó, entre otras cosas, que su madre no habló ni una palabra de francés hasta los cuatro años.
Lo que podía dolerle a mi madre ya estaba en ese libro. No me he autocensurado ni cambiado de enfoque, pero el punto de partida aquí no es solamente su muerte, sino las circunstancias que la rodearon, que fueron majestuosas, magníficas.
Empecé a escribir este libro durante los días de su agonía. Puede parecer raro, pero yo no tenía ningún sentimiento de culpa; estaba convencido de que lo que estaba pasando era bello y merecía ser contado. Antes de publicarlo se lo di a leer a mis hermanas y me dijeron: adelante.
Rusia, el ‘koljós’ y la historia
“El día que cuentes todo esto no harás precisamente amigos”, recuerda que le dijo su mujer cuando llegó el momento de empezar a planear el funeral de su madre. ¿Ha sido así?
Lo que ella quería decir es que mi madre murió de una manera muy hermosa, muy espiritual, pero también en condiciones privilegiadas. Honestamente, hemos tenido suerte, ya que mis padres murieron tras enfermedades relativamente breves.
Mucha gente, en cambio, tiene madres con alzhéimer en residencias, maridos enfermos durante mucho tiempo: es una carga muy común.
Emmanuel Carrère / Jordi Otix
¿Por qué ‘Kojlos’? ¿Por qué un título tan inequívocamente soviético?
Porque es a la vez soviético e íntimo. Mi madre era experta en la Unión Soviética, así que nosotros, los hijos, supimos desde muy temprano lo que era un ‘koljós’, una explotación agrícola comunista, algo muy raro para un niño de seis o siete años.
Incluso en mi casa teníamos un ritual: cuando nuestro padre iba, íbamos todos a la habitación de mi madre, y llamábamos a eso el ‘koljós’.
Uno de los errores de su madre, asegura, fue confiar en Rusia.
Eso creía, que podía cambiar en el sentido de volverse occidental, europea, con democracia, con derecho humanos. Fue su convicción, algo que con perspectiva podemos ver como ‘wishful thinking’.
¿Cómo definiría ahora su relación con Rusia?
¿Dolorosa? Hasta hace unos años, a pesar de todo, Rusia tenía para mí una connotación positiva, pero mi amor por Rusia sufrió un varapalo con el comienzo de la guerra.
Evidentemente, no se puede saber qué proporción del pueblo la apoya, pero la guerra es una cara terrible de Rusia.
Son bastante asombrosas las historias que cuenta de su amigo Jean-Michel en el Moscú de los años 90.
Es que los 90 fueron en Rusia años catastróficos. Era el ‘far west’: todo era posible, todo podía pasar, todo se podía conseguir.
Fueron los años rock and roll de Rusia. Una pequeña proporción de rusos se enriqueció monstruosamente y todo el resto de la población cayó en una especie de dolor, de miseria.
Mi madre seguía siendo optimista y pensaba que lo único que se necesitaba era tiempo para llegar a una democracia en Rusia. Y era cierto que habría hecho falta tiempo, pero no hemos llegado a nada que se parezca a una democracia, más bien todo lo contrario.
Eso es muy importante para entender la profundidad histórica del problema, ya que en la historia de Rusia solo ha habido diez años de democracia, y además diez años catastróficos. Eso hace que la democracia tenga connotaciones negativas en el país.
Los rusos, escribe, cuanto más miserables, más rusos.
La desgracia y la infelicidad forman parte de una cierta autorrepresentación rusa. Cuanto más infeliz seas, más ruso eres. Eso explica también los sentimientos muy ambivalentes de los rusos hacia los europeos.
Es una mezcla de envidia y desprecio. Y eso también se ve mucho en Putin.
Por cierto, ¿es verdad que el KGB intentó reclutar a su madre?
Un periódico publicó una información a partir de archivos desclasificados con los listados de intelectuales franceses que habían tenido contacto con el KGB o, directamente, eran agentes. Había personajes relevantes de la vida pública francesa.
En un momento se dijo que el KGB se había acercado a mi madre y que ella, sin dudas pero con una sonrisa, respondió ‘no me interesa’, dejando muy claro que entendía perfectamente lo que le estaban proponiendo. Me gustó leer eso.
El poder, la ficción y los límites del ‘true-crime’
¿Se atrevería con una novela de ficción pura o ya no le intersa?
No tengo ninguna hostilidad ideológica contra la novela. No estoy de acuerdo con quien dice que la novela ha muerto, yo mismo las leo, pero, sinceramente, no me veo a mí mismo escribiendo una novela de ficción.
Emmanuel Carrère, fotografiado antes de la entrevista en Barcelona en Barcelona / Jordi Otix
El año pasado acompañó a Emmanuel Macron a la cumbre del G7 en Canadá para hacer un reportaje. ¿Qué se aprende estando tan cerca del poder?
Fue una situación muy particular, porque la presencia de Trump lo cambia todo. Es lamentable. Normalmente el G7 es un lugar donde estadistas discuten asuntos de Estado, pero aquí era otra cosa.
El único asunto era el estado de ánimo de Trump ese día: si iba a mostrarse amable o agresivo, si iba a tratar bien o mal a los demás. Nadie estaba pensando en nada más.
Todo el poder, concentrado en manos de un solo hombre, alguien totalmente caprichoso, cruel y errático. Hemos conocido personajes así a escala nacional, nunca habíamos visto a alguien así que es prácticamente el amo del mundo.
Presenciarlo de cerca es horrible, pero también terriblemente gracioso. La manera en que todo el mundo intenta mantener la compostura, cómo tratan desesperadamente de poner buena cara, es tremenda. Un espectáculo de comedia único y cruel. Me alegré mucho de haber ido. Fue emocionante. Fue fascinante.
¿Le llegó algún eco de la polémica por el libro de Luisgé Martín sobre el caso Bretón que no llegó a publicarse? En algún momento, se invocó ‘El adversario’ como el ejemplo a seguir.
Algo he oído, pero no conozco realmente la historia, así que no puedo decir mucho al respecto.
Se lo preguntaba porque a usted también le afectó el debate sobre los límites del ‘true-crime’.
Con ‘El adversario’ no tuve ningún problema real. Hubo una periodista a la que cité por algo que había dicho y quien le disgustó mucho al verse mencionada. Acordamos pacíficamente que quitaría su nombre.
El verdadero riesgo podía haber sido que la familia, especialmente los suegros, protestara contra el libro. Pero no creo que hubiera ningún motivo real que les permitiera actuar. En cualquier caso, cuando haces algo así te arriesgas. Siempre existe un riesgo.
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