Lavacolla cerrará sus pistas durante 35 días, entre el 23 de abril y el 27 de mayo, para ejecutar obras de mantenimiento que la Xunta ha programado desde hace meses. El parón supone un impacto económico claro para Santiago: desde la paralización de concesiones en el propio aeropuerto hasta la posible pérdida de pernoctaciones y el encarecimiento de los desplazamientos empresariales. Sin embargo, los expertos consultados por este diario insisten en que es imposible dar ahora una cifra fiable del coste total: faltan variables clave sobre la reacción real de los viajeros.
La primera ola: la parada dentro del aeropuerto
El efecto más inmediato se verá en la actividad que vive dentro de la terminal. Cafeterías, tiendas, servicios de handling y concesiones dejarán de facturar durante, al menos, el mes y medio de cierre efectivo, y algunos negocios sufrirán también la inactividad previa y posterior por la logística ligada al corte. Según la profesora de Economía Aplicada de la USC, María Cadaval, muchos establecimientos que dependen del tránsito aeroportuario sostienen plantillas con contratos temporales o ligados a picos de demanda, y “durante dos meses aproximadamente van a estar sin trabajar”.
Ese golpe directo —la caída de ingresos por tasas y servicios aeroportuarios— es el que, a la postre, será más sencillo de cuantificar cuando concluyan las obras: se podrán comparar facturación y tasas respecto a periodos equivalentes. Aun así, ese cálculo no recoge el efecto multiplicador que se cuela más allá de la verja del recinto: taxis, empresas de alquiler de vehículos, agencias de transfer y los empleos asociados sentirán la merma de pasajeros como una contracción real del mercado local.
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Conoce más →“Es muy difícil cuantificarlo a priori”, señala María Cadaval, que rechaza las cifras que ya circulan sin un modelo técnico que explique cómo reaccionará la demanda.
Un palo para el turismo: menos estancias y menor gasto
Fuera del perímetro aeroportuario la preocupación crece. Santiago recibe en abril y mayo entre 300.000 y 350.000 viajeros, según los datos citados por los expertos, una antesala de la temporada alta que incluye peregrinos, turismo urbano y congresos. La falta de vuelos directos introduce un freno en las decisiones de viaje: parte del público puede optar por cancelar, otros reprogramarán su llegada a través de A Coruña, Vigo o incluso Oporto.
La sustitución de aeropuerto no es inocua. Si un visitante aterriza en A Coruña o en Vigo tiene que reorganizar su itinerario —traslados, horarios y, a menudo, costes añadidos—; muchos acabarán reduciendo la duración de la estancia. “Los que mantengan el viaje probablemente pasarán menos días en la ciudad”, advierte Cadaval, y ese acortamiento repercute de forma directa en hoteles, hostelería, comercio y servicios turísticos. Menos noches implica menos reservas y menos consumo en restaurantes; el impacto, por tanto, se produce por doble vía: menos viajeros y menos gasto por viajero.
El efecto sobre el Camino de Santiago también es relevante, aunque difícil de aislar. Abril y mayo suelen concentrar visitantes que combinan turismo cultural con etapas del Camino; la incomodidad de llegar al aeropuerto adecuado puede desplazar a peregrinos a rutas o destinos con mejor accesibilidad, o bien empujarles a posponer su viaje hasta la normalización de las conexiones aéreas.
“Los que mantengan la visita probablemente pasarán menos días en la ciudad”, apunta la economista, sintetizando el doble impacto que afronta la hostelería compostelana.
Empresas, congresos y el coste del tiempo
Más allá del turismo, el cierre tiene implicaciones para el resto de la actividad económica. La operación desde aeródromos alternativos aumenta el coste logístico: organización, traslados y, en ocasiones, alojamiento adicional. Cadaval sitúa ese sobrecoste “de media entre 200 y 300 euros por persona” en eventos y congresos que ven multiplicado el desembolso cuando los participantes deben viajar desde otros aeropuertos. Ese incremento, trasladado a decenas o cientos de asistentes, convierte un congreso rentable en algo mucho más caro o incluso inviable desde el punto de vista financiero.
Además del precio directo, existe un impacto menos visible pero no por ello menor: el tiempo. El desplazamiento añadido implica horas de trabajo perdidas, coordinación extra y mayor complejidad organizativa. Para empresas gallegas con relaciones internacionales —desde pymes exportadoras a centros tecnológicos y administraciones— esa pérdida de eficiencia puede traducirse en retrasos en proyectos y mayor coste de oportunidad.
En este escenario, las pymes del sector servicios son las que menos colchón financiero tienen para asumir estos sobrecostes. Hoteles de categoría media, restaurantes familiares y agencias locales de viajes afrontan una reducción de la ocupación justo cuando meses de temporada temprana deberían permitir compensar el bache invernal.
Mitigación y horizonte: medidas posibles y el reto de la reconstrucción
La obra en la pista está ya programada y responde a necesidades de seguridad y capacidad a medio plazo. La mejora de la infraestructura debería traducirse en un aeropuerto más eficiente y preparado para la demanda creciente en próximos años, pero el tramo de dolor inmediato exige medidas de alivio que, por ahora, no están todas decididas públicamente. El sector turístico y empresarial apunta a soluciones como refuerzo de frecuencias ferroviarias, acuerdos de traslados con aeropuertos próximos o campañas de promoción para compensar la caída de viajeros.
La Administración —ayuntamientos, Xunta y entidades turísticas— tendrá que calibrar intervenciones puntuales: ayudas directas, promoción específica para recuperar pernoctaciones o incentivos para eventos que mantengan su celebración en la ciudad. También es momento para que empresas y organizaciones revisen su planificación de acontecimientos y potencien fórmulas híbridas que reduzcan la dependencia del viaje físico.
Si bien es imposible hoy cerrar una factura final del impacto, el cierre de Lavacolla funciona ya como una prueba de estrés para el modelo económico de Santiago. La ciudad ha demostrado en otras ocasiones su capacidad de adaptación —desde reconfiguraciones del Camino hasta crisis económicas recientes—, pero esta situación exige coordinación rápida y medidas concretas para que las pérdidas sean las menores posibles y la recuperación tras las obras sea rápida.
Queda, en último término, la cuestión de la percepción: sustituir la incomodidad por confianza. Si la obra se comunica con transparencia, si se ponen en marcha ayudas y si el verano confirma una recuperación de turistas y congresos, el coste real habrá quedado amortiguado. Si no, la factura será más visible en terrazas vacías de la Praza do Obradoiro, en reservas que no se desarrollan y en negocios que habían apostado por la temporada temprana para sostener empleo.
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