El capital acumulado en Cuba entre los siglos XIX y XX sirvió de base para la creación y expansión de varias empresas que marcaron la economía gallega en el siglo XX. Las fortunas provenientes del comercio azucarero y del tráfico de ganado financiaron industrias, bancos y proyectos familiares que llegaron hasta la creación de marcas como Zeltia y Pescanova. La saga empresarial, que arrancó en Cuba y se consolidó en España, revela cómo riqueza familiar y decisiones políticas interactuaron durante décadas. El resultado fue una mezcla de expansión internacional, rescates públicos y polémicas empresariales.
El origen de este conglomerado remonta al emigrante Marcos Fernández González, que amasó ahorros en la isla y los reinvirtió en negocios de ganado al volver a la Península. Su hijo, Antonio Fernández Fernández —más conocido como Antón de Marcos— continuó y amplió ese negocio a finales del XIX y principios del XX. La familia diversificó en el sector cárnico y la conserva, sentando las bases de su posterior crecimiento industrial.
En 1935 los hermanos de la saga iniciaron en Mérida una actividad de comercialización de carne en conserva que, durante la convulsa primera mitad del siglo XX, les procuró contratos relevantes. Fueron proveedores, entre otros, del Ejército sublevado durante la Guerra Civil y, posteriormente, llegaron a suministrar a fuerzas extranjeras en conflicto. Con esos beneficios promovieron la creación de varias industrias en Galicia, incluido el germen de lo que serían Zeltia en 1939 y Pescanova en 1960.

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Otro actor clave en la saga fue José Fernández López, que gestionó negocios cárnicos y puso en marcha empresas como La Corchera Extremeña SA. Además introdujo el cultivo del kiwi en España y participó en la creación de lo que hoy se conoce como Kiwi España SA, ampliando el negocio familiar hacia la agroindustria. Su trayectoria personal y empresarial dejó una numerosa descendencia que siguió vinculado al mundo de la empresa.
Entre sus hijos destacó José María, químico con formación en IESE, que en 1986 fundó PharmaMar y décadas después la integró con Zeltia, operación que llevó al grupo a cotizar en bolsa en 2015. Durante la pandemia, PharmaMar desarrolló un fármaco cuya evaluación por la Agencia Europea del Medicamento se saldó con un rechazo inicial y una posible reapertura de análisis por parte de instancias europeas. En paralelo, la figura pública de José María quedó salpicada por su aparición en listados relativos a vacunaciones polémicas.
La otra rama empresarial más visible en el sector pesquero estuvo encabezada por Manuel Fernández de Sousa, que se incorporó a Pescanova en 1977 y asumió la dirección general al año siguiente. En 1980, con apenas 29 años, accedió a la presidencia y protagonizó la internacionalización del grupo y su salida a bolsa en 1985. Bajo su mandato Pescanova se convirtió en un referente global en productos del mar y en un emblema empresarial gallego.
Crecimiento, rescates y movimientos polémicos
La expansión no estuvo exenta de tensiones financieras. En 1995 la Xunta de Galicia inyectó 42 millones para aliviar problemas económicos del grupo, a cambio de salvaguardar la marca como activo clave para la comunidad. Ese auxilio público puso de manifiesto la dependencia de ciertas empresas regionales respecto a apoyos institucionales en momentos de estrechez financiera.
En 1996 se produjo una reconfiguración accionarial que llevó a la salida de Manuel del consejo y a la separación entre hermanos, con intercambios de participaciones que cambiaron el control del grupo. Más adelante, un proyecto de piscifactoría que la Xunta rechazó en 2005 por su ubicación en un espacio protegido se trasladó a Portugal en 2009 con una inversión anunciada de 140 millones. La decisión de la Administración gallega de cancelar el proyecto en 2011 generó informaciones y rumores sobre la influencia de gestiones realizadas por directivos relacionados con la familia.
La evolución de Pescanova acentuó la lectura de que la contabilidad pública puede ocultar realidades financieras complejas. Casos como este ejemplifican cómo una empresa que exhibe solvencia aparente puede enfrentarse a problemas estructurales no visibles a simple vista, con consecuencias para trabajadores, proveedores y administraciones.
La historia de estas familias empresariales también incluye donaciones filantrópicas y una huella notable en el paisaje industrial gallego. El flujo de capitales desde Cuba a la Península impulsó industrias que transformaron ciudades y consolidaron apellidos en la economía regional.
Hoy, la memoria de estos episodios sirve para recordar la interdependencia entre patrimonio familiar, decisiones de negocio y políticas públicas. Más allá del prestigio y la expansión internacional, la experiencia sugiere la necesidad de mayor transparencia contable y de controles que eviten que la apariencia de solvencia o el peso histórico de una marca oculten riesgos reales para la economía y el empleo locales.
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