Lo que decidió a Ana Belén Menéndez y José Manuel Argiz a convertirse en familia de acogida fue la posibilidad de explicar a sus tres hijos (uno en común y otro de cada uno de ellos con parejas previas, ahora ya emancipados) el significado real de un verbo.
«Me molestaba mucho que dijeran ‘necesito este juego’ o ‘cómprame este pantalón que lo necesito’. Quería que vieran que hay niños que, de verdad, necesitan un pantalón», explica ella.
El proceso de acogida
Hicieron el curso formativo que Cruz Roja de Lugo ofrece a los que inician ese proceso y pasaron las entrevistas. Los técnicos hablan con las parejas juntas y por separado para cerciorarse de que es una voluntad compartida, que no hay un integrante involucrado y otro que simplemente asiente.
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Conoce más →Les recibieron en su casa, mostrando que tenían un hogar adecuado para acoger a un niño. Y esperaron.
Un lunes por la mañana del verano de 2017 Ana Belén, como otros mil lunes por la mañana, descolgó el teléfono. «A las 9 me llaman y me dicen: ¿Qué tal te va venir a las 12 a recoger al bebé? Mi marido estaba trabajando en una esquina de Lugo y yo en la otra», explica.
Entonces, al contrario que ahora, las familias de acogida no tenían derecho a un permiso de maternidad o paternidad. Recibieron a un bebé de pocos meses, que al día siguiente Ana Belén se llevó a su trabajo de cocinera.
En diciembre de ese mismo año, dejó ese puesto para centrarse solo en el cuidado de los niños.
La acogida permanente y sus retos
Aquel bebé sigue viviendo con ellos en acogida permanente. David Castro y Carmen Fernández, el psicólogo y la trabajadora social del programa de Cruz Roja explican que esa es una fórmula que se aplica en algunos casos en los que el niño sigue teniendo contacto con su familia biológica, aunque no pueda asumir su cuidado.
Ambos hacen mucho hincapié en que la principal característica del acogimiento familiar es que es una situación temporal. Cuando un menor no puede permanecer con su familia de origen porque esta no está en condiciones de hacerse cargo de él —por problemas de adicción, marginalidad, vidas no adaptadas…— se le busca otra que le acoja de forma provisional, pero el objetivo último es que tenga una familia definitiva; la biológica, si es posible, o una de adopción, si no lo es.
Por eso, un niño pasa un máximo de dos años, prorrogables por seis meses más, en acogida. Durante ese período mantiene contactos periódicos, generalmente semanales, con su familia biológica.
Si esta está condiciones de hacerse cargo de él puede recuperarlo. Teniendo en cuenta el bienestar del menor, si el juez decide que no, se le buscará una familia de adopción.
El equipo de Cruz Roja insiste en que, por el momento, la acogida no es un paso previo a la adopción, ni da a las familias ninguna prerrogativa a la hora de adoptar. «No se puede estar simultáneamente en la lista de acogida y en la de adopción», recuerdan.
Sin embargo, la situación puede cambiar si, como anunció el presidente de la Xunta, se desarrolla y aprueba una nueva ley que permita a las familias de acogida tener preferencia a la hora de adoptar al niño que vive con ellas.
El desafío emocional de la despedida
«Somos solo un puente para que los niños pasen de su situación, la que sea, a tener una familia estable y un futuro. Es un orgullo. Cuando veo que se van con sus familias siento mucha satisfacción», dice Ana Belén.
Con esas palabras toca el punto más sensible de todo el programa, la razón que mucha gente que conoce su condición aduce para asegurar que nunca podría hacer lo que ella hace: despedirse de un niño al que has ayudado a criar, a veces durante más de dos años.
«Mucha gente siente curiosidad por la acogida o me dicen: ‘Estás loca, cómo se te ocurre coger otro niño’. La mayoría dice que ellos no podrían hacerlo, porque cuando se fuera lo pasarían muy mal. Yo les digo, que cuando se va, viene otro», dice Ana Belén con una sonrisa contagiosa.
A ella le ha pasado exactamente eso que describe varias veces. Con el menor de sus hijos biológicos y el primero de acogida en casa, llegó un segundo, otro bebé que se lleva solo diez días con su primera nieta.
«Cuando fui a recoger al otro al cole con el carrito me decían: ¡’Ya has sido abuela!’ y yo les respondía: ‘No, no, este es mío'», cuenta. Siete meses después fue entregado en adopción.
Aunque mantenga un semblante alegre en todas sus respuestas, Ana Belén reconoce que es un momento duro. Y que todavía es peor el desmoronamiento de la rutina, que llegue la noche y no haya que acostarlos; la hora del baño y no se deba llenar bañera alguna.
Pero, efectivamente, le ocurrió lo que predica. Solo dos días después le entregaron otro. «Llegó con 28 días. Con ese la separación fue peor porque fue el único niño que después no me quiso volver a ver», cuenta, aunque puntualiza que esa situación está en proceso de cambiar.
El perfil de las familias de acogida
Su familia acogió a otros dos niños y, de hecho, uno de ellos sigue con ellos, además del que está en acogida permanente. Con los otros dos que ya viven con sus padres adoptivos mantiene contacto.
Los ha visto crecer, los visita a menudo, come con ellos y sus padres, llevan las arras en la boda de uno de sus hijos o acompañan al altar a otro. «Cuidar a los niños no es un trabajo, a mí me gusta de verdad. No me importa levantarme de noche 50 veces. Y ver a los que se marcharon en sus casas contentos, felices… me llena de orgullo», explica.
La trabajadora social Carmen Fernández cuenta una escena habitual. «Pasa moitas veces. Salimos da Xunta, acaban de entregar a un neno en adopción. A familia de acollida sae chorando, triste pola despedida. Imos tomar un café e din: ‘Estou mal, pero se hai un neno que necesite unha familia porque eu estea así non deixes de chamarme'», explica.
Los técnicos de Cruz Roja explican que la característica básica para convertirse en familia de acogida es tener ganas de hacerlo. El programa cuenta en estos momentos en Lugo con 15 familias acogedoras, 6 que han terminado la formación y están en proceso de recibir a un menor y hay 3 niños aguardando.
Hay todo tipo de familias, tanto monoparentales como parejas de hombres, mujeres o matrimonios heterosexuales. Se busca aquella que encaje mejor con cada niño.
Los adolescentes son los menores con mayor dificultad para encontrar familia de acogida, aunque cada vez hay más conscientes de esa traba y con deseos expresos de acoger un chaval de esas edades.
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