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Arctic Metagaz, el buque ruso a la deriva en el Mediterráneo que amenaza con convertirse en un desastre ecológico y diplomático

Un metanero ruso, el Arctic Metagaz, permanece a la deriva en el Mediterráneo central desde hace semanas, cerca de las aguas de Italia, Malta y Libia, con toneladas de hidrocarburos a bordo y sin que nadie quiera hacerse cargo de su salvamento. El riesgo de explosión, el elevado coste de la operación y el enredo jurídico por la bandera y las sanciones han convertido la nave en lo que algunos ya califican como una auténtica bomba de relojería ambiental y diplomática.

La nave, su carga y el peligro inmediato

Fuentes oficiales indican que el buque fue atacado por drones y abandonado por su tripulación; no existe una versión única sobre la autoría del ataque y la responsabilidad aún no está clara. Según datos facilitados por Protección Civil italiana, el Arctic Metagaz circula rumbo sur y, en las últimas horas, se encontraba a unas 60 millas de las aguas territoriales libias —equivalentes a 72 millas de la costa—, desplazándose a la deriva impulsado por el viento. A bordo hay, al menos, 450 toneladas de aceite combustible y 250 toneladas de diésel; las primeras estimaciones apuntan además a que el gas licuado podría haberse evaporado, aunque esos cálculos permanecen sujetos a verificación.

Remolcar la embarcación hasta aguas someras para asegurarla o intentar un salvamento directo son las hipótesis técnicas que barajan los equipos de emergencia. No obstante, cualquier maniobra entraña riesgos: un golpe mal calculado podría provocar un incendio o una explosión que liberaría gran cantidad de productos contaminantes al mar. A falta de aseguradora dispuesta a aceptar el riesgo y de un Estado que autorice y costee las operaciones, la nave sigue sujeta únicamente a corrientes y previsiones meteorológicas.

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«Este no es un problema de Italia o de Malta, sino un problema de Europa»,

declaró Chris Bonnet, ministro de Transportes de Malta, subrayando la dimensión supranacional del problema. Desde Moscú, la portavoz Maria Zakharova ha señalado que, según su interpretación del derecho internacional, la responsabilidad de intervenir correspondería a los Estados ribereños más próximos, una posición que complica aún más la búsqueda de una solución coordinada.

La sombra de la «flota fantasma» y el laberinto jurídico

La situación no se explica únicamente por una emergencia técnica. El caso ha desvelado la existencia, denunciada por organizaciones ambientalistas, de una red de embarcaciones que operan con prácticas destinadas a sortear sanciones y controles: trasvases de crudo en alta mar, apagado de sistemas de rastreo y cambios de bandera o registro que dejan a los buques sin cobertura clara. Greenpeace Italia llegó a documentar la vigilancia de 52 petroleros frente al golfo de Augusta en 2024, identificando 33 trasvases de crudo entre barcos, lo que dio pie a denuncias sobre una posible complicidad pasiva de puertos europeos.

Ese entramado explica en parte por qué hoy se habla de un «buque fantasma»: no figura con pólizas operativas sólidas, su estatus legal es opaco y el propietario efectivo no aparece con facilidad ante las autoridades. La consecuencia práctica es simple y brutal: ni las compañías de salvamento convencionales ni los Estados quieren exponerse a asumir una operación cuyos costes, en caso de complicación, podrían alcanzar cifras millonarias y conllevan además responsabilidad por daños ambientales.

En la memoria colectiva de Galicia, donde la catástrofe del Prestige marcó a una generación entera, este tipo de imágenes despiertan temores comprensibles. No es la misma cuenca —aquí se habla del Mediterráneo—, pero la lección sobre la fragilidad de los ecosistemas y la dificultad de gestionar vertidos a gran escala permanece vigente. Los pescadores y asociaciones medioambientales del noroeste español siguen con atención los movimientos políticos en Bruselas y Roma.

Diplomacia tensa y posibles soluciones

Ante la paralización inicial, una coalición de nueve países europeos —liderada por Italia y Francia— ha remitido una carta a la Comisión Europea reclamando una acción más decidida. En ella alertan de que las condiciones precarias de la nave, unidas a la naturaleza especializada de su carga, constituyen una amenaza directa y seria de desastre ecológico en el corazón del espacio marítimo comunitario. La petición busca también emprender medidas más incisivas contra embarcaciones de la llamada flota rusa bajo sanciones.

En términos prácticos, la Unión dispone de herramientas, pero su activación choca con limitaciones jurídicas y políticas. Podemos enumerar, sin pretender exhaustividad, dos caminos técnicos: el remolque a aguas someras para un salvamento controlado y la transferencia segura de la carga a otro buque. Ambas opciones requieren personal altamente especializado, autorización de puertos para recibir la nave o la carga, y fondos para cubrir gastos y riesgos. Quien pague, además, podría verse obligado a asumir responsabilidades posteriores, incluidas demandas y reclamaciones transnacionales.

La alternativa más temida es la inacción: un hundimiento en alta mar podría provocar daños irreparables en hábitats sensibles, afectar rutas pesqueras y, en el peor de los casos, originar un incendio de difícil contención. Los plazos son cortos y las mareas, impredecibles; cada hora sin intervención multiplica el coste ambiental y económico de una posible crisis.

Europa está obligada a articular una respuesta común. El caso del Arctic Metagaz revela no solo una emergencia ambiental, sino una laguna en las normas internacionales sobre buques de países sancionados, seguros y salvamento. La Comisión y los Estados miembros tendrán que decidir si crear mecanismos específicos de financiación y coordinación para estas contingencias o dejar que las operaciones queden a merced de acuerdos puntuales y, muchas veces, insuficientes.

Para Galicia, la lección vuelve a ser práctica y moral. Las costas gallegas aprendieron a no fiarse de soluciones improvisadas y a exigir sistemas de prevención y respuesta rápida. Aunque el Mediterráneo es otra geografía, lo que ocurra allí tendrá efectos en toda la cuenca y en la percepción pública sobre la capacidad europea para proteger sus mares. La pelota ahora está en Bruselas y en los gobiernos ribereños: tiempo habrá de medir responsabilidades, pero la prioridad debe ser contener el riesgo antes de que sea demasiado tarde.

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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