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A clase con batidoras y cencerros

A clase con batidoras y cencerros

Alumnos de colegios de Vigo y su área llevan en los últimos meses objetos insólitos al aula como parte de retos virales difundidos en redes sociales, especialmente en TikTok; la tendencia consiste en exhibir delante de la clase cualquier objeto cotidiano o extravagante para lograr la aprobación de los compañeros. La práctica, que ha motivado la incautación de artículos como batidoras de mano, pistolas de agua e incluso un cencerro, preocupa a los centros educativos por la pérdida de tiempo lectivo y a la Policía Nacional por la rápida proliferación de estos desafíos. El fenómeno responde en buena medida a la búsqueda de reconocimiento social entre adolescentes y al impulso de grabar y compartir esas pruebas en internet. Varios profesores han informado de intervenciones de dirección y de partes disciplinarios tras episodios de este tipo.

En distintos vídeos compartidos en TikTok se puede ver cómo estudiantes muestran los objetos que han llevado al colegio y cómo algunos superan el reto sin más consecuencias que la risa del aula, mientras que en otras ocasiones el gesto termina en sanción. Según fuentes del entorno escolar, la situación alcanzó un punto de tensión cuando una alumna se negó a retirar una batidora de su mesa y fue necesaria la intervención del profesorado para llamar a la dirección. Los centros han procedido a la retirada temporal de los elementos y, en algunos casos, a la entrega a las familias para evitar repetición. La variedad de objetos es amplia y desigual: desde objetos inofensivos hasta elementos que más allá de molestar, interfieren en la normalidad de la clase.

Este tipo de desafíos, a menudo denominados en inglés como «random object challenges», distan de otros retos virales de mayor riesgo físico que han generado alertas públicas en años recientes, como el conocido juego del desmayo o pruebas que implican consumo de sustancias peligrosas. Aun así, la Policía Nacional y responsables educativos insisten en que la aparente inocuidad no exime a estos fenómenos de efectos negativos: afectan el clima escolar, generan comportamientos imitativos y consumen tiempo que debería dedicarse a la enseñanza. Desde las comisarías se subraya la necesidad de distinguir entre modas que sólo distraen y conductas que pueden escalar hacia situaciones peligrosas.

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Para el profesorado, el problema es doble: además de interrumpir las sesiones, estos retos minan la autoridad en el aula cuando no se aplican medidas firmes y coherentes. Varios docentes consultados por este medio apuntan que la repetición de estas conductas resta eficacia a la docencia y dificulta la gestión de la disciplina, con consecuencias que llegan hasta la organización de actividades extraescolares. Algunas asociaciones de profesores han manifestado su rechazo a participar en excursiones o actividades fuera del centro cuando el nivel de indisciplina pone en riesgo el cumplimiento de las normas de convivencia. El desgaste acumulado ayuda a entender por qué hay educadores que optan por marcar límites más estrictos en la vida escolar.

La dinámica que alimenta estos retos responde en gran medida a la estructura de las redes sociales: la búsqueda de «me gusta», la viralidad y el refuerzo inmediato del grupo. En la adolescencia, la jerarquía social y la necesidad de aceptación incrementan la presión por cumplir pruebas que, aún siendo inofensivas en apariencia, sirven para ganar estatus entre los compañeros. Además, el fácil acceso a dispositivos móviles permite grabar y difundir esas acciones con rapidez, lo que convierte cualquier aula en escenario potencial de exhibición online. Profesores y familias coinciden en que una mayor alfabetización digital ayudaría a entender las consecuencias reales de compartir este tipo de contenidos.

Las respuestas de los centros han incluido medidas prácticas: confiscación temporal de objetos, aviso a las familias, partes de conducta y en casos reiterados aplicación de sanciones contempladas en los reglamentos internos. También se recomienda a los equipos directivos mantener una comunicación fluida con los padres para explicar el impacto educativo y social de estas modas, y para consensuar límites sobre el uso de dispositivos en horario lectivo. Algunas direcciones han reforzado normas sobre el almacenamiento de móviles y la obligatoriedad de dejar los dispositivos en mochilas o taquillas durante la clase. La intención es recuperar el tiempo académico perdido sin criminalizar en exceso conductas que, en muchos casos, nacen de la curiosidad juvenil.

Tanto la Policía Nacional como agentes educativos abogan por campañas informativas que sensibilicen sobre los riesgos de los retos virales y fomenten el diálogo entre profesores, familias y alumnado. A nivel práctico, sugieren supervisión en el uso de redes, talleres de convivencia y educación emocional que permitan a los adolescentes gestionar la presión social sin recurrir a conductas llamativas. La prevención se entiende aquí como la herramienta más eficaz para evitar que modas aparentemente inocuas se conviertan en problemas más graves de disciplina o seguridad. La coordinación entre instituciones y centros escolares se presenta como clave para una respuesta proporcionada.

El fenómeno de llevar objetos insólitos al aula ilustra cómo la cultura digital redefine los comportamientos en los centros educativos y obliga a adaptar normas y protocolos. Aunque la mayoría de los retos se resuelven sin incidentes serios, la lección para la comunidad educativa es clara: la vigilancia, la comunicación y la educación en el uso responsable de las redes son necesarias para preservar el tiempo de aprendizaje y mantener el orden en las aulas. Mientras tanto, es previsible que las modas sigan mutando y que los colegios deban permanecer alerta ante nuevas formas de exhibición y provocación en el espacio escolar.

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Sofía Martínez

Periodista de Galicia Universal.

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