Un grupo de menores talibés. / Fundación Farrah
«Me golpeaban si no hacía lo que me decían. Me obligaban a salir a la calle a mendigar y abusaban de nosotros cuando nos llevaban a trabajar en el campo. Las palizas eran constantes. Nunca me sentí a salvo». Huir fue la única forma de sobrevivir. Mamadou Sarr –nombre ficticio– lo supo siendo apenas un niño.
El 13 de diciembre del año 2022 dejó Senegal cargando a la espalda una historia invisible, pero recurrente: la de miles de menores senegaleses que crecen atrapados en la violencia y el abuso mientras permancen encerrados en una escuela coránica. Su huída lo llevó hasta Marruecos, hacinado en una guagua que lo alejaba de todo lo que conocía y lo empujaba hacia un viaje desesperado que llevó a cabo a través de la ruta atlántica, considerada la más letal del mundo.
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Conoce más →Infancia marcada por el abuso en las daaras
El 6 de febrero de 2023 llegó a Lanzarote a bordo de un cayuco. Atrás quedaba una infancia marcada por el encierro en una escuela coránica –o daara– donde sufrió maltratos de todo tipo y abusos constantes: desde palizas y golpes hasta castigos como ser encerrado por no memorizar fragmentos del Corán.
Su caso no es aislado. En las daaras, miles de niños senegaleses viven sometidos a condiciones extremas de violencia y pobreza.
La vida dentro de la escuela coránica seguía una rutina inquebrantable. Los menores se levantaban a las cuatro de la madrugada para leer el Corán y, a las seis, salían al mercado de la ciudad. Allí debían salir a mendigar, pedir dinero y entregarlo al marabout –el profesor de la escuela– a la hora de comer: entre 300 y 500 francos.
También tenían que buscar alimento y, alrededor de las 15.00 horas, regresar para continuar con la enseñanza religiosa. Los días pasaban sin grandes cambios. La rutina de los niños talibés –así se denomina a los menores alojados en las escuelas coránicas– se repetía de una forma implacable.
«Mi rutina era salir a la ciudad para pedir dinero y dárselo después a mi jefe. Luego, cuando volvía, aprendía el Corán y, si no lo memorizaba, me golpeaban», recuerda Mamadou. Entró en la daara con tan solo 11 años, tras la muerte de su padre.
Desde entonces fue sometido a trabajos forzosos y obligado a practicar la mendicidad: «Si salías a pedir dinero, no podías regresar con las manos vacías». Organizaciones internacionales han calificado esta realidad como una forma de esclavitud infantil.
«La comida era muy escasa y todos los días iba al campo a trabajar. No tenía fuerzas y, si me negaba a algo, me metían en la cárcel de la escuela», relata. Todo esto ocurre a tan solo 1.550 kilómetros del Archipiélago y ya en 2010, organizaciones como Human Rights Watch alertaron en un informe de que decenas de miles de niños estaban sometidos a condiciones análogas a la esclavitud y a graves abusos.
Dos menores juegan en la Casa de Escucha. / Fundación Farrah
La estimación situaba entonces en unos 50.000 los menores que asistían a cientos de residencias de este tipo repartidas en diferentes ciudades senegalesas. La mayoría de las víctimas son niños; las niñas, en muchos casos, quedan relegadas a tareas domésticas y del hogar.
El difícil camino hacia la libertad
Escapar de la escuela coránica tampoco era una opción sencilla. «Me escapé varias veces, pero los hombres de mi jefe siempre salían a buscarme. Cuando me encontraban, me pegaban y me maltrataban. Una vez me dieron una paliza; recibí muchos golpes en la tripa. Estuve varios minutos sin poder respirar y sentí que me iba a morir», cuenta.
Tras aquellas palizas no recibió atención médica, pese a que asegura que durante un tiempo sangró por la boca al toser. En este sentido, según el Informe del Estudio sobre la problemática de los niños de la calle y talibés en Mbour, Senegal, elaborado por la Fundación Farrah de Las Palmas de Gran Canaria, cerca del 80% de los menores talibés nunca ha acudido a un médico.
«Los hombres que nos vigilaban siempre abusaban de nosotros de manera reiterada. Una vez, incluso me partieron un diente», añade. Salir del país era la única opción: «Vigilaban todas las ciudades; siempre nos encontraban cuando intentábamos escapar. Yo sabía que mi vida corría peligro en Senegal».
