Una mujer iraní pasa frente a un mural antiEEUU en Teherán el 26 de febrero, dos días antes del ataque. / ABEDIN TAHERKENAREH / EFE
Las nefastas consecuencias de las intervenciones de Estados Unidos en Oriente Próximo dan la impresión de haber caído en saco roto.
Basta remontarse a finales de 1980, un par de meses después del inicio de la guerra Irán-Irak, para dar con un solvente informe del Departamento de Estado en el que se afirma: «Cualquier intervención directa en la guerra o de apoyo a un bando chocará con la imprevisibilidad de ambos gobiernos (…) No hay vías para un acuerdo de pacificación».
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Conoce más →El reputado analista Richard Haass ha escrito muchos años después, a propósito de la orden de ataque contra Irán dada por Donald Trump: «Una vez más, Estados Unidos ha optado por asumir un compromiso estratégico masivo en Oriente Próximo. Pero si bien se necesita un bando para iniciar una guerra, se necesitan dos para ponerle fin, e Irán ahora tiene voz y voto en la magnitud y duración de este conflicto».
El papel de Estados Unidos en los conflictos de Oriente Próximo
La decisión del presidente Jimmy Carter de acudir en ayuda de Sadam Husein frente a la recién creada república de los ayatolás estuvo íntimamente relacionada con el desafío de Ruhollah Jomeini de mantener en su poder a 52 rehenes capturados en el asalto a la Embajada de EEUU en Teherán –una operación de rescate fracasó estrepitosamente el 24 de abril de 1980–.
La guerra desatada el 28 de febrero en Irán tributa en lo que el profesor de la Universidad de Yale Timoty Snyder llama «intereses personales y económicos de Trump» sin mayores consideraciones morales.
El caso es que la larga guerra irano-iraquí (1980-1988) acabó con la aceptación por las partes de la resolución 598 del Consejo de Seguridad de la ONU, sin modificación de las fronteras y sin que la rivalidad entre las comunidades suní y chií de Irak desarmara la solidez del régimen de Sadam.
Sucedió, en cambio, que el aliado necesario de Estados Unidos pasó a ser en poco tiempo el adversario incontrolable que el 2 de agosto de 1990 invadió Kuwait, se anexionó el pequeño emirato y lo convirtió en provincia propia.
La intervención de EEUU (16 de enero-28 de febrero de 1991) a partir de una resolución de la ONU cumplió con el objetivo de liberar Kuwait, pero hizo de Irak un Estado paria, foco permanente de inestabilidad en una región de por sí inestable.
Las guerras del Golfo y sus consecuencias
No fue el síndrome del «trabajo a medio hacer», citado por los ‘neocon’ en fecha posterior, sino la discontinuidad en la gestión de la posguerra y el efecto de las sanciones lo que dio pie a una situación extremadamente volátil en Oriente Próximo –la opinión de Haass–, semejante al vaticinio hecho 30 años antes por John Foster Dulles, secretario de Estado del presidente Dwight D. Eisenhower: «Es un escenario complejo que siempre será inestable».
Aun así, Henry Kissinger dio en su libro ‘Orden mundial’ un valor excepcional al desenlace y consecuencias de la primera guerra del Golfo al presentar como adecuada la relación entre el propósito perseguido y la posibilidad de cumplirlo. «Solo en la primera guerra del Golfo (…) Estados Unidos cumplió los objetivos que había postulado».
Por el contrario, Richard Cheney, secretario de Defensa en 1991, llamó en alguna ocasión «falsa victoria» al final de la primera guerra del Golfo, aunque la decisión del presidente George H. W. Bush de detener el avance en suelo iraquí se atuvo a los términos del mandato de la ONU.
Y hay datos suficientes para colegir que el general Norman Schwarzkopf, que mandó el despliegue, acató de mala gana no seguir hasta Bagdad.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cambiaron para siempre el enfoque estratégico del papel de Estadios Unidos en Oriente Próximo.
Explica Bob Woodward en ‘Plan de ataque’ que la respuesta al terrorismo de Al Qaeda dio alas a la doctrina de actuar en solitario si no era posible la coalición, como lo fue en 1991.
El nuevo paradigma fue fruto del desenlace de una división profunda en el Consejo de Seguridad Nacional entre dos enfoques: el de Condolezza Rice (acabar el trabajo en Irak, pendiente desde 2001) y el de Colin Powell (limitar la respuesta al desmantelamiento del régimen talibán).
«Cada uno de ellos –escribe Woodward– tenía una visión totalmente distinta de lo que era posible y de lo que era necesario». Se impuso Rice, que interpretó la invasión de Afganistán (octubre-diciembre de 2001) como el prolegómeno de la operación principal: terminar con el régimen de Sadam, aunque Irak nada tuvo que ver con el 11S.
