En un local de la calle que ocupa La Galería Jazz, cada martes por la tarde se reúnen 18 personas para cantar, componer y jugar con la voz. Detrás del impulso está la pianista y compositora Alicia Cerrada, que desde hace seis meses dirige lo que ha bautizado como El Taller Coral, una experiencia formativa y colectiva que pretende fomentar la inclusión cultural en Vigo y abrir el canto en grupo a quien nunca lo practicó.
Un taller que mezcla técnica y creación
La propuesta no es un coro al uso. Las sesiones duran una hora y media y combinan ejercicios de técnica vocal con prácticas de composición, improvisación y lo que la directora describe como mashups: fusiones creativas de canciones que favorecen el trabajo en grupo y el juego sonoro. Según Cerrada, la idea surgió tras una temporada acompañando al piano a la Coral Casablanca, una agrupación femenina que recientemente celebró tres décadas de trayectoria y que le abrió el apetito por las voces y las texturas corales.
«Me apetecía crear un espacio donde se uniesen la creatividad y el canto»,
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explica Cerrada, quien reivindica también el humor y el placer como componentes centrales del método. El repertorio que trabajan pasa por varios idiomas: gallego, castellano, inglés, italiano e incluso canciones en brasileño, un mosaico que subraya la vocación de unir culturas en una ciudad portuaria como Vigo.
La dinámica del taller prioriza la participación. No es raro que una sesión mezcle a alguien que nunca ha cantado en público con músicos profesionales, instrumentistas o artistas de otras disciplinas. El ambiente, dice la impulsora, busca ser un lugar seguro donde explorar la voz sin la presión de la competencia. Los asistentes abonan 20 euros al mes, una cifra modesta que busca mantener la accesibilidad sin descuidar la sostenibilidad del proyecto.
Las responsables de La Galería Jazz ceden la planta baja como espacio de ensayo, un gesto que ha resultado decisivo para consolidar la actividad. Cerrada reconoce la suerte de contar con ese local en el barrio y planea, a su vez, llevar la experiencia a otros escenarios de la ciudad cuando sea posible.
Raíces, generaciones y pequeñas grandes historias
La diversidad generacional es uno de los rasgos más visibles. En El Taller Coral confluyen voces desde los 8 hasta los 70 años, hijos y abuelos en una misma sala. Ese contraste alimenta tanto la curiosidad como la transmisión informal de saberes: los mayores traen memoria comunitaria y los más jóvenes, nuevas sonoridades y lenguajes.
Los testimonios de los participantes ilustran el pulso emocional del grupo. Martina, de 38 años, define el Taller como «un espacio seguro donde cultivar y compartir el amor por la música, desconectar y disfrutar cantando». Miguel Eremos, de 46, lo llama «mi oasis de paz en medio del caos». Para Lucía Loureiro, de 33 años, existe un equilibrio entre técnica y buen ambiente, y Fran Grassi, de 49, recuerda la dimensión comunitaria del canto: «Cantar en grupo tiene reminiscencias ancestrales, de comunidad, algo que, hoy en día, suena subversivo».
Es precisamente esa idea de comunidad la que conecta con la larga tradición coral gallega. A diferencia de algunas formaciones que siguen planos estandarizados, aquí prima la experimentación y el componente lúdico: mashups, improvisaciones y canciones propias conviven con arreglos de repertorio más clásico, lo que facilita la inclusión de personas con distintos niveles y expectativas.
Conciertos, proyección y próximas metas
El grupo no ha permanecido en la intimidad del ensayo. El 21 de abril ofrecerá una primera presentación pública en La Galería Jazz, y hay prevista otra actuación al aire libre a finales de junio, probablemente en la Ronda de don Bosco. Además, en Navidad ya actuaron en el Café Uf y Cerrada recuerda con cariño cómo los participantes fueron ganando confianza hasta acostumbrarse a la mirada del público.
La directora tiene en mente ampliar la actividad en verano: ha hablado con la Fundación Sales para organizar un taller estival, aunque aún no hay fecha cerrada. El objetivo inmediato es crecer en número de voces —ahora son dieciocho— para añadir más texturas y posibilidades vocales. Cerrada confiesa que ve «muchísimo talento» en Vigo y que, a falta de un impulso mayor desde las instituciones, proyectos como El Taller Coral ocupan un papel de laboratorio ciudadano para la música.
La experiencia plantea también preguntas sobre políticas culturales locales: cómo se apoya la música comunitaria en una ciudad que, por un lado, tiene una tradición coral potente y, por otro, vive presiones urbanísticas y presupuestarias que a veces dificultan la continuidad de iniciativas modestas. De momento, la fórmula ha funcionado: un espacio cedido, una cuota simbólica y el pulso creativo de una directora que suma formación y entusiasmo.
La mirada hacia el futuro combina ambición y realismo. Ampliar el grupo, cerrar más fechas para actuaciones y participar en festivales locales son aspiraciones plausibles; igualmente, la intención de replicar la experiencia en otros barrios y centros culturales responde a la idea de democratizar el acceso al canto en colectivo. Si la música tiene poder de transformación, en Vigo se practica en una sala de La Galería Jazz cada martes por la tarde, entre risas, ejercicios y canciones que buscan ser escuchadas.
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