Hoy, la historia de Mamadou ha cambiado. Desde Canarias viajó a Zaragoza, donde reside y trabaja como pintor tras formarse en distintos cursos de construcción. «Tengo un buen trabajo y puedo ayudar a mi madre y a mis hermanos», dice.
Pero mientras Mamadou logró escapar de la violencia, miles de niños siguen atrapados en las daaras. Fue a partir de 2003 cuando Pepi Farray, directora de la Fundación Farrah, ubicada en la capital grancanaria, comenzó a detectar la magnitud del problema durante sus viajes a Senegal.
Las calles estaban llenas de niños en condiciones físicas deplorables, obligados a mendigar para sobrevivir. Lo que al principio parecía una realidad puntual pronto se reveló como un fenómeno generalizado y persistente en el país africano.
La Casa de Escucha: un refugio para los menores
Ante una situación cada vez más visible en la región, Farray decidió investigar una problemática que, con el tiempo, se confirmó como estructural. Así conoció la historia de los niños talibés y el sistema de abusos y explotación al que estaban sometidos en muchas escuelas coránicas.
Como en el caso de Mamadou, los episodios de violencia se repetían sin control. Las familias, en muchos casos, no realizan un seguimiento de sus hijos, ya que las daaras se encuentran lejos de sus hogares. A ello se suma que muchos de los menores internados ni siquiera recuerdan dónde viven o quiénes son sus padres.
Llegaron muy pequeños a las escuelas y, con el tiempo, han olvidado parte de su vida anterior. Ante esta realidad, desde la fundación canaria se trabajó para ofrecer una respuesta inmediata.
Nació de esta forma lo que hoy se conoce como la Casa de Escucha, ubicada en Mbour, una ciudad de tránsito –y un punto crítico de salida de cayucos hacia las costas canarias– para los cerca de cinco mil niños talibés que la Fundación Farrah ha logrado localizar desde que comenzó el proyecto.
El objetivo de este espacio es ofrecer atención integral, protección y acompañamiento a los menores que viven en esta situación de extrema vulnerabilidad.
En 2017, cuando la Fundación inició un estudio para identificar las causas y consecuencias de esta práctica, constató que sus orígenes se remontan a la década de 1980. En aquellos años, el país atravesaba una profunda crisis económica y social que derivó en la instrumentalización de menores, obligados a mendigar para pedir limosna.
Detrás de esta realidad se entrelazan no solo factores religiosos, sino también políticos y económicos.
Casa de escucha Farrah, en Mbour, Senegal. / Fundación Farrah
Durante la construcción de la Casa de Escucha, los propios niños preguntaban qué se estaba levantando. Hoy, el centro cuenta con un equipo formado por psicólogos, médicos, profesores y enfermeros.
Cuando un menor sufre violencia, un accidente o un problema de salud, –asegura Pepi Farray– son sus propios compañeros quienes lo acompañan hasta la vivienda para que reciba atención. Allí también se les enseña higiene básica. Una herramienta clave para la prevención de enfermedades, especialmente en espacios como las daaras, donde la falta de higiene favorece la aparición de todo tipo de patologías entre los menores.
La lucha contra la explotación infantil
La sección de enfermería del hogar es una pieza fundamental. Funciona, además, como un indicador clave para detectar el trato que reciben los menores. Según explica Farray, muchos niños llegan con evidentes signos de violencia: marcas de latigazos en la espalda, golpes en la cabeza o señales de haber sido encadenados en los tobillos.
El mismo día en que se inauguró la Casa de Escucha, por ejemplo, un niño de nueve años fue apaleado hasta la muerte por su marabout y hallado mientras era enterrado en el campo. Pese a la gravedad de situaciones como esta, el Gobierno de Senegal no ha adoptado medidas efectivas de protección, a pesar de ser Estado firmante de la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas.
Ante la falta de respuesta por parte del Gobierno de Senegal, la Fundación Farrah impulsa desde hace años un Plan Integral de Lucha contra la Explotación Infantil. La iniciativa incluye una campaña de recogida de firmas cuyo objetivo es poner fin a la situación que sufren los menores talibés.
Hasta el momento se han reunido 28.000 apoyos, aunque la meta es alcanzar las 100.000 firmas para exigir formalmente al Ejecutivo senegalés el fin de esta práctica y elevar posteriormente la denuncia ante la Comisión de los Derechos del Niño de Naciones Unidas.
«Es una práctica que hay que denunciar. Pasé casi toda mi vida encerrado en la daara, sufriendo maltratos. No se puede mirar para otro lado», concluye Mamadou.
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