Afganistán, Irak y el auge del ISIS
La guerra de Afganistán terminó momentáneamente con el régimen talibán y obligó a Osama bin Laden y sus secuaces a buscar refugio en Afganistán, pero estuvo lejos de consolidar un sistema democrático, incapaces el cuerpo expedicionario estadounidense y el nuevo Ejército afgano de controlar el territorio y evitar una vuelta paulatina de las milicias islamistas, apoyadas por los señores de la guerra, muchos de ellos cultivadores de la amapola de opio.
Se pasó así de la inestabilidad provocada por los talibanes a la inherente a un sistema de nueva planta, tutelado por Estados Unidos, pero incapaz de extender su poder más allá de Kabul y algunas ciudades militarizadas.
Un exoficial británico explicó en el periódico ‘The Guardian’ que Estados Unidos había despreciado las enseñanzas de las derrotas de su país y de la Unión Soviética en suelo afgano.
La retirada a toda prisa de Estados Unidos ordenada por el presidente Joe Biden en agosto de 2021 y la restauración de la dictadura talibán vinieron a corroborar la opinión del profesor francés Bertrand Badie: «Desde 1945, ninguna guerra ha terminado con una batalla decisiva que da un vencedor».
Badie recuerda también que ninguna gran potencia ha ganado una guerra desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y va más allá cuando afirma, a partir de la tragedia de Gaza, que «en Oriente Próximo estamos en una escalada de lo inimaginable».
El desenlace y las consecuencias de la segunda guerra del Golfo tuvieron algo de inimaginables.
Más allá de las operaciones militares (20 de marzo-9 de abril de 2003), que culminaron con la conquista de Bagdad, y del precipitado anuncio de «misión cumplida» de George W. Bush en la cubierta de un portaviones, el 1 de mayo, enseguida afloraron la mala planificación de las operaciones hecha por Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, la falsedad de las armas de destrucción masiva, que justificaron el ataque y que eran inexistentes, las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, la manipulación de la opinión pública y el clima de guerra civil, efectiva o larvada, que sacudió al país durante años.
Personajes como Abu Musab al Zarqaui, líder hasta su muerte de Al Qaeda en Irak, y del clérigo chií Muqtada al Sadr, personificaron la inseguridad que siguió a la guerra, el foco de inestabilidad en que se convirtió Irak a pesar de la custodia estadounidense y la precariedad del régimen desde entonces.
Paradojas y errores de Estados Unidos en la región
Al completarse el 18 de octubre de 2011 la retirada total de Estados Unidos de Irak, ordenada por Barack Obama, hubo ocasión de recordar una realidad olvidada, reseñada años antes por el periodista Robert Fisk en el diario ‘The Independent’: «Quienes crearon el poder militar de Sadam no fueron las masas trabajadoras de Irak, sino Occidente, que abasteció su república del terror con créditos, alimentos y medios para su propia destrucción».
Un comportamiento íntimamente relacionado con la incapacidad de Estados Unidos para sacar conclusiones de todos los fracasos en la región.
Baste un dato: la Oficina para la Reconstrucción y la Asistencia Humanitaria, creada por Estados Unidos tras la caída de Sadam, funcionó con un equipo donde los conocedores del país eran clara minoría.
Por lo demás, el nacimiento y expansión del ISIS –Daesh y Estado Islámico, sus otros nombres– son inseparables del descontrol en territorio iraquí, el acomodo en él del núcleo fundador de las milicias de Abu Bakr al Baghadadi y de la sangrienta realidad del califato a partir de 2014.
Todo ello ha hecho posibles paradojas como la derrota relámpago en Siria de Bashar al-Asad (8 de diciembre de 2024) y la instalación en Damasco de un Gobierno encabezado por un antiguo yihadista, Ahmed al-Sharaa, que, a ojos de la Casa Blanca, ha pasado a ser el líder necesario por su carácter estabilizador, aunque EEUU llegó a ofrecer 10 millones de dólares por información que permitiera capturarle.
De hecho, el comportamiento de EEUU en Oriente Próximo ha navegado siempre en un mar de paradojas con tal de garantizar la consistencia de un esquema de seguridad en la región basado en la hegemonía de Israel y el auxilio de Arabia Saudí y Egipto, más la pretensión irrenunciable de mantener a Rusia y China alejadas del escenario.
De acuerdo con el diagnóstico hecho en su día por Robert Fisk, nunca tuvo en cuenta EEUU la naturaleza específica de los conflictos en Oriente Próximo, y así llegaron los fracasos.
En el mejor de los casos, prevaleció la idea de involucrarse en proyectos de construcción nacional a partir de ideas preconcebidas, desdeñando el poder inteligente, un concepto realista desarrollado por Joseph Nye, y acumulando despropósitos desde hace casi medio siglo como de la historia se deduce.
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