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China e a guerra de Irán

China e a guerra de Irán

Rusia y China condenaron el reciente ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, según comunicados emitidos desde Moscú y Pekín, en un gesto diplomático de perfil bajo que tuvo lugar esta semana. Desde la capital rusa la reacción llegó por boca de Vladimir Putin, y en Pekín a través de un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, que prefirió un tono mesurado. El silencio combativo evita por ahora una escalada abierta, pero la respuesta de ambos países se inscribe en la creciente rivalidad con Washington y en la prudencia estratégica de China. La coincidencia temporal con la anunciada —aunque todavía sin fecha— visita a China del presidente estadounidense Donald Trump añade una lectura política a esas declaraciones.

El matiz de las comunicados importa: no solo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen. La postura de Pekín se mantuvo comedida y calculada, lo que, según analistas consultados, sugiere que China prefiere un pulso a largo plazo con Estados Unidos antes que respuestas inmediatas y arriesgadas. En este contexto, el tono de Moscú resultó más incisivo en los mensajes públicos, aunque informaciones aparecidas en la prensa apuntan a que Rusia pudo facilitar a Irán datos sobre bases norteamericanas en países del Golfo Pérsico. Ambas reacciones muestran, sin embargo, que la crisis en Oriente Medio no se limita a actores regionales y abre una nueva fase en la competencia global.

La naturaleza del régimen chino explica en parte su modo de actuar en crisis internacionales: se trata de un Estado de partido único cuyos mecanismos de sucesión no obedecen a procesos electorales comparables a los de Occidente, y todo indica que el liderazgo de Xi Jinping continuará en el horizonte próximo. Esa estabilidad aparente permite a Pekín diseñar estrategias a medio y largo plazo, guiadas por intereses comerciales y geoestratégicos más que por ciclos electorales externos. Esa ventaja estructural pesa en la manera en que China decide cuándo y cómo intervenir en conflictos que pueden afectar sus suministros y sus inversiones globales.

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El episodio de Venezuela, mencionado por algunos observadores, sirve de referencia para entender la prudencia china. El autor del texto original recuerda la escasa protesta oficial de Pekín frente a la intervención estadounidense en ese país caribeño y apunta que, en su momento, China dependía de Caracas tanto como de Teherán para parte de su suministro energético. Cabe apuntar que la versión sobre la detención de Nicolás Maduro no cuenta con consenso internacional; aún así, la percepción de pérdida de influencia en Hispanoamérica frente a gobiernos conservadores próximos a Washington preocupa a Beijing.

En África, en cambio, la presencia china sigue creciendo: Pekín ha reducido aranceles, asumido parte de la deuda de varios países y multiplicado proyectos de infraestructuras que consolidan su influencia económica y política. Esa estrategia le ha otorgado capacidad de maniobra en múltiples frentes, aunque no es impermeable a los vaivenes geopolíticos. En Latinoamérica, la llegada al poder de liderazgos más próximos a Washington ha limitado temporalmente la expansión china en ciertos países, pero la relación comercial y financiera sigue siendo profunda y compleja.

Frente a la crisis iraní, el Gobierno chino ha optado por no implicarse de forma directa, al menos por ahora, y vigila la evolución con cautela. Los analistas subrayan que la respuesta de Pekín dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos sobre el terreno y de los costes que impliquen para sus intereses energéticos y comerciales. Entre las medidas que podrían contemplarse figura un endurecimiento de la política respecto a Taiwán o maniobras económicas y diplomáticas diseñadas a minar la capacidad de Washington para imponer su agenda global.

La crisis demuestra, además, que la competición por la hegemonía global ya no es bilateral en términos estrictos: es una suma de confrontaciones regionales que pruebas alianzas y dependencias. Rusia, que en ocasiones actúa como aliado táctico de Irán, parece haber quedado algo rezagada frente al ascenso económico y diplomático de China, que dispone de mayores recursos para proyectar influencia a largo plazo. En este tablero, la Unión Europea aparece sin un papel central y con una capacidad limitada para mediar entre las potencias.

La respuesta de Pekín será determinante para calibrar la dimensión global del conflicto en Irán. Por ahora, China prefiere la discreción y la acumulación de poder blando y económico antes que la confrontación abierta, pero la situación podría cambiar según se aceleren los acontecimientos en Oriente Medio. Mientras tanto, el mundo observa cómo la rivalidad entre grandes potencias reconfigura alianzas y obliga a actores regionales a redefinir sus estrategias en un escenario cada vez más polarizado.

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Sofía Martínez

Xornalista de Galicia Universal.

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