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El incendio de Chandrexa de Queixa: 24 días que dejaron 23.036 hectáreas ennegrecidas

El 8 de agosto, en la parroquia de Requeixo (Chandrexa de Queixa), comenzó un fuego que no volvería a dormir hasta el 31 del mismo mes. En esas tres semanas y media el infernal avance por el Macizo Central arrasó 23.036 hectáreas —de las que 20.636 son monte raso y 2.373 arbolado—, obligó a evacuar campamentos y una residencia, y movilizó a cientos de efectivos aéreos y terrestres. Para quienes viven en el corazón rural de Ourense, lo sucedido no fue una estadística: fue una sacudida que dejó paisajes ennegrecidos, casas calcinadas y una sensación de vulnerabilidad pocas veces vista.

El fuego y sus cifras

La ola que partió en Requeixo no fue un único frente. Durante las primeras horas se produjo una lucha desesperada por contener llamas que parecían domables, hasta que el viento cambió las reglas del juego. El fuego se unió al que venía de Vilariño de Conso y se extendió por municipios como Manzaneda, Laza, Montederramo, O Bolo y A Pobra de Trives. En total, y tras casi un mes de trabajo, las llamas quedaron extinguidas el 31 de agosto tras un operativo masivo: 23 técnicos, 189 agentes, 238 brigadas, 138 motobombas, 21 palas, 17 unidades técnicas de apoyo, 34 helicópteros, 30 aviones y unidades de la UME.

Los testimonios recogen la rapidez con que cambió la situación. Vecinos como Dina Pérez relatan cómo el fuego «vino desde arriba» y, con el empuje del viento, bajó hasta superar ríos y bordear aldeas en cuestión de minutos. «Llegó en 20 minutos», dice Dina sobre el avance que terminó por rodear la aldea de Paradaseca, dejando a su paso pinos y casas calcinadas. La velocidad fue la característica que más marcaría a la población: no solo ardían hectáreas, sino la posibilidad de reaccionar con calma.

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La magnitud también se tradujo en recursos humanos y materiales, y en noches en vela. Fueron 24 días de trabajo continuado —del viernes 8 al domingo 31 de agosto— en los que las columnas de humo y los sobrevuelos de medios aéreos se convirtieron en una banda sonora constante. El coste humano y económico aún no está cerrado y tendrá consecuencias en los presupuestos locales y autonómicos para la recuperación de monte y infraestructuras.

Impacto sobre la población y el patrimonio

Paradaseca es un ejemplo que resume el drama. La aldea, que a principios de septiembre presenta un silencio casi absoluto, sufrió la pérdida de una vivienda ocupada por veraneantes que habían viajado desde Barcelona. El perímetro de la capilla de la Virgen de Guadalupe quedó chamuscado, pero el templo sobrevivió al paso de las llamas, un pequeño alivio en un paisaje mayoritariamente ennegrecido. Como cuenta Lameiro, «el fuego llegó aquí y alguien debió decir: ‘Alto'».

El incendio no se llevó solo monte: también puso en riesgo vidas. La rápida propagación el 12 de agosto obligó a confinar a más de un centenar de menores que participaban en campamentos en la Estación de Manzaneda; aquella noche pasaron en vela, y al amanecer fueron trasladados en autobús hasta el Parque Acuático de Monterrei, donde la espera de familiares se saldó entre lágrimas y abrazos. Ese mismo día fueron evacuadas 25 personas con grandes dependencias desde la residencia municipal de Chandrexa, reubicadas en la ciudad para protegerlas.

“A mis 92 años nunca había visto esto”

Palabras como las del vecino Juan Núñez condensan el asombro. A su edad, natural en aldeas que celebran una larga memoria agrícola, nunca había presenciado un incendio así. Relata cómo, regando una caseta, sintió una explosión y una llama «tan ancha como esta carretera» pasar por encima suyo. La violencia térmica dejó daños físicos y sicosociales: algunos vecinos tuvieron que atenderse en centros médicos por irritaciones en garganta y oídos, y el temor ha calado en la población.

Lecciones, propuestas y el futuro del monte

Tras la catástrofe surgen preguntas sobre prevención y gestión. Vecinos como Lameiro plantean medidas prácticas: dotar de «batelumes» y puntos de agua a cada vivienda y reforzar la atención al ganadero y al agricultor, esenciales para mantener un paisaje trabajado que dificulte la continuidad del fuego. No es la primera vez que en Galicia se reclaman inversiones en infraestructura hídrica y coordinación entre medios humanos y técnicos, pero la crudeza de agosto deja la demanda más urgente.

Las causas palpables no son ajenas al cambio climático ni a la gestión del territorio: meses sin lluvia, acumulación de combustibles en montes abandonados y vientos intensos en una orografía complicada —la cara norte del Macizo Central es traicionera para el control de incendios— crearon una tormenta perfecta. A ello se suma la despoblación rural, que reduce la presencia humana y el manejo tradicional del monte; la grieta entre la ciudad y la comarca se hace visible cuando vuelven los veraneantes y descubren su pueblo negro.

La reconstrucción será lenta. La recuperación ecológica de 23.036 hectáreas no se hace en un año: será trabajo de agentes forestales, ganaderos y administraciones. Habrá que decidir qué replantar, cómo prevenir la erosión y qué medidas tomar para facilitar la regeneración natural. A la par, está la urgencia de preparar a la comunidad para futuras emergencias: mejor señalización, puntos de agua accesibles y un plan de evacuación probado que incluya a residencias y campamentos.

Al final, entre la tristeza y la rabia, queda la esperanza aprendida en voz baja por quienes viven aquí: volver a ver la tierra verde. Para muchos, como para los que vienen cada verano desde Madrid o Barcelona, la meta no es solo restaurar un paisaje, sino recuperar la sensación de seguridad y arraigo que otorga tener un monte cuidado. Ese objetivo será la verdadera medida del éxito de las políticas y de la respuesta colectiva en los meses y años que vienen.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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