domingo, 23 de agosto de 2026 | Galicia, España
ÚLTIMA HORA El precio de una dosis: cuando el síndrome de abstinencia dicta la agenda delictiva
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El precio de una dosis: cuando el síndrome de abstinencia dicta la agenda delictiva

El precio de una dosis: cuando el síndrome de abstinencia dicta la agenda delict

Una economía perversa: teléfonos móviles por unas décimas de polvo

El trueque ha regresado a las calles de Ourense, aunque no en la forma que imaginarían los teóricos de la economía colaborativa. En la intrahistoria urbana de la ciudad, un smartphone de última generación puede cambiar de manos por una cantidad ínfima de cocaína, apenas lo que los consumidores llaman un «pico». La devaluación es brutal: un aparato que en el mercado cuesta más de mil euros se intercambia por una sustancia que proporcionará unos minutos de efusión química. Esta anomalía, que podría parecer un episodio aislado, responde a un patrón que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y los juzgados conocen demasiado bien.

Detrás de estos intercambios no hay redes criminales sofisticadas ni receptadores con infraestructura empresarial. Hay, simplemente, la urgencia fisiológica de quien necesita calmar el mono. Y esa urgencia, opina cualquier experto en adicciones, es el peor consejero para planificar cualquier acción, lícita o ilícita.

El circuito de la reiteración: siempre los mismos rostros

Quienes siguen de cerca la actividad en las salas de vista de la provincia lo confirman sin ambages: la rotación de acusados por este tipo de delitos es prácticamente inexistente. Son los mismos nombres, las mismas caras, los mismos expedientes. La reincidencia se convierte en la única constante real del sistema. Un circuito vicioso en el que la prisión y las multas no parecen funcionar como elemento disuasorio, simplemente porque el motor que impulsa la conducta delictiva no responde a la lógica del cálculo coste-beneficio.

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La fase de ejecución penal se cierra a menudo con acuerdos de conformidad. El procesado admite los hechos, asume la condena y, en muchos casos, sale a la calle con la sensación de que no le quedaba otro remedio. No hay arrepentimiento teatral ni propósito de enmienda formulado para la galería. Hay resignación. Una aceptación de que la guerra particular contra la sustancia está perdida y de que cada batalla se libró con las armas de la rendición.

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La verdadera pregunta no es por qué robó, sino qué herramienta terapéutica falló para que el robo se convirtiera en la única respuesta posible.

Fuerzar puertas como síntoma clínico

El modus operandi de estos delincuentes carece de la parafernalia que el cine ha asociado al crimen profesional. No hay casings, ni vigilancia previa del objetivo, ni horarios meticulosamente estudiados. El acceso a establecimientos o vehículos se ejecuta a la fuerza, con escaso disimulo y nula planificación. ¿Por qué alguien arriesga su libertad por un botín que se convertirá en una dosis efímera? La respuesta hay que buscarla en el síndrome de abstinencia, ese estado de necesidad extrema que anula cualquier atisbo de prudencia.

El cuerpo pide la sustancia y la mente obedece. En ese estado, la noción del riesgo desaparece. La persona que fuerza una puerta no está evaluando las consecuencias penales; está intentando silenciar un malestar físico y psicológico que, según los tratados de toxicología, puede llegar a ser insoportable. La conducta delictiva se convierte así en un síntoma clínico más que en una expresión de maldad o depravación moral.

El fracaso de la respuesta punitiva tradicional

Si la causa última es la adicción, ¿por qué seguimos respondiendo con el Código Penal como única herramienta? Es la pregunta que sobrevuela las salas de los juzgados ourensanos. El sistema judicial está diseñado para castigar conductas, no para tratar enfermedades. Y cuando el delincuente es, ante todo, un enfermo crónico en fase de recaída, el castigo se convierte en un parche inútil.

Las terapias grupales en el centro penitenciario de Pereiro de Aguiar, llevadas a cabo por organizaciones como Cruz Roja, intentan llenar ese vacío. Pero los recursos son limitados y la demanda, por definición, incansable. La cárcel puede conte

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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