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El machismo que no descansa: «A ellos se les exige menos y se les agradece más»

El machismo que no descansa: «A ellos se les exige menos  y se les agradece más»

Chus Lago, Rosa Campos y Mercedes Renda (izq. a dcha.), en el CIM de Pontevedra. / GUSTAVO SANTOS

En el Centro de Información á Muller (CIM) de Pontevedra no se habla de la violencia machista en abstracto. Se habla de lo que llega cada día a consulta: mujeres que tardan años en pedir ayuda, menores convertidos en instrumento de castigo, pensiones que no se pagan, procesos judiciales que desgastan y una presión constante que no siempre deja huella física, pero sí una profunda erosión emocional.

Con motivo del 8M, Día Internacional de la Mujer, Rosa Campos, directora del centro; Mercedes Renda Melón, agente de Igualdad, y Chus Lago Barreiro, asesora jurídica, ponen voz a una realidad que, lejos de remitir, se transforma y se rearma.

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Saturación y dificultades en la atención

La primera señal de alarma está en la propia carga asistencial. «No damos abasto», resume Rosa Campos.

El CIM atiende casi en exclusiva a víctimas de violencia de género y la saturación ya afecta a la capacidad de respuesta, sobre todo en la atención psicológica.

«Aquí hay que atender en el momento», advierte la directora. No es una frase hecha.

En la violencia machista, una demora puede significar perder a una mujer que por fin se había decidido a dar el paso. Puede volver con el maltratador, puede dudar, puede sentirse culpable o puede convencerse de que lo suyo «no era para tanto».

Esa es, precisamente, una de las trampas más persistentes del maltrato: muchas víctimas no identifican como violencia lo que están viviendo.

Las trampas del maltrato y el machismo cotidiano

Las trabajadoras del CIM lo resumen con crudeza: «El problema es la violencia que ni las propias víctimas ven que eso es violencia lo que están viviendo. Son crisis, son problemas, hay que aguantar, va a haber otra oportunidad…».

En esa lógica se instala un aprendizaje perverso: ellas aprenden a contener, a calmar, a minimizar para evitar que la situación empeore; ellos, en cambio, aprenden que siempre habrá otra oportunidad, que al final serán perdonados, tal y como resume Mercedes Renda.

Existe un machismo cotidiano que no se limita al golpe o a la agresión visible. Hay violencia psicológica, económica, vicaria y judicial.

La violencia psicológica lo abarca todo; es la que va aislando a la mujer, reduciendo su autonomía, dificultando que tome decisiones, alejándola de amistades, de apoyos y de su propia capacidad para interpretar lo que le ocurre.

Violencia tras la ruptura y desigualdad estructural

Uno de los escenarios más duros aparece cuando hay hijos de por medio. Muchas veces, explican las profesionales del CIM, la violencia continúa tras la ruptura y se expresa a través de las visitas, las custodias o el incumplimiento deliberado de acuerdos.

«Muchos lo que quieren es fastidiarla a ella». No se trata de ejercer la paternidad, sino de prolongar el control: llegar tarde, no aparecer, alterar rutinas, incumplir horarios, generar conflicto y angustia alrededor de los menores.

En ese punto, señalan también un sesgo estructural que sigue protegiendo a los hombres. «Vivimos en un sistema patriarcal que hace que ellos partan con ventaja. A ellos se les exige menos y se les agradece más», denuncia Mercedes Renda.

Es una idea igual de demoledora: «Para ser un buen padre lo único que tienes es que querer tener visitas». Frente a la exigencia total que recae sobre las madres, a muchos hombres les basta con la apariencia de implicación para recibir reconocimiento social e incluso respaldo institucional.

Las trabajadoras del CIM de Pontevedra. / Gustavo Santos

Violencia económica, perfiles y prevención

La violencia económica es otra de las formas de maltrato que el centro detecta de forma constante. Son aquellos hombres que dejan de pagar pensiones, que fraccionan ingresos para dificultar denuncias, que cambian de trabajo o trabajan sin contrato para evitar embargos, que ocultan patrimonio o juegan con los tiempos del sistema.

«Se las saben todas», lamenta la directora del CIM pontevedrés.

El resultado suele ser el mismo: mujeres que sostienen en solitario a sus hijos y que, además, renuncian a reclamar por agotamiento o para evitar que el conflicto vuelva a escalar.

Tampoco existe un perfil único de víctima. En el CIM atienden a mujeres con pocos recursos, pero también a profesionales con formación, independencia económica y trayectorias consolidadas.

«No hay perfil, por desgracia», insiste Mercedes Renda. Lo que sí se repite es una carga emocional que se parece mucho en todos los casos. «La culpa y la pena y la vergüenza; esa es la tríada». Esa mezcla paraliza y retrasa la petición de ayuda y alimenta el silencio.

En el ámbito jurídico, Chus Lago Barreiro lleva más de dos décadas acompañando a mujeres. Su trabajo pasa por orientar, revisar recursos, explicar procedimientos y ayudar a traducir un sistema complejo en un momento de enorme vulnerabilidad.

«Ahora es verdad que está como muy hecho, pero en principio fue un poco pico y pala», recuerda sobre los inicios de un trabajo pionero que, pese a los avances, sigue exigiendo una atención primordial.

No todo son retrocesos. Las profesionales del centro sí perciben mejoras en la detección de la violencia de género, sobre todo desde Atención Primaria, salud mental, policías, juzgados y comunidad educativa.

Junto a la atención directa, el CIM mantiene una intensa labor de prevención en colegios e institutos. Y es ahí donde detecta otro frente especialmente preocupante: el avance de los discursos antifeministas entre la juventud.

Para Mercedes Renda, la reacción contra el feminismo no busca tanto debatir como intimidar. «Lo que nos quieren es calladas, que no se nos vea mucho, calladitas, con miedo, asustadas. Esa es la lucha actual: feminismo porque el machismo no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma. Sigue actuando en casa, en los juzgados, en la economía, en las custodias y también en el espacio público y digital».

